CAPÍTULO 27
Entro en casa con los hombros rígidos, sintiendo todavía el resto de la cabalgada en el cuerpo.
El viento fresco no ha bastado para apagar el fuego que parece inflamarme las venas desde que volví a este pueblo.
Le dejo las riendas de Legolas al chico que se ocupa del establo, pero apenas reparo en sus agradecimientos.
Estoy demasiado absorto en mis propios pensamientos.
Mis botas resuenan por el suelo de mármol de la Villa Rosa, un sonido que normalmente ni notaría. Hoy, sin embargo, me parece un zumbido irritante. Respiro hondo, intentando calmar esta rabia que aún burbujea dentro de mí, y voy directo a la cocina en busca de un vaso de agua.
Entro en la cocina, mi cuerpo dirigiéndose hacia la nevera, pero, en el momento en que mis ojos se ajustan al ambiente, me doy cuenta de que no estoy solo.
Alicia está allí, de espaldas a mí, forcejeando contra el horno antiguo, probablemente intentando abrir esa puerta oxidada que siempre da guerra.
Está distraída, las caderas levemente inclinadas mientras pelea con la manija, y un mechón suelto de pelo se balancea delicadamente en su nuca.
El ruido de sus intentos frustrados llena la cocina, pero es su presencia la que domina el espacio.
Suelta un suspiro impaciente y murmura algo inaudible, rindiéndose por fin en su lucha contra el horno. Es entonces cuando advierte mi presencia.
—No vas a conseguir abrir esa cosa. ¿Dónde están Dominica y Lourdes? —digo, viéndola todavía intentar adaptarse a mi presencia en la habitación.
—Les he dado el día libre a las dos —responde, frunciendo levemente el ceño.
—¿El día libre? ¿Y quién hará la comida?
—¡Yo! Era lo que estaba intentando hacer, por cierto —replica, con una punta de irritación en la voz.
—Has usado muy bien la palabra «intentar». No consigues ni siquiera abrir el horno —la provoco.
—¡Este trasto viejo está roto! —responde, pasándose la mano por la frente, levemente sudada por el esfuerzo.
—No lo está; eres tú la que no tiene ni fuerza ni maña con él —comento, divertido, mientras la veo entrecerrar los ojos, claramente contrariada.
—Llevo en brazos a una niña de cinco años como si fuera un guante; creo que tengo fuerza de sobra para abrir un maldito horno —replica.
—No es lo que parece.
Doy unos pasos hacia ella; se cruza de brazos, desafiante, y yo simplemente la ignoro.
Pongo la mano en la manija del horno y, con un movimiento firme, consigo abrirlo sin dificultad. El metal chirría levemente, pero cede. Siento su mirada quemándome la espalda.
—Como te he dicho —murmuro, medio satisfecho, medio provocador—, no está roto. Solo hace falta maña.
Enciendo el horno con la facilidad de quien conoce cada rincón de esta casa, y el calor no tarda en emanar del interior. La llama azulada baila tranquila mientras me aparto, volviéndome por fin para mirarla de frente.
—Este horno es una reliquia rota; cualquiera tendría dificultades —dice, claramente irritada.
—Claro que sí —murmuro, apartándome solo lo justo para dejarle espacio—. Será el horno, no tú.
—Lo habría conseguido sola —murmura, pero su voz es más baja, casi como si admitiera, a regañadientes, que necesitaba ayuda.
—Estoy seguro de que sí.
Me sostiene la mirada un segundo, la mandíbula apretada, antes de soltar un suspiro irritado y volverse de nuevo hacia el horno.
—¿Seguro que quieres seguir con esto? —pregunto, aprovechando la oportunidad para provocarla más—. Porque estoy seguro de que Dominica y Lourdes lo harían con mucha más eficacia.
—¡Seguro! ¡Sé exactamente lo que estoy haciendo! —dice mientras se agacha para meter la bandeja en el horno.
Alicia parece tan decidida a demostrarme algo que resulta hasta casi gracioso. Nunca fue de las que se echan atrás, pero, esta vez, creo que la reliquia del horno va a ganar. Pero apenas me da tiempo a procesar la escena: suelta un grito estridente.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Da un salto hacia atrás, sacudiendo las manos frenéticamente. El corazón se me dispara y en un segundo estoy a su lado, agarrándole las muñecas con firmeza para comprobar el destrozo.
—¿Y ahora qué pasa? —pregunto, con un tono algo exasperado.
—¡Me he quemado! —responde, soplándose las manos como si eso fuera a solucionar algo.
—¡Claro que te has quemado, maldita sea, mujer! ¿Quién en su sano juicio mete la mano en un horno encendido de esa manera?
