Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Voy vagando por el salón, saludando a los invitados, pero tengo la cabeza fija en una sola cosa: ¿dónde coño se ha metido Alicia?

Hace unos minutos que no la veo, y eso me molesta más de lo que debería.

Intento concentrarme en las conversaciones que me rodean, pero la inquietud crece a cada segundo.

Por fin, cuando estoy a punto de decidirme a subir las escaleras para buscarla en las plantas de arriba, mis ojos la encuentran saliendo de la terraza.

Pero no está sola. La imagen de Alicia acompañada por otro hombre me hace hervir la sangre al instante.

¿Quién es ese tipo? ¿Y qué se cree que está haciendo con ella?

Los sigo con la mirada, con el cuerpo rígido de tensión, mientras los dos caminan hacia el centro del salón. El hombre, con una confianza irritante, le está diciendo algo y ella le sonríe. Se me revuelve el estómago. Esto no es bueno.

Entonces, como si el destino se estuviera burlando de mí, dejan de caminar y se preparan para bailar. Él le rodea la cintura con el brazo con una intimidad que me dan ganas de cruzar el salón en dos pasos y arrancarlo de su lado.

¡Maldita sea!

Respiro hondo, intentando apartar la rabia que crece dentro de mí. No debería importarme. No hay razón para que me afecte verla con otro hombre. Intento convencerme de eso, repitiéndome que todo está bajo control.

Pero, aun así, mis ojos siguen clavados en ellos, y noto que se me tensan los músculos a cada paso que dan juntos. Siguen bailando, y la sonrisa en la cara de Alicia me irrita de un modo que no consigo explicar.

¿Por qué le sonríe tanto? ¿¡Por qué!?

Me da igual. Me lo repito como un mantra. Me da igual. Pero el hecho de tener que repetir esa mentira solo me hace ver hasta qué punto me estoy mintiendo a mí mismo. Porque, en el fondo, algo está mal. Algo está terriblemente mal en verla en brazos de otro hombre.

Entonces, como si el universo quisiera desafiarme, el cabrón la hace girar y enseguida la atrae hacia él, de una manera que deja sus caras peligrosamente cerca.

Demasiado cerca. La mirada de él se desliza hasta los labios de ella y, por un segundo, mi visión se estrecha, todo a mi alrededor se apaga.

¡Hijo de puta!

Una furia antigua, primitiva, me consume.

No me lo pienso dos veces. En dos zancadas ya estoy cruzando el salón hacia ellos, con la determinación alimentada por la rabia creciente que me quema por dentro.

Ni siquiera se dan cuenta de que me acerco hasta que estoy a su lado, con una presencia imposible de ignorar.

—Con permiso —digo, con la voz baja, pero cargada de autoridad—. ¿Puedo robarte a Alicia un momento?

El hombre, que debo decir que no recuerdo que me hayan presentado nunca, parece sorprendido por la interrupción, pero intenta disimularlo con una sonrisa educada. Alicia, en cambio, me mira con algo que parece sorpresa.

Él duda un segundo, pero no tiene elección. Sabe quién soy y no es tan idiota como para negarse. Con una sonrisa que no le llega a los ojos, le suelta la mano y da un paso atrás, cediéndome el sitio.

—Si ella acepta, por mí no hay problema —dice, y percibo un leve pinchazo en sus palabras.

Alicia se limita a asentir levemente con la cabeza, y él esboza una sonrisa incómoda.

—Entonces es toda suya. Por cierto, soy Duncan McGregor, es un placer, signor Di Angelis.

—Yo no puedo decir lo mismo —respondo, y cojo la mano de Alicia, atrayéndola hacia el baile—. Con permiso.

Sujeto la mano de Alicia, tirando de ella hacia mí con más fuerza de la necesaria, y siento el calor de su cuerpo pegado al mío. Ella no dice nada, pero sus ojos, esos malditos ojos, me miran como si se estuviera divirtiendo con todo esto. Está jugando con fuego y parece que le gusta el calor.

Mis manos firmes le sujetan la cintura, atrayéndola más cerca, y siento cada movimiento de su cuerpo, cada respiración acelerada que intenta disimular. La música que nos rodea es suave, pero el ritmo entre nosotros es otro, mucho más intenso.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunta.

—Te lo estabas pasando bastante bien con el tal Duncan —comento, intentando sonar casual, pero la tensión de mi voz es imposible de esconder.

