CAPÍTULO 21
La noche ha tardado en llegar, pero agradezco no haber vuelto a ver a Tommaso en todo el día. Ludovica me ha avisado de que se ha ido y de que no volverá hasta mañana, y me quedo más aliviada al saber que tendré estas horas para adaptarme al ambiente sin su presencia alrededor.
—Ya es la hora de la cena, mamá. ¿Qué vamos a comer? —oigo la voz traviesa de Belinha; la siento en mi regazo y la veo sonreír, divertida.
—¿Vamos a la cocina a echar un vistazo y ver qué están preparando?
—¡¡¡Sí!!! —acepta, llena de energía.
Belinha mueve la cabeza con entusiasmo mientras caminamos por los pasillos de la casa. Al dirigirnos a la cocina, siento un alivio al ver el ambiente más distendido. Hay dos señoras que aparentan rondar los cincuenta años y, para mi sorpresa, mi madre está con ellas, charlando y riéndose.
—¿Qué haces tú aquí, mamá? —pregunto, levemente sorprendida.
—Ah, hija mía... esta es Dominica y esta es Lourdes, las dos amigas mías de toda la vida.
Esbozo una sonrisa y me acerco, saludándolas rápidamente.
—Encantada de conoceros.
—El placer es nuestro, niña —dice Dominica.
—Qué guapa eres, más de lo que a tu madre le gusta presumir —dice Lourdes, y mi madre suelta una carcajada.
Esbozo una sonrisa tímida hasta que oigo la voz de Belinha decir:
—¡Qué bien huele! ¿Qué estáis haciendo?
—Tu Nonna ha insistido en hacer pasta a la boloñesa. Ha dicho que os encanta.
—Mmmmm, sí que me encanta —dice Belinha, y puedo ver cómo se le hace la boca agua.
—¿Necesitáis ayuda con algo? —pregunto, mirando alrededor de la cocina.
—No, cariño, estamos bien —responde Dominica con una sonrisa acogedora—. Solo aprovechando el momento para ponernos al día y preparar la cena.
—Ah, qué bien. —Hago una pausa y miro a mi madre, curiosa—. ¿De qué os conocéis?
—Ah, nos conocemos desde hace muchos años. Tu madre trabajó con nosotras hace años en la misma casa de la familia para la que trabajábamos.
—Es verdad —confirma mi madre, mirando a sus amigas con cariño—. Me acuerdo de las tardes que pasábamos juntas, hablando y riéndonos. Fue una época muy buena.
Belinha, con los ojos brillantes de emoción, pregunta:
—Entonces, ¿erais amigas antes de que yo naciera?
—Mucho antes, renacuaja —responde Dominica, riéndose suavemente.
Belinha se queda pensativa y enseguida dice:
—Entonces sí que hace mucho tiempo.
Todas nos reímos al darnos cuenta de su conclusión.
Mi madre me observa y, mientras Dominica y Lourdes se distraen recordando una vieja historia, se acerca, con una expresión de preocupación suave, y pregunta:
—¿De verdad estás bien, hija mía?
Esbozo una sonrisa, intentando aliviar cualquier preocupación visible en su cara.
—Sí, estoy bien, mamá. Solo me estoy adaptando a todo esto.
Parece satisfecha con la respuesta, pero todavía hay un toque de preocupación en sus ojos.
—Las cosas se van a arreglar, ten fe —dice, y yo me limito a asentir levemente, apática.
—¡La comida está lista! —dice Lourdes—. Ahora os sirvo.
—¡Claro que no! —protesto—. Vamos a comer todas juntas.
—Pero estamos en horario de trabajo y ahora tú eres nuestra jefa.
—¡Ni hablar! ¡Todo lo que acabas de decir es una tontería! ¿A que sí, mamá?
—¡Claro que sí, hija! Dejaos las dos de tonterías y vamos a comer aquí mismo, todas juntas.
Lourdes y Dominica se miran, levemente recelosas.
—Tommaso no está en casa, no tenéis que preocuparos de que os riña —digo, y veo que las dos se ríen, como si mis palabras les hicieran gracia.
