CAPÍTULO 38
Estoy deseando meterme en la ducha después de tantas horas de trabajo.
Apago el coche y lo aparco delante de Villa Rosa, notando cada parte de mi cuerpo agarrotada.
Han sido casi dieciocho horas de trabajo seguidas; no me imaginaba que, al llegar a la oficina, tendría tantos incendios que apagar.
Es la primera vez en años que me paso la noche en vela trabajando.
Miro el reloj de mi muñeca, que marca casi las seis de la mañana.
Ni siquiera he tenido tiempo de verla, de hablar con ella... después de la noche maravillosa que hemos pasado.
Entro deprisa en la casa. El silencio reina absoluto y no hay ni rastro de Alicia, de Belinha ni de ninguno de los empleados. La casa parece desierta, casi como si estuviera suspendida en el tiempo; todos deben de seguir durmiendo.
Llego a mi habitación y suelto el maletín en el suelo con un suspiro pesado.
Noto cada músculo de mi cuerpo protestar mientras camino hasta el baño.
Abro la ducha y dejo correr el agua caliente, que alivia la tensión acumulada.
El vapor llena el baño enseguida y me dejo llevar por la sensación de cada gota resbalando por mi piel, llevándose el cansancio y el agotamiento.
Después de un rato que parece demasiado corto, pero que es todo lo que puedo soportar antes de que el sueño empiece a pesarme todavía más, cierro el agua y me seco.
Me pongo un pantalón de pijama y voy directo a la cama.
Me tiro sobre las sábanas, notando que mi cuerpo cede por fin al peso de la fatiga.
—¡¡Signor Tommaso!! —oigo una voz y unos golpes urgentes en la puerta.
Me doy la vuelta en la cama, decidido a ignorar lo que sea.
—¡¡Signor Tommaso!! —oigo otra vez, y respiro hondo, intentando ignorarlo.
—Signor Tommaso, Alicia y Belinha quieren hablar con usted.
De repente levanto la cabeza, notando esas incómodas ganas de saber de qué se trata. Miro el reloj de mi mesilla, que marca las 6:25. ¡¿Qué?! ¿Ya? Habría jurado que acababa de apoyar la cabeza en la almohada.
Respiro hondo, intentando espantar el sopor del sueño que todavía me pesa encima. Me levanto de la cama con un esfuerzo que parece hercúleo, me paso la mano por el pelo, intentando espantar el sueño que me queda, y voy hasta la puerta.
Cuando la abro, me encuentro a Ludovica al otro lado, con la cara cargada de esa expresión de urgencia que ya conozco bien.
—Diles que ahora mismo bajo —contesto, con la voz ronca por el cansancio.
Ella asiente con la cabeza, pareciendo aliviada por haber conseguido despertarme por fin, y se apresura a bajar las escaleras para llevar el mensaje.
Cierro la puerta a mi espalda y miro una vez más el reloj.
¿Cómo ha pasado el tiempo tan rápido? No tiene sentido...
Estaba seguro de que acababa de acostarme.
Mientras bajo las escaleras, el silencio de la casa sigue flotando en el aire, pero ahora hay una tensión distinta, casi como si el silencio fuera a propósito.
Voy de una habitación a otra, pero no encuentro ni rastro de ellas. ¿Dónde se habrán metido?
Doy otra vuelta por el salón y estoy a punto de subir las escaleras otra vez cuando oigo una voz familiar que viene de la cocina. Es Belinha, y está gritando mi nombre con esa emoción contagiosa que solo puede tener una niña.
—¡Tío Tommaso, ven aquí!
El corazón me da un vuelco y una sonrisa involuntaria me asoma a los labios. Voy rápido en dirección a la voz, con el sonido de mis pasos ahora acelerado, y siento una alegría inesperada al oír esa voz gangosa llamándome.
Al llegar a la puerta de la cocina, me recibe un coro de voces.
—¡¡¡Sorpresa!!!
Me quedo momentáneamente paralizado, parpadeando unas cuantas veces para ajustar los ojos a la escena que tengo delante.
Belinha está ahí, sonriendo, con los ojos brillándole de entusiasmo, mientras sujeta un plato lleno de dulces.
Alicia está a su lado, con una sonrisa suave en los labios, pero sus ojos delatan cierta tensión, como si estuviera nerviosa.
En la mesa, una tarta de chocolate decorada con fresas ocupa el lugar de honor, rodeada de algunos dulces más y de pequeños adornos de fiesta. El olor dulce y reconfortante invade la estancia, y no puedo evitar que me golpee una oleada de emoción.
—¿Qué es todo esto? —pregunto, intentando esconder lo mucho que me ha emocionado la sorpresa.
—¡Es tu cumpleaños, tío Tommaso! —exclama Belinha, corriendo hacia mí y agarrándome la mano con fuerza—. ¡Te hemos hecho una tarta! Yo he ayudado a la Nonna a hacerla, ¡pero fue idea de mamá!
Miro a Alicia, que está con los ojos como platos mirando a Belinha, y enseguida los desvía hacia mí.
—No fue ide... —dice Alicia, pero antes de que pueda seguir, Belinha la interrumpe.
—¡Fue idea de mamá! A ella le encanta la tarta de chocolate con fresas.
—A mí también me gusta mucho, Belinha.
Miro a Alicia y nuestros ojos se encuentran un breve instante que parece durar una eternidad. Hay algo no dicho entre nosotros, una corriente de sentimientos y pensamientos que no somos capaces de expresar.
—No sabíamos si te iba a gustar, pero... a Belinha le encantan las fiestas y esperamos que te guste —empieza Alicia, con un leve rubor coloreándole las mejillas.