—Baila de maravilla —responde ella, con un tono ligero, casi juguetón. Le brillan los ojos, provocándome.

—Estoy seguro de que sí —replico, y mi mano en su cintura se aprieta ligeramente—. Pero sabes que yo soy mejor.

Ella arquea una ceja, y sus labios se curvan en una sonrisa que me dice que esto le está gustando.

—¿Mejor bailando o interrumpiendo conversaciones?

Noto un calor que me sube por el cuerpo, esa mezcla que Alicia me despierta tan a menudo: deseo y frustración.

Siempre ha sabido exactamente cómo provocarme, cómo hacerme sentir que estoy perdiendo el control.

Pero esta vez no. Tiro de ella para acercarla más, nuestros cuerpos ahora prácticamente pegados, y noto los latidos acelerados de su corazón contra mi pecho.

—Mejor consiguiendo lo que quiero —murmuro en su oído, y la voz me sale más ronca de lo que pretendía.

—¿Y qué es lo que quieres, Tommaso? —pregunta, con los ojos clavados en los míos, desafiante.

«Te deseo», pienso, pero no lo digo. En vez de eso, me limito a mirarla, absorbiendo esos ojos que me observan con tanta atención.

Sé que no puedo quererla, sé que no debo y, más aún...

que no es prudente, y menos todavía con nuestra situación actual.

La verdad... la verdad es que nada de eso importa cuando la tengo tan cerca que puedo notar su olor dulce y su respiración caliente.

Sigo mirando los ojos vivos de Alicia, los mismos ojos que nunca se me han ido de la cabeza, y mucho menos del corazón.

—Señorita Alicia. —Los dos giramos la cabeza, rompiendo el momento que se había formado entre nosotros, al oír la voz de Ludovica a nuestro lado.

—¿Qué pasa, Ludovica? —pregunta Alicia, ligeramente inquieta.

—Es la pequeña Belinha. Dice que no consigue dormir. Su madre lo ha intentado todo: le ha contado cuentos e incluso le he llevado un vaso de leche caliente, pero la niña dice que quiere a la señorita. Creo que ha tenido una pesadilla.

—Gracias por avisar —responde Alicia con una sonrisa suave—. Subo a verla.

Ludovica se limita a asentir con una sonrisa y enseguida desaparece entre los invitados.

—Con tu permiso —dice ella.

Observo a Alicia alejarse hacia la escalera, y mi cuerpo actúa antes de que mi cabeza pueda impedirlo.

Ella empieza a subir los escalones con la gracia que le es tan natural, y yo la sigo sin dudar, con las piernas moviéndose casi por instinto.

Nota mi presencia cuando estoy a pocos pasos de ella y se gira, con los ojos curiosos mirándome por encima del hombro.

—¿Por qué me sigues? —pregunta, con la voz ligera, pero cargada de algo que no consigo definir.

Me acerco un poco más y me detengo a su lado.

—Yo también tengo que subir —digo, intentando sonar despreocupado, pero hay una tensión en mi voz que no consigo disimular—. Tengo que repasar lo que he escrito para el brindis.

Me mira un instante, como si intentara descifrar mis verdaderos motivos, pero no dice nada. Solo asiente y sigue subiendo, ahora a mi lado. El silencio entre nosotros es pesado, casi palpable, mientras avanzamos escalón a escalón.

Por fin llegamos a lo alto de la escalera y Alicia se detiene, volviéndose para mirarme. Su mirada es inquisitiva, pero hay algo más ahí, algo que está intentando esconder.

—Tommaso... —empieza, pero enseguida la interrumpe un ruido que viene del pasillo. Es la pequeña Belinha, de pie junto a la puerta, mirándonos con unos ojos enormes y curiosos.

—¡Mamá! —exclama, corriendo hacia ella.

Alicia se arrodilla de inmediato y abre los brazos para recibir a la niña. La sonrisa que le dedica a Belinha es genuina, dulce, y por un momento toda la tensión entre nosotros parece desaparecer. Me quedo quieto, observando la escena, notando que una extraña sensación de ternura me invade.

—Te dije que subiría a verte, mi amor —dice Alicia con suavidad, abrazando a Belinha—. Ya está todo bien, estoy aquí.

Belinha asiente, con los ojos ya medio cerrados, mientras se acurruca en los brazos de Alicia.

