CAPÍTULO 34
Respiro hondo, intentando calmar los nervios que amenazan con apoderarse de mí.
El espejo que tengo delante refleja la imagen de una mujer que parece segura de sí misma, pero por dentro soy una tormenta de emociones.
Cojo el vestido rosa claro, que está colgado al lado, traído por Ludovica por orden de Tommaso.
Debo admitir que tiene buen gusto para los vestidos...
lo que no me sorprende, sabiendo lo mucho que debe de haber aprendido en Nueva York, conviviendo con modelos y celebridades.
Sujeto el vestido entre las manos y dejo que la tela suave se deslice sobre mi cuerpo. El color vibrante contrasta con la palidez de mi piel, iluminándome de una manera que casi me hace olvidar los problemas que tengo.
Me tiembla un poco la mano mientras ajusto los últimos detalles, asegurándome de que el escote está perfecto y de que la tela abraza mis curvas con elegancia. El vestido es una obra de arte, una pieza que me hace sentir poderosa, aunque sepa que esta noche va a ser todo menos fácil.
Cojo un cepillo y lo paso con suavidad por mi pelo rubio y voluminoso, dejando que los rizos se acomoden en cascadas perfectas sobre mis hombros.
Me miro una vez más, intentando encontrar la fuerza que sé que voy a necesitar esta noche.
No puedo permitir que Tommaso ni nadie vea la inseguridad que siento.
Por último, me pongo un poco de perfume en las muñecas y en el cuello, una fragancia suave que siempre me da una sensación de consuelo. Estoy lista, al menos por fuera. Pero por dentro siento que estoy a punto de entrar en una batalla de la que no sé si saldré victoriosa.
Oigo que llaman a la puerta, rompiendo mis pensamientos.
—Adelante —digo, y enseguida veo aparecer a Ludovica.
—¿Está lista, señorita? —pregunta.
—Sí —digo, con un leve temblor en la voz.
—Los invitados ya están llegando. Creo que la señorita debería bajar.
—¿Tommaso ya ha llegado?
—Sí, señorita, ha sido él quien me ha pedido que viniera a avisarla.
—Muy bien, ahora voy —digo, intentando disimular el nerviosismo.
Ludovica me observa con una mirada que mezcla comprensión y preocupación, pero no dice nada más. Solo se aparta para dejarme pasar. Le echo un último vistazo al espejo, me coloco un mechón suelto del pelo y fuerzo una sonrisa que espero que me dure al menos hasta bajar las escaleras.
Salgo de la habitación, pero, antes de bajar, decido pasar por el cuarto de mi madre. Ya son más de las ocho de la tarde, y sé que Belinha debe de estar durmiendo.
Abro la puerta despacio, sin hacer ruido. La luz suave de la lamparita ilumina la habitación con un tono acogedor. Belinha está acurrucada en la cama, dormida, con la cara angelical y las manitas agarrando su manta favorita. Se me encoge el corazón de amor al verla tan tranquila.
Mi madre está sentada en el sillón que hay junto a la cama, tejiendo con calma, como hace siempre por la noche. Sus dedos ágiles mueven las agujas con una destreza que me hace sonreír. Levanta la mirada cuando me ve, y una expresión de ternura le llena la cara al instante.
—Santo Dios, qué guapa estás, Alicia —dice con una suavidad que me calienta por dentro—. Pareces una princesa.
—¡No exageres, mamá!
—¿Te has mirado en el espejo, cariño? Pareces un ángel caído a la Tierra.
Noto que se me enrojecen las mejillas. Es mi madre, claro que va a dedicarme elogios así.
—Gracias, mamá. Y gracias por quedarte con ella. Te lo agradezco de verdad.
Ella niega con la cabeza y una sonrisa serena.
—No pasa nada, cariño. Me encanta pasar tiempo con mi nieta. Y tú te mereces divertirte un poco, aunque sea solo por esta noche. Ve y brilla.
Respiro hondo, intentando absorber la calma que mi madre parece transmitir con tanta naturalidad. Me acerco a ella y la abrazo, sintiendo el consuelo que solo puede dar el abrazo de una madre.
Sé que hoy voy a hacer de todo menos divertirme.
Se separa un poco para mirarme y me coloca un mechón de pelo que se me ha escapado.
—No tengas miedo, Alicia. Siempre has sido más fuerte de lo que crees.
Le echo otro vistazo a Belinha, asegurándome de que está cómoda.
Le dedico una última sonrisa a mi madre y salgo del cuarto, cerrando la puerta a mi espalda.
Ahora tengo que bajar. Las escaleras me esperan, igual que Tommaso y la multitud de personas a las que no les interesa lo más mínimo quién soy yo en realidad.
Me obligo a caminar con firmeza. Respiro hondo mientras recorro el pasillo.
Las paredes, adornadas con cuadros y espejos dorados, parecen observarme, casi reírse de mí.
Alicia Greco, que en su día fue criada de esta familia, ahora va vestida con un precioso vestido caro y se dirige a ser una de las anfitrionas de una fiesta en Villa Rosa.
Niego con la cabeza, intentando centrarme en cualquier cosa que no sea la cara juzgadora de la gente con la que me voy a encontrar.
