Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Siento que la mayor parte de mi corazón se llena de felicidad al ver la interacción entre Belinha y Tommaso.

Parecen tan familiares, casi como si la sangre tirara más.

Observo cómo Tommaso esboza una gran sonrisa mientras charla con Belinha, que le explica cómo debería cuidar al pequeño Gotita de Leche.

Tommaso parece prestar atención y sonríe no solo con los labios, sino también con los ojos.

Esa sonrisa preciosa y genuina que siempre ha tenido, la sonrisa de la que me enamoré.

—¿Bailasteis en el baile? —le pregunta Belinha, y él desvía la mirada hacia mí casi de inmediato. La sonrisa sigue ahí.

—Sí que bailamos, Belinha —responde, volviendo la mirada hacia ella.

—¡Yo nunca he bailado! Los dos debíais de pareceros a un príncipe y una princesa bailando.

Tommaso se gira hacia Belinha con esa sonrisa que hace que a mi corazón se le salte un latido. Se inclina levemente, con una elegancia despreocupada, y hace una reverencia teatral.

—Pues eso tiene solución, mi pequeña princesa —dice, tendiéndole la mano.

Belinha abre mucho los ojos, sorprendida y eufórica a la vez. Sus palmitas chocan una contra otra con tanta alegría que noto el sonido resonar dentro de mí, calentándome cada rincón del pecho.

—¿Yo? ¡¿Voy a bailar?! —exclama, con la voz alta y llena de emoción.

—Claro que vas a bailar —responde él, con una risa baja, mientras la ayuda a ponerse de pie—. Ninguna princesa puede quedarse sin bailar.

Belinha da saltos de felicidad y le agarra la mano con tanta fuerza que me da miedo de que tropiece. Pero Tommaso la sujeta con firmeza y, a continuación, empieza a guiarla en un baile delicado, lleno de vueltas y de risas. Parecen tan ligeros, casi flotando sobre el suelo.

Yo miro, encantada. La manera en que la cuida con tanto cariño, la manera en que sus ojos brillan de verdad cuando están juntos.

Belinha se ríe a carcajadas mientras da vueltas, con el pelo meciéndose alrededor de la cara. Me mira con los ojos brillándole de pura felicidad.

—¿Has visto, mamá? ¡Ahora soy una princesa de verdad! —exclama.

Tommaso se ríe, y su risa resuena de forma contagiosa y hace que se me curven los labios, sin ni siquiera darme cuenta.

—Siempre lo has sido, Belinha. Solo faltaba el baile —dice, con la voz suave, pero cargada de significado.

Y, por un instante, nuestras miradas se encuentran de nuevo, como si estuviéramos atrapados en algún tipo de hechizo.

El mundo parece quedarse en suspenso. Querría decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta.

Así que solo sonrío, dejando que este momento dure un poco más.

—Me gustaría que fueras mi papá —dice Belinha en cuanto los dos dejan de bailar. Tommaso me mira y enseguida le devuelve la mirada a Belinha.

Veo cómo se le humedecen los ojos de emoción al oír las palabras de su hija, y no consigue disimular lo importantes que han sido para él.

Creo que, en este preciso instante, decide que tenemos que contarle la verdad, porque abre la boca, pero la cierra al volver a mirarme, decidiendo que no es el momento adecuado para contárselo.

Me doy cuenta del momento y sé que tengo que intervenir; creo que necesita ayuda.

—Bueno, creo que ya es hora de irse a dormir —digo, dejando que los pensamientos se me salgan de la cabeza—. ¿Vamos, Belinha? Todavía tienes que bañarte.

—¡Ahhh, no! —protesta ella—. Déjame quedarme un poquito más, porfa, mamá —dice mirándome con esos ojos enormes, los ojos que ha sacado de Tommaso, azules y persuasivos.

—Nada de eso, que ya te he dejado pasarte de la hora.

Belinha suspira y solo asiente, claramente fastidiada. Mira a Tommaso, que esboza una sonrisa encantadora y se agacha para ponerse a su altura:

—Mañana hablamos más, ¿qué te parece? Me ha entrado mucha curiosidad por cómo has dicho que le das de comer a Sir Gotita de Leche. ¿Crees que podrás ayudarme?

—¡Sí! —da un salto de alegría.

—Entonces mañana tenemos una cita —dice Tommaso, y ella sonríe contenta.

Miro a Tommaso y le susurro un «gracias» sin voz, y él solo asiente.

—Ahora vamos, señorita, al baño ya —digo, y la veo asentir, sonriendo, traviesa.

—Vale, mami.

Cojo la mano de Belinha, lista para guiarla fuera del salón. Ella me aprieta los dedos con suavidad, pero, de repente, noto que su manita se suelta de la mía. Antes de que pueda reaccionar, vuelve corriendo hacia Tommaso.

—¡Buenas noches, tío grandote! —dice, con una voz llena de dulzura, envolviéndolo en un abrazo apretado.

Tommaso parece sorprendido un breve instante, pero enseguida le devuelve el gesto, agachándose para ponerse a su altura y sujetándola con firmeza y cariño. Yo observo la escena, con el corazón encogido por una mezcla de emociones.

—Feliz cumpleaños —dice Belinha, con una sonrisa traviesa que solo ella sabe poner.

