Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

En cuanto Tommaso se aleja, me invade una ola de arrepentimiento e inquietud. Le he dicho que haga exactamente lo que más temo. ¿Por qué?

Mientras me pierdo en esos pensamientos, me doy cuenta de que un grupo de mujeres se acerca rápidamente a él.

Se ríen de algo que dice una de ellas, todas deslumbrantes con sus vestidos de gala, y Tommaso, con su encanto natural, las recibe con una sonrisa discreta pero encantadora.

Está completamente a gusto, como si esa fuera su naturaleza: ser el centro de atención, el objeto de deseo y admiración.

Observo desde lejos, sintiendo que se me revuelve el estómago.

Al verlo inclinar la cabeza para escuchar a una de las mujeres, que parece susurrarle algo al oído, un dolor agudo me atraviesa el pecho.

Ella sonríe con malicia, y él responde con esa misma mirada penetrante que tantas veces me dirigió a mí.

Dejo la copa que tenía en la mano en cualquier sitio, me levanto un poco el vestido para tener más movilidad y echo a andar deprisa en busca de un lugar donde poder despejarme la cabeza.

Por fin llego a la terraza de la mansión, el único sitio que parece lo bastante tranquilo para quedarme a solas con mis pensamientos.

Puede que hayan pasado cinco minutos o treinta, no sabría decirlo, cuando oigo una voz a mi espalda:

—No me puedo creer que Tommaso te haya dejado sola. —Una voz masculina y firme surge detrás de mí, interrumpiendo mis pensamientos.

Me giro rápidamente, con curiosidad por ver quién es. Me encuentro con un hombre alto, de ojos verdes y con una sonrisa intrigante. No reconozco su cara, no es una de las personas que Tommaso me ha presentado.

—Perdona, ¿molesto? —pregunta, ladeando ligeramente la cabeza, como si de verdad le importara la respuesta.

—No... tranquilo —respondo, esbozando una pequeña sonrisa—. Solo he venido aquí a tomar el aire.

—¿Y puedo hacerte compañía?

Lo miro un momento, considerando su oferta.

—No sé si soy buena compañía —digo, intentando mantener un tono ligero.

—Desde luego eres mejor compañía que esas mujeres de ahí dentro.

El hombre se acerca y ocupa su lugar a mi lado, apoyándose en la balaustrada con un movimiento casual, pero calculado. El viento nocturno sopla con suavidad y le mueve el pelo de un modo casi poético.

—Soy Duncan McGregor, por cierto —se presenta, tendiéndome la mano con una confianza tranquila.

—Soy Alicia Greco —respondo, estrechándole la mano de manera tímida, pero firme.

Una sonrisa enigmática se le forma en los labios.

—Lo sé —dice, sonriendo.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunto, sorprendida.

—Mujer, todos en la fiesta están hablando de ti y preguntándose quién eres. —Se acerca y susurra como si estuviera contando un secreto—: Sobre todo las mujeres, claro.

—¿Por qué iban a hablar de mí?

Deja escapar un pequeño suspiro, como si le pareciera una pregunta ingenua.

—Porque eres bellísima y también porque eres una novedad. Todos se preguntan qué haces con Tommaso Di Angelis, que la última vez que fue visto con una mujer, todo el mundo sabía que era solo por negocios.

—¿Negocios? —pregunto, ligeramente curiosa.

Duncan sonríe, divertido por mi curiosidad.

—Sí, Serena Polouski, su exprometida. Todos sabían que iban a casarse solo para unir los negocios de sus familias, y a nadie le sorprendió que rompieran el compromiso.

Siento un escalofrío al oír el nombre de Serena. Intento mantener la voz firme al responder.

—Pareces saber demasiado sobre Tommaso.

Se encoge de hombros, como si fuera algo obvio.

—Lo sabe todo el mundo. La vida de ese hombre está vigilada como si fuera de la mismísima realeza.

Respiro hondo y me apoyo en la balaustrada, pensando en las palabras que Duncan acaba de decir. La vida de Tommaso no está tan bien vigilada; de lo contrario, sabrían quién soy yo.

—¿Te está gustando el baile? —Duncan rompe el silencio, con la voz amable, pero llena de curiosidad.

Me encojo ligeramente de hombros.

—Creo que está siendo lo que un baile debería ser.

Él suelta una carcajada, con los ojos brillantes de diversión.

—O sea, que te parece aburrido —comenta, con una sonrisa que me hace sonreír a mí también.

—Esas palabras las has usado tú, no yo —respondo, y me doy cuenta de que mi respuesta lo divierte todavía más.

Duncan parece sopesar algo un momento antes de ladear la cabeza, con un brillo de desafío en la mirada.

—¿Qué te parece si me concedes un baile?

—¿Bailar? ¡Ay, no! Todos me van a mirar.

Se acerca un poco más, y sus ojos atrapan los míos con una intensidad tranquila.

—Alicia, todos te están mirando ya. Llamas la atención a kilómetros de distancia.

—¿Ese es tu argumento para convencerme?

Se ríe, divertido.

—Pensé que podía funcionar. —Me tiende la mano y me mira fijamente—. Solo uno, ¿qué me dices?

Miro su mano tendida, sintiendo una mezcla de nerviosismo y curiosidad.

Al fin y al cabo, un baile no parece algo tan arriesgado.

Sonrío con suavidad y, con un leve gesto de cabeza, acepto su mano.

Si Tommaso puede oír susurros al oído de mujeres cualesquiera, yo desde luego puedo bailar con un hombre simpático y además muy guapo.

Respiro hondo mientras entramos en el salón, pensando que quizá mis motivos para bailar con Duncan no sean los mejores, pero intento no darle demasiadas vueltas hasta que noto su mano rozar ligeramente la mía y la otra llegarme a la cintura.

¡Ay, madre! ¿Qué estoy haciendo?