Cuando llego a lo alto de la escalera, oigo el murmullo de las conversaciones de abajo.
La visión del salón iluminado, repleto de invitados de gala, me hace darme cuenta de la magnitud del evento.
El baile del cacao, tan esperado por todos, ahora me parece solo una trampa más en la que estoy a punto de caer.
Aprieto las manos alrededor del pasamanos de mármol, intentando darme fuerzas. El vestido se ajusta perfectamente a mi cuerpo, pero ni siquiera esa seguridad física basta para ahogar la inquietud que siento en el pecho.
Y entonces lo veo.
Mis ojos encuentran a Tommaso en el instante en que lo diviso, y es como si el aire fuera succionado fuera del salón.
Está ahí, al pie de la escalera, y todo lo que lo rodea parece perder importancia.
Las conversaciones se convierten en un zumbido lejano, las luces parecen más suaves, y el salón entero existe solo para albergar su presencia.
Tommaso está perfecto, guapo de una manera casi cruel.
El traje oscuro que lleva es impecable, hecho a medida para su cuerpo fuerte y esbelto.
Cada detalle parece meticulosamente pensado para realzar su aura de poder y control.
Lleva el pelo oscuro perfectamente peinado, y la barba bien recortada le da un aire de autoridad que me hace estremecer.
Pero es la mirada de sus ojos, ese brillo impetuoso e inquebrantable, lo que de verdad me desarma.
No sonríe, pero tampoco le hace falta. Tommaso es una fuerza de la naturaleza, una tormenta con forma de hombre, y su simple presencia parece dominar el ambiente entero.
Es como si todos los ojos estuvieran puestos en él, como si todos los presentes supieran que él es el centro de todo lo que está pasando.
Bajo los escalones despacio, sin apartar la mirada de la suya. Cada paso es una batalla entre las ganas de huir y la necesidad de enfrentarme a lo que está por venir.
—Estás preciosa —dice, tendiéndome la mano y sujetando la mía con una delicadeza firme.
—Gracias —respondo con timidez.
—Hoy no me gustaría que nuestros malentendidos salieran a la luz.
No quiero nuestros nombres ligados a escándalos, así que propongo que nos tratemos con cordialidad durante toda la noche —dice, haciendo que le pase el brazo por debajo del suyo y mirándome con seriedad—.
Hoy somos Alicia y Tommaso, los anfitriones.
Asiento suavemente con la cabeza.
—De acuerdo —la voz me sale más baja de lo habitual.
Mientras Tommaso guía mi brazo por el salón, siento una ola de felicidad inesperada. No debería sentirme así, no después de todo lo que hemos pasado, pero es imposible negar el placer que me produce caminar a su lado, como si volviéramos a ser una pareja unida e invencible.
Sus dedos fuertes sujetan mi mano con firmeza, y cada paso que damos juntos hace que el salón entero parezca más pequeño, menos amenazador.
Las miradas que nos siguen, los susurros ahogados que sin duda comentan nuestra aparente armonía, todo eso parece disiparse mientras Tommaso me mantiene cerca.
Por un instante me olvido de todos los rencores, de todas las palabras duras que nos hemos dicho, y me permito disfrutar de la ilusión de que estamos bien.
—¿Quién es esta mujer bellísima que nos has escondido a todos, Di Angelis? —Un hombre sonriente se acerca y lo saluda con un apretón de manos.
—Esta es Alicia Greco. Actualmente ella y yo estamos gestionando esta propiedad juntos —dice, y el hombre me coge la mano de manera galante y la besa con suavidad—. Este es Alfredo Thalassinos, un amigo de la familia.
—Encantada de conocerlo, Alfredo —sonrío con timidez.
—El placer es todo mío, Alicia —dice, mirándome fijamente, y noto cierta incomodidad por parte de Tommaso, que enseguida carraspea, cortando su mirada hacia mí.
—Voy a presentar a Alicia a los demás invitados, y tú encárgate de hacer una donación generosa esta noche —dice, y Alfredo se limita a sonreír y a hacer una pequeña reverencia militar, mientras Tommaso pone los ojos en blanco.
Después de tomar cierta distancia y saludar a algunas personas más, digo:
—No deberías ir conmigo a todas partes.
—¿Por qué no? —pregunta, cogiendo dos copas de champán de las que están sirviendo.
—Tú mismo dijiste que este baile se creó inicialmente para que encontraras esposa. ¿Cómo vas a hacerlo si estás todo el rato conmigo?
Tommaso me mira fijamente, y veo que está intentando leer entre líneas mis palabras. Yo me limito a dar un sorbo a mi copa y desvío la mirada hacia el salón.
—Tienes razón, quizá debería estar intentando conseguir una prometida.
—Deberías —digo, con la voz fingiendo una seguridad que no siento.
—Pues creo que es exactamente lo que voy a hacer.
—Es lo que deberías hacer.
—Pues lo haré.
—Hazlo —respondo, levantando ligeramente la nariz. Lo veo entrecerrar los ojos y beberse todo el contenido de su copa de un trago.
—¡Es lo que voy a hacer! —dice y, rápidamente, da unos pasos hacia los invitados. Siento que una sensación extraña se apodera de mí.
¿Por qué he dicho eso? ¿Por qué?