Me mira, furiosa, pero el dolor se le ve claramente en los ojos. Tiro de su mano para acercarla a mí, observando de cerca los dedos enrojecidos. Joder, está caliente.
—¡Estoy bien! Suéltame —dice, aunque su voz delate su agonía.
Ignoro el comentario y la conduzco hasta el fregadero con firmeza.
—Estate quieta —ordeno, abriendo el agua fría y poniéndole la mano bajo el grifo.
Hace una mueca, pero no intenta apartarse. El alivio es casi inmediato, y veo cómo sus hombros se relajan un poco. Estoy a centímetros de distancia, observando el agua correr sobre sus dedos mientras ella suelta un suspiro.
—Tiene que haber alguna pomada para esto por aquí.
—No hace falta —dice, y yo me limito a mirarla con gesto autoritario.
—¿Quieres acabar con ampollas en las manos? —pregunto, y la veo negar con la cabeza—. Entonces deja de reaccionar como una cría. Por cierto, ¿qué idea ha sido esa de darles el día libre a Dominica y Lourdes?
—Parecían cansadas... Ellas y mi madre son amigas de toda la vida. Pensé que estaría bien que salieran y pudieran disfrutar un poco del día.
—Podían hacer eso un día que de verdad fuera su día libre; así es como funciona.
—Vaya, pero si eres un hombre sin corazón, ¿verdad, Tommaso?
—No entendería por qué.
Estoy de pie a su lado, mirándole los dedos bajo el agua corriente, todavía irritado con la situación. ¿Quién, en pleno uso de razón, mete la mano dentro de un horno caliente?
—Claro que no lo entenderías —dice, con un tono levemente irónico.
—Claro que no lo entiendo. Lo único que entiendo es que aquí estamos, contigo quemándote viva porque te pareció «divertido» darle el día libre a todo el mundo —digo mientras abro armarios y cajones en busca de un botiquín.
Y entonces, por fin, encuentro la puñetera pomada al fondo del último cajón. Le cojo la mano otra vez y se la seco antes de empezar a aplicarle la pomada con suavidad.
—Esto te va a salir con ampollas seguro.
—Es culpa de este horno maldito. ¡No le ha dado tiempo ni a calentarse y ya está ardiendo!
—O quizá sea culpa de la impaciencia de quien lo usa —la provoco, dejando que una leve sonrisa asome a mis labios.
—Nunca había usado un horno así —confiesa.
—Si no lo llegas a decir, no me habría enterado —digo, dejando que una breve sonrisa brote en mis labios.
Pone un mohín, pero lo hace a propósito, sé que sí. Sus labios se contorsionan en un intento de contener una sonrisa.
—¿Y qué estabas intentando hacer? —pregunto al terminar de aplicarle la pomada.
—Una lasagna, es una receta de mi abuela. Sé que está buena... Lo que no sé es manejar hornos prehistóricos.
—Es verdaderamente antiguo —digo, y me vuelvo para mirarlo. De repente, un sentimiento de nostalgia me abate—. Mi madre lo eligió a dedo en una feria de antigüedades; se enamoró de él a primera vista.
Alicia se sorprende claramente con mis palabras, porque noto con la visión periférica cómo su postura cambia levemente.
—Nunca supe gran cosa de tu madre —dice, con un tono de voz más suave.
—No hay mucho que saber; probablemente todo sobre ella está en las paredes de esta casa.
—Debía de amar este lugar.
—Amaba de verdad esta casa —digo apoyándome en la encimera de la cocina—. La proyectó ella, cada detalle, cada estancia. La Villa Rosa no es solo una casa; es la materialización de lo que siempre soñó.
—No sabía que era arquitecta —dice Alicia, y nuestra conversación adopta un tono tranquilo, casi como si no hubiera ahora un muro inmenso separándonos.
—Lo era, y de las buenas —digo al recordarla—.
Y esta fue su mejor creación. Quería un hogar que fuera perfecto para criar a una familia: los jardines, los ventanales, la luz natural entrando y templando las estancias, un jardín lleno de hortensias y rosas.
Creía que cada espacio debía reflejar la alegría de vivir.
—Hizo un buen trabajo; este lugar es realmente único.
—Sí, durante un tiempo este fue de verdad un lugar feliz para vivir... —Respiro hondo, sintiendo el peso de la añoranza apretarme el pecho—. Siempre había risas en las paredes, olor a bizcochos en el horno y música francesa sonando. Era como un sueño, hasta que la vida se encargó de cambiarlo todo.
Respiro hondo, dejando que esos recuerdos se apoderen de mi mente.
—Cuando enfermó, la casa empezó a convertirse en un lugar vacío. La energía que antes latía entre estos muros se fue ahogando. Fue entonces cuando nos mudamos a la Villa Rafaelle y abandonamos la Villa Rosa.