Tommaso se queda congelado un instante, y el brillo de sus ojos parece cambiar, como si algo muy hondo lo hubiera tocado. Entonces vuelve a sonreír, esta vez de un modo más suave, casi emocionado.

—Gracias, pequeñina —responde, acariciándole el pelo con ternura.

Los ojos se me llenan de lágrimas mientras contemplo la escena. Belinha vuelve a mi lado y me coge la mano otra vez.

—Vamos, mi amor —digo, intentando mantener la voz firme mientras la llevo fuera del salón, pero no puedo evitar lanzarle una última mirada a Tommaso. Sigue de rodillas, viéndonos salir con una sonrisa en la cara.

ღ

Me despierto antes del despertador, todavía medio adormilada.

Miro el reloj de la mesilla y veo que solo son las seis de la mañana.

Ya ha amanecido, y la luz suave del sol empieza a invadir la habitación por las rendijas de la cortina.

Respiro hondo, notando el aire fresco de la mañana y el calor reconfortante de la sábana sobre mi cuerpo, pero sé que no voy a conseguir volver a dormirme.

Me levanto despacio, intentando no hacer ruido para no despertar a Belinha, que hoy ha dormido en mi cama porque ha tenido una pesadilla por la noche.

Duerme profundamente, con su carita serena y angelical, pegada al osito que le regaló Tommaso, lo que me hace sonreír; algo me dice que ella y ese osito van a ser inseparables.

Por mucho que quiera quedarme en la cama a su lado, tengo la mente demasiado inquieta como para permitírmelo.

Me pongo una bata y bajo las escaleras en silencio.

En la cocina todo está tranquilo y en paz. La casa sigue durmiendo. Pongo agua a hervir y preparo una taza de café, esperando que la bebida caliente me ayude a ordenar las ideas. Me siento a la mesa con la taza entre las manos, notando cómo el calor se me extiende por los dedos.

El aroma del café se extiende por la cocina y me permito un momento de tranquilidad, observando el vapor subir de la taza.

Decido salir al jardín, con la sensación de que la naturaleza puede ofrecerme un poco de paz.

No sé qué pasará entre Tommaso y yo, qué significó realmente aquella noche, y no puedo dejar, de ninguna manera, que eso afecte a su relación con Belinha.

Salgo por la puerta de atrás y doy un pequeño brinco al notar el frescor de la mañana, que es todavía más vigorizante al tocarme la piel.

La hierba húmeda bajo mis pies hace un leve crujido, y sigo en dirección al banco de madera que hay bajo un árbol antiguo, de ramas anchas y hojas verdes.

Me siento ahí, con la taza de café todavía caliente en las manos.

El jardín está en plena floración, y los colores vibrantes de las flores contrastan con el verde profundo de las hojas.

El sol todavía está bajo, lanzando una luz suave que hace que el rocío de las plantas brille como pequeñas joyas.

El canto de los pájaros es un sonido dulce y sereno que llena el aire.

Antes de que me dé cuenta, el tiempo ha pasado más rápido de lo que había notado. El sol ha subido un poco en el cielo y el calor de la mañana empieza a hacerse más perceptible. Me levanto del banco y me paso rápidamente por la cocina.

—Buenos días, señorita Alicia, se ha despertado temprano. ¿Quiere un café? —me saluda Dominica con una sonrisa.

—Buenos días, Dominica. Ah, no, ya me he tomado uno antes, muchas gracias —respondo, sonriendo—. Voy a despertar a mi pequeño huracán.

Dominica solo asiente, sonriendo. Me despido rápidamente y salgo en busca de Belinha.

Entro en el salón y veo a una mujer esbelta y bien vestida en el recibidor, cerca de la escalera.

Ni siquiera necesita girarse para que sepa de quién se trata: Serena.

Respiro hondo, pensando si consigo o no pasar por delante de ella sin que me vea, pero, desde donde está, sería prácticamente imposible subir sin que me viera.

Veo que se gira, notando que me acerco. Tiene una expresión de desdén estampada en la cara. Me mira de arriba abajo, y sus palabras llegan cargadas de una indiferencia cortante.

—Vaya, ¿todavía andas por aquí? —dice Serena, con la voz cargada de un tono sarcástico.

Noto un vacío en el estómago, pero me esfuerzo por mantener la compostura. Contesto con una sonrisa forzada, intentando que su desprecio no me afecte.

—Por lo visto, sí —respondo, mirándola de la misma manera en que ella me mira.

—Se te ve muy a gusto en casa de Tommaso —dice, observando mi ropa, y yo esbozo una sonrisa cínica.

—No sé qué te habrá contado Tommaso, pero esta casa también me pertenece.

Ella pone los ojos en blanco, como si ya lo supiera, y se acerca despacio.

—Pues sí, la casa también es tuya de momento, pero, sinceramente, no sé por qué hizo eso Donatella; le debió de dar pena tu situación —dice Serena, con ese tono desdeñoso que penetra como una cuchilla afilada—.

He oído hablar mucho de tus «dificultades», pero creo que ya va siendo hora de que dejes de causar problemas.

Deberías irte de esta casa y darte por contenta con los días de princesa que has pasado aquí.