CAPÍTULO 26
Salgo de la casa con pasos firmes y rápidos, sintiendo la sangre hervir en mis venas. Cada músculo de mi cuerpo está tenso, la rabia me quema en el pecho como una llama que no consigo apagar. No miro atrás, no quiero ver nada más, solo quiero alejarme de todo lo que me recuerde a esa maldita mujer.
Alicia solo piensa en el dinero; esa maldita mujer solo piensa en el dinero y no sé por qué eso habría cambiado.
Llego al establo y veo un caballo negro que me llama la atención. Hace años que no vengo por aquí y, aunque antes conocía a todos los animales, eso ya no es así.
Legolas es su nombre, está escrito en su cuadra.
Me observa con sus ojos oscuros y penetrantes.
Nota mi furia; lo sé, y por eso lo elijo.
Sin perder tiempo, le paso las riendas y lo monto con la facilidad que da la práctica de años.
En cuanto estoy encima, siento un breve momento de control, de poder, como si el peso del mundo pudiera quedarse atrás, aunque solo sea un instante.
Legolas empieza a trotar y, en pocos segundos, ya vamos galopando con fuerza.
El viento me corta la cara, pero no basta para calmar la tormenta que llevo dentro.
El sonido de los cascos golpeando el suelo resuena en mi mente, mezclándose con los pensamientos turbulentos que no paran de dar vueltas.
Lo único que quiero es huir, escapar de todo esto, de lo que siento, de lo que pienso.
Huir de Alicia y del caos que trae a mi vida.
¡Maldita sea!
¿Por qué tiene que ser tan complicada? ¿Por qué no puede aceptar sin más las cosas como son?
Siempre fue así, desde el principio, queriendo más, exigiendo más.
Y yo, idiota de mí, la dejé entrar en mi vida, pensando que podría controlarla, como hago con todos los demás, cuando en realidad pasó lo contrario: fue ella la que siempre me controló a mí.
No sé muy bien adónde voy; solo dejo que Legolas siga el camino que tan bien conoce.
Y así es como, sin darme cuenta, me encuentro al borde del viejo sendero que lleva a la cabaña de Tobias.
La visión del lugar trae una oleada inesperada de recuerdos y, por un momento, mi rabia disminuye, sustituida por una extraña melancolía.
Llego a la cabaña, y el lugar parece intacto por el tiempo. Las paredes de madera oscura, la chimenea de la que siempre salía un humo acogedor. Tobias debe de estar dentro, sentado en su mecedora, quizá fumando una de sus pipas mientras observa el mundo con esa paciencia que siempre admiré.
Desmonto de Legolas y, por un instante, dudo, pero antes de que me dé tiempo a hacer nada, veo al hombrecillo salir por la puerta y dedicarme enseguida una sonrisa amistosa.
—Me ha parecido oír llegar a Legolas —dice, tocándose levemente la barriga al soltar una risa—. Y tenía razón. ¡Vaya, vaya! Y mira lo que ha traído: al joven e impetuoso Di Angelis.
—Hola, Tobias... —empiezo, acercándome con el caballo, y lo veo tocar al animal, que acepta la caricia—. ¿Cómo estás? Hace años que no te veo.
—Sigo igual, hijo mío. Y dile a tu padre que he conseguido aquello que me pidió, pero que venga pronto a buscarlo o me lo quedaré yo.
Arqueo levemente una ceja, desconfiado.
—¿De qué se trata?
—Son asuntos míos y de tu padre, chaval.
«Chaval», hace mucho tiempo que nadie me llama así.
—Estaba a punto de tomarme una buena taza de té caliente con licor; ¿te apetece acompañarme?
—¿Y por qué no?
Tobias sonríe de una forma que solo él sabe, como si supiera algo que yo no sé, y me hace una señal para que entre.
La cabaña es sencilla, como siempre fue.
Recuerdo venir aquí después de las tardes de pesca con mi padre y Tobias, recuerdo que me gustaba el olor a madera y a té de moras que siempre tuvo la casa.
Hay algo muy reconfortante en la sencillez de este lugar.
El olor a madera quemada y a hierbas secas llena el aire, y me siento en la silla de enfrente de la chimenea, observando a Tobias preparar el té con la calma que lo caracteriza.
—¿Qué es lo que te inquieta, chaval? —pregunta sin mirarme, mientras sigue con los preparativos del té.
—No hay nada que me inquiete —respondo, y lo veo soltar una risa sonora en respuesta.
—Vaya, vaya, sigue siendo un pequeño mentiroso.
—No soy ni he sido nunca un mentiroso.
Tobias se encoge de hombros.
—Bueno, recuerdo que mentías mucho de niño; hasta dijiste que no habías sido tú quien rompió el tarro de miel, pero tenías las manos y la boca pringadas cuando te pillaron.
—De eso hace ya muchos años —respondo, un poco incómodo con el recuerdo de infancia.
—Anda, si no hace tantos... fue unos años antes de que conocieras a la joven Alicia.
Siento que se me endurece la expresión solo con oír su nombre.
—Ah, sí... la joven Alicia, eso es lo que te inquieta, ¿verdad? —dice, acercando las dos tazas de té humeantes a la chimenea.
—¡No me gustaría hablar de ella! —digo, con más brusquedad de la que querría.