—Lo siento mucho; parece que fue una mujer increíble.
—Era la mejor. Martina Di Angelis era una fuerza de la naturaleza.
La conversación parece haber tomado un rumbo demasiado íntimo; en cuanto me doy cuenta, una oleada de incomodidad me invade.
—¿Qué vamos a comer, entonces? —pregunto bruscamente, intentando desviar el foco de la conversación—. Porque imagino que la lasaña necesita más tiempo del que tenemos para estar lista.
Alicia parece sorprendida con mi cambio de tono, y puedo ver la confusión en su mirada.
—¡Voy a hacer la lasaña, sí! —responde, recuperándose—. No eres sietemesino; no te vas a morir por esperar un poco más para cenar.
—A lo mejor sí me muero —digo, levemente irritado.
—Vamos a cenar lasaña; ese es el hecho con el que tienes que lidiar.
—Entonces déjame ayudarte para que terminemos esto lo antes posible.
Ella se vuelve otra vez hacia el horno, como si estuviera decidida a ignorarme y acabar el trabajo sola.
—No necesito tu ayuda.
Arqueo una ceja, observando la forma en que insiste en trastear con las cosas de un modo torpe. Su pelea con el horno resultaba casi cómica, pero ese toque de terquedad la hace parecer un soldado preparándose para una batalla perdida.
—¿Que no necesitas mi ayuda? —pregunto, acercándome a la encimera y quitándole de la mano el cuchillo que estaba usando para abrir el horno otra vez a distancia—. Porque, por lo que veo, si me doy la vuelta, acabarás seguro en urgencias.
Ella gira la cabeza y me mira de arriba abajo, como si yo fuera el último hombre de la Tierra capaz de sostener una cuchara.
—¿Y tú qué sabes de cocinar, Tommaso?
Suspiro, sacudiendo la cabeza mientras me acomodo el cuchillo en la mano y me acerco a la encimera, donde los ingredientes están esparcidos de cualquier manera.
—Por lo visto, más que tú —respondo, cogiendo un tomate y empezando a cortarlo.
—¿Me estás diciendo que sabes cocinar? —pregunta por fin, con la incredulidad todavía marcada en la cara.
Ella observa mis movimientos con atención, mientras desvía levemente la mirada hacia mí.
—Digamos que pasé mucho tiempo observando a mi madre en la cocina. Aprendí algunas cosas —respondo con naturalidad—. Ahora pásame el aceite de oliva; debe de estar en la primera puerta del armario.
Ella se limita a obedecerme y me lo trae.
—¿Qué estás haciendo?
—Una ensalada fresca para acompañar la lasaña. Ahora, con permiso —digo al coger la fuente con la lasaña y meterla con cuidado en el horno, ajustando la temperatura adecuada.
—Bueno, esto sí que es una sorpresa. Tommaso Di Angelis, el hombre que por lo visto puede hacerlo todo.
La miro un momento, sorprendido con la ligereza de su voz. Tal vez sea la primera vez que veo a Alicia relajarse cerca de mí desde que volvimos a este infierno llamado coadministración. Sigue teniendo esa postura desafiante, pero por debajo hay un brillo de curiosidad.
—Cuando pasas unos años viviendo fuera, lejos de todo lo que conoces, aprendes algunas habilidades —comento, acercándome al bol para echar los tomates que acabo de cortar—. O te mueres de hambre. Literalmente.
Ella parece sopesar mis palabras un instante, antes de sacudir levemente la cabeza, como si no quisiera admitir que le interesa lo que digo.
—Y yo que creía que tenías chefs a tu disposición en Nueva York.
—A veces, sí. Pero otras, no —me encojo de hombros—. Depende de dónde estuviera.
—¿Y dónde podías estar para no tener chefs?
—En mitad de la Antártida o subiendo el Everest.
—¡¿Qué?! —pregunta, atónita, y veo cómo su postura cambia—. ¿Hiciste eso? ¿Estuviste en esos sitios? ¡Has perdido el juicio, Tommaso! Podrías haber muerto.
—No morí, como puedes ver —respondo con una leve sonrisa, mientras sigo cortando los tomates con precisión—. A veces, el frío helador es lo único que me hace dejar de pensar.
Ella me observa en silencio, la mirada fija en mí, pero puedo sentir el torbellino de pensamientos que le pasan por la cabeza.
Probablemente esté intentando descifrar mis palabras, entender por qué un hombre como yo necesitaría una vía de escape tan extrema, o quizá en el fondo sepa perfectamente el motivo.
—No sabía que tuvieras un lado aventurero —comenta finalmente, con la incredulidad todavía presente en su tono de voz.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí, Alicia —digo, mientras empiezo a mezclar los ingredientes de la ensalada—. Y prefiero que siga así.