Es una escena de ternura que me desarma y me hace ver lo distinta que es Alicia cuando está con las personas que quiere.

La dureza y el desafío que tantas veces encuentro en sus ojos desaparecen y dejan paso a una suavidad que rara vez veo, la misma suavidad que veía hace años.

Belinha parece somnolienta, todavía de pie, abrazada a Alicia, cuando sus ojitos se cierran.

—Creo que alguien tiene mucho sueño —dice Alicia, mientras yo me limito a observar la escena como un espectador. La levanta y se la acomoda en el brazo, pero veo el esfuerzo que le cuesta.

Belinha ya no es un bebé; ya es una niña pequeña y, por lo visto, pesa demasiado para que la lleve su madre, que parece esforzarse más de lo necesario para cargar con ella. Miro hacia el fondo del pasillo, donde está la habitación de la niña, y respiro hondo antes de decir:

—Déjame llevarla a mí —digo, y veo los ojos de Alicia clavarse en mí con sorpresa.

—No hace falta, puedo llevar a mi hija yo sola.

—Sé que puedes. Puedes hacer absolutamente todo lo que quieres, Alicia Greco —respondo con un leve tono de cinismo—. Pero déjame ser un caballero y ayudarte.

Ella duda un momento, pero veo el agotamiento en sus ojos y sé que no quiere admitir que necesita ayuda. Tiene los brazos tensos, sujetando a Belinha, y, por mucho que intente disimular, es evidente que el peso de la niña es más de lo que debería cargar sola.

—Vale —cede Alicia por fin, con la voz baja, como si entregara una pequeña batalla interna—. Solo... ten cuidado.

Nuestras miradas se cruzan, y hay algo en ese momento, algo que me hace sentir como si estuviera entrando en territorio prohibido. Ella me pasa a Belinha a los brazos con cuidado, y el calor de la pequeña contra mi pecho es reconfortante; es imposible no dejar que una sonrisa me suba a los labios.

—Es preciosa —digo, todavía sonriendo.

—Sí, ha salido mucho a ti —comenta ella mientras le coloca el pelo a Belinha, que ya se ha vuelto a dormir, y el comentario me aprieta el corazón de una forma agradable.

Belinha me pesa poco, pero no puedo evitar fijarme en el alivio de los hombros de Alicia cuando suelta a la niña. Eso me hace pensar en todo lo que carga ella sola, no solo físicamente, sino también emocionalmente.

—La llevo hasta la habitación —digo, con la voz más suave que antes—. No te preocupes.

Ella me observa un segundo y, por un instante, creo ver gratitud en sus ojos. Pero enseguida aparta la mirada, murmurando un agradecimiento silencioso mientras se adelanta a abrir la puerta del cuarto.

Con Belinha acurrucada en mis brazos, entro en la habitación iluminada por la luz suave de la lamparita que hay junto a la cama. La señora Vittorina, madre de Alicia, está sentada en un sillón y se despierta cuando nos ve entrar.

—Ay, madre, creo que me he dormido —dice, y Alicia sonríe.

—No pasa nada, mamá. Puedes irte a tu habitación, ya me encargo yo de Belinha.

Vittorina me mira y después dirige la mirada a su hija. Parece estar intentando entender la situación y por qué Belinha está en mis brazos, pero no hace ninguna pregunta; solo asiente y le da un beso en la frente a Alicia antes de dejarnos.

Alicia se acerca y coloca las mantas en la camita antes de indicarme dónde acostarla. Deposito a Belinha en el colchón con cuidado y, por un momento, me quedo ahí parado, mirándola mientras se acomoda entre las almohadas.

—Eres una buena madre, Alicia —digo, sintiendo la sinceridad de mis palabras.

Ella me mira, sorprendida, y por un momento veo algo quebrarse en su fachada de fortaleza. Pero, antes de que pueda responder, se recompone y su expresión vuelve a esa neutralidad que conozco tan bien.

—Lo intento —responde simplemente, pero veo la batalla interna que libra para no mostrar debilidad.

Se instala un silencio a nuestro alrededor hasta que lo rompo:

—Es demasiado peso para cargarlo tú sola —digo, y veo sus ojos estudiándome, atentos a mis palabras—. No me impidas ayudarte.

—¿De verdad te importa? —pregunta.

—Sí, mucho —murmuro.