Se me hace un nudo en la garganta y, por un momento, no consigo encontrar las palabras adecuadas. Miro a Belinha, después a Alicia, y noto que algo cambia dentro de mí, algo que ya no puedo seguir ignorando.
—Yo... —empiezo, pero me interrumpe Belinha, que me tira de la mano y me lleva hasta la mesa.
—¡Venga, tío Tommaso, tienes que soplar las velas!
Me dejo llevar, notando un calor en el pecho que hacía mucho tiempo que no sentía. Belinha sujeta una velita encendida con todo el cuidado del mundo, y yo me inclino sobre la tarta.
—¡Pide un deseo! —dice Belinha—. Uno bien grandote, del tamaño de toda esta casa.
Es imposible no dejar que la sonrisa se me apodere de los labios. Con un suspiro profundo, cierro los ojos y pido un deseo antes de soplar la vela. Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo a Belinha aplaudiendo animadísima y a Alicia observando en silencio, con una sonrisa tímida.
—¿Lo has pedido? —pregunta Belinha, y yo solo asiento.
—Sí que lo he pedido.
—¿Puedo saber cuál es? —pregunta, y mi mirada se desvía rápidamente hacia Alicia, que me mira con una curiosidad que intenta disimular.
—Si lo cuento, no se cumplirá.
—¡Es verdad! —dice Belinha, sonriendo—. No se lo puedes contar a nadie.
—Tío Tommaso, ¡tengo un regalo para ti! —dice Belinha, soltándome la mano y saliendo de la cocina a saltitos antes de que pueda contestar.
Me quedo ahí, parado, viendo a esa figurita desaparecer por el pasillo. Mi mirada vuelve a Alicia, que sigue al lado de la mesa, con los ojos clavados en el suelo, como si estuvieran atrapados en algún pensamiento que no consigo descifrar.
—Está entusiasmadísima —comento, intentando romper el silencio que, de repente, parece demasiado pesado.
Alicia levanta la mirada hacia mí y veo una mezcla de emociones en sus ojos. Sonríe, pero es una sonrisa vacilante, casi como si se estuviera preguntando si ha hecho lo correcto.
—A Belinha le encantan los cumpleaños —responde con suavidad—. Quería que fuera especial para ti.
—Y lo ha sido... quiero decir, lo está siendo —contesto, corrigiéndome rápidamente. La voz me sale más suave de lo que pretendía, pero es la verdad.
El silencio se apodera de nosotros hasta que Alicia empieza a decir:
—Sobre... —empieza Alicia, pero su voz se apaga poco a poco y sus ojos se apartan de los míos, pareciendo avergonzada.
Antes de que pueda contestar, Belinha vuelve corriendo a la cocina, y el corazón me da un vuelco al verla sujetando un conejito blanco con un lacito azul en el cuello.
El mismo conejo que, días atrás, le dije a Alicia que no quería ver en casa.
Y ahora está aquí, en los brazos de Belinha, como un regalo especial para mí.
—¡Tío Tommaso, mira! —exclama, con una sonrisa que le ilumina la cara—. ¡Este es mi regalo para ti! Se llama Sir Gotita de Leche. Es muy monísimo, ¿a que sí?
Me quedo parado, sin saber cómo reaccionar. Belinha sujeta al conejo con tantísimo cariño, con los ojitos brillándole de expectación. Espera que lo acepte, que me enamore de ese animalito tanto como ella.
Alicia, a mi lado, intenta esconder una sonrisa. Me doy cuenta de que sabe exactamente lo que estoy pensando, y eso la divierte. Sus ojos bailan con un brillo travieso y levanta las manos en señal de inocencia.
—Te juro que yo no sabía nada —dice, con una voz que apenas consigue esconder la diversión.
—Venga, tío Tommaso, cógelo... —dice Belinha, acercándome más al bicho, que me mira con sus ojitos.
—Sir Gotita de Leche, ¿eh? Un nombre con clase... —digo, alargando la mano para acariciar al conejito. Su pelo es increíblemente suave.
Belinha suelta una risa alegre y se acerca, poniéndome el conejo en los brazos. El calor de su cuerpecito me sorprende y noto que algo se ablanda dentro de mí. ¿Cómo voy a rechazar un regalo así, sobre todo viendo lo feliz que parece Belinha?
—Gracias, Belinha —digo, con sinceridad—. Lo voy a cuidar muy bien.
Ella aplaude, feliz por haber acertado de lleno, y corre a cogerme un trozo de tarta, como si ese fuera el mayor regalo que pudiera hacerme.
—Espera un momento, yo también tengo algo para ti —digo, dejando al conejo en el suelo y yendo rápidamente a mi despacho a coger un pequeño osito de peluche de color rosa con un sombrerito de playa que compré ayer cuando volvía de la oficina.
No tardo en estar de vuelta y escondo el osito detrás de mí, y enseguida se lo ofrezco y veo cómo le brillan los ojos y le brota una sonrisa contagiosa en la cara.
—Pero si es tu cumpleaños, ¿por qué me llevo yo un regalo?
—Hombre, porque en mi cumpleaños quiero llevarme también esa sonrisota de regalo —digo, tocándole la mejilla, y la veo sonreír todavía más.
Abraza al osito con tanta fuerza que casi le sale la cabeza volando de la intensidad; Alicia y yo sonreímos con la escena.
—Gracias, me ha encantado —dice, mirándolo fascinada.
Alicia sigue sonriendo y, al mirarlas a las dos, algo se me calienta en el pecho. De repente, de una manera casi etérea, parecemos una familia.