—Pues yo creo que es exactamente de ella de quien debemos hablar —responde Tobias, mientras echa dos dosis generosas de licor de menta en cada una de las tazas.
—¡Ya he dicho que no quiero hablar de esa maldita mujer!
—No hables así de ella, Alicia es una buena chica.
—¡No lo es! —exclamo, y lo veo sonreír.
Entrecierro los ojos.
—¿De qué te ríes? —pregunto, levemente irritado.
—La línea entre el amor y el odio es muy fina, chaval.
—¡No digas tonterías! Yo odio a esa maldita interesada, y no hay en mí nada de amor por ella.
Tobias se acomoda en el sillón de al lado y mira el fuego titilar unos segundos antes de dar un largo trago a su bebida.
—Ay, hijo mío, cuando descubras la verdad, llorarás lágrimas de sangre —dice, y por primera vez parece serio y contenido en sus palabras.
—¿De qué estás hablando? —pregunto, dando un trago a la mezcla caliente y fuerte. El calor del licor me baja por la garganta y, por un momento, me siento un poco más calmado.
—De cosas de las que no puedo hablar; solo confío en que lo descubras a tiempo de redimirte.
—¿Redimirme? ¿Con Alicia? —sacudo bruscamente la cabeza en señal de negación—.
Me temo que no sabes lo que ocurrió de verdad entre nosotros.
Lo que habrás oído son los cotilleos que corrieron alrededor de todo aquello, que decían que la abandoné y me fui a vivir a Nueva York.
Pero no conoces mis motivos, y te sugiero que no deduzcas lo que no sabes.
—Una relación entre una muchacha pobre y un hombre muy rico siempre hace más daño al lado que tiene más que perder.
Tú, joven impetuoso, con esos hombros anchos y esa belleza que gusta a todas las mujeres, te fuiste a llorar tus penas a otro país, con gente nueva, con una rutina nueva que todo tu dinero puede permitirte, mientras que la pobre chica tuvo que levantarse aquí mismo, en estos alrededores donde su nombre era conocido y estaba en boca de todos.
Respiro hondo, sintiendo una presión en el pecho cuyo porqué no entiendo.
—Haces que parezca que Alicia es una víctima mía.
—No solo tuya, sino de toda tu familia.
Me levanto de golpe, sintiendo la sangre palpitar en mis venas.
—¡Tú no sabes de lo que estás hablando, Tobias!
¡Te sugiero que no hables de cosas que desconoces!
Alicia es una interesada que, desde siempre, solo quiso mi dinero y que, cuando no pudo tenerlo, probablemente contó mentiras que por lo visto se convirtieron en verdades en el inconsciente de este pueblo.
Tobias niega con la cabeza, soltando un suspiro profundo.
—De verdad espero que no sea demasiado tarde, chaval —dice, con la voz baja, casi como un lamento.
Aquellas palabras me golpean como un puñetazo inesperado, y siento que mi rabia aumenta. ¿Cómo se atreve a hablar así? ¿Cómo se atreve a insinuar que yo soy el villano de esta historia, que Alicia es la víctima?
—Creo que será mejor que me vaya —digo bruscamente, levantándome de la silla con un movimiento seco.
Tobias se limita a observarme, los ojos cargados de una sabiduría que me incomoda, como si supiera algo que yo no sé, aun sabiendo que todo lo que él sabe no es ni un tercio de la verdad, que se ha dejado contaminar por la versión de la historia que, en realidad, es una mentira.
Salgo de la cabaña con pasos rápidos, el pecho apretado por una sensación que no consigo nombrar. Montando de nuevo en Legolas, dejo el lugar atrás, pero las palabras de Tobias siguen resonando en mi mente, más perturbadoras de lo que me gustaría admitir.
El viejo necio solo puede estar loco. No tiene ni idea de lo que ocurrió de verdad.
Galopo con fuerza, dejando que el viento me azote la cara, intentando, de algún modo, arrancarme esas malditas palabras de la cabeza.
¿Alicia, la víctima? Una interesada, una cazafortunas que ahora finge ser la agraviada. ¿Cómo puede haberse convertido en la víctima de esta historia si fue ella quien me traicionó, quien me humilló? ¿Y encima me ocultó a mi hija y me negó años preciosos que perdí?
Pero entonces... ¿por qué esas palabras de Tobias no se me van de la cabeza? Algo dentro de mí se retuerce, una punzada de desasosiego que no consigo ignorar. Tobias siempre fue un hombre de pocas palabras, pero, cuando habla, parece ver cosas que los demás no ven.
¿Y si Tobias tuviera razón?
Sacudo la cabeza con brusquedad. No, no la tiene. Él no lo sabe todo. Él no estaba allí cuando Alicia me destrozó, cuando la vi en brazos de otro. Él no vio lo que yo vi, no sintió lo que yo sentí. Este viejo necio se ha dejado engañar por los cotilleos, igual que todos los demás.
Pero ¿por qué, joder, esto me molesta tanto? Tal vez porque la mera posibilidad de haberme equivocado con Alicia de alguna manera me corroe el alma.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento de verdad perdido.
Pero ¿y si...? ¿Y si estoy equivocado?
Esa duda me irrita profundamente. ¡Yo soy Tommaso Di Angelis, joder! No soy de los hombres que se quedan dándole vueltas al pasado o cuestionándose. Sé lo que vi, y no hay nada más que decir al respecto. No puede haberlo.