—¿De qué os reís?
—El signor Tommaso es un ángel, Alicia. Nunca lo hemos visto levantar la voz ni ser maleducado con ninguno de los empleados de la casa. Todo lo contrario, siempre es muy amable y está siempre preguntando si nos falta algo, si estamos cómodas... es un hombre de oro.
Respiro hondo y me concentro para no dejar que se me note nada en la cara. Eso ya lo sabía; el hecho de que me odie no anula lo que él siempre ha sido. Desde que lo conocí aquí, todos los empleados lo adoraban.
—La que era una bruja era su difunta abuela; aquella mujer era terrible.
—Lo sé —murmuro, acordándome de las innumerables veces que la Signora Donatella me ofendió. No me sorprende que Lourdes y Dominica estén de acuerdo.
Belinha, siempre curiosa, levanta la cabecita y pregunta, con los ojos muy abiertos: —¿Su abuela era mala, mamá?
Le sonrío, intentando suavizar el tema.
—No era exactamente mala, cariño, pero... —me paro un momento, buscando una explicación que tenga sentido para una niña—. Era muy seria y le gustaba que las cosas fueran a su manera.
Lourdes sonríe, como si estuviera reviviendo un recuerdo divertido.
—¿Seria? ¡Niña, esa es la manera más educada de describirla!
—Sacude la cabeza, divertida—. Donatella lo controlaba todo con mano de hierro.
Si algo se salía de su sitio, ya veías aquella mirada mortal, y sabías que ibas a tener problemas.
—¡Es verdad! —coincide Dominica, riéndose—. Una vez casi me despide porque coloqué los cubiertos de la cena dos centímetros fuera de la línea. ¡Dos centímetros!
—¿Dos centímetros? —pregunto, todavía incrédula, intentando imaginarme la escena—. Dios mío, eso parece demasiado extremo.
—¿Extremo? —replica Lourdes, con una sonrisa divertida en los labios—. ¡Niña, eso es un piropo! La Signora Donatella tenía un radar para cualquier cosa que no estuviera milimétricamente en su sitio. Tenía un ojo afiladísimo, casi como un águila.
—Un águila de mal humor —añade Dominica, guiñándome un ojo.
Belinha, absorbiendo cada palabra, frunce el ceño y pregunta, muy seria:
—Pero ¿por qué quería que todo estuviera siempre tan perfecto? —pregunta Belinha.
Mi madre, sonriendo al ver la fascinación de Belinha, se inclina para susurrarle al oído, pero en un tono que todas conseguimos oír:
—Porque creía que la perfección era lo que hacía feliz a la gente, pequeña. Solo que no sabía que ser feliz es mucho más que eso.
Belinha lo piensa un segundo y, con su sabiduría infantil, declara:
—Yo creo que necesitaba comer más helado. ¡El helado hace más feliz a todo el mundo!
Las carcajadas son instantáneas. Lourdes y Dominica casi se quedan sin aliento de tanto reírse.
—¡Helado! —exclama Lourdes, secándose una lágrima de los ojos—. ¡Ay, si yo hubiera sabido eso en aquella época, habría llenado el congelador de la casa!
—¡Seguro que habría mandado devolver el helado para que lo recolocaran a la temperatura exacta! —dice Dominica, todavía riéndose.
Yo sacudo la cabeza, sonriéndole a Belinha.
—Quizá tengas razón, mi amor. Quizá solo le faltaba un poco de dulzura en la vida.
—¡Como la pasta a la boloñesa de hoy! —exclama Belinha, oliendo el aire con una sonrisa gigantesca.
—Ay, si Tommaso oyera esto —murmura Dominica, con malicia—. Se peleaban mucho, pero él adoraba a su abuela.
Respiro hondo e intento no demostrar lo mucho que eso me afecta. Sé cuánto quiere a su abuela y que prefirió creerse las mentiras de ella antes que a mí.
—A no ser que fuera Alicia quien lo dijera. —Sacude la cabeza, divertida, y después añade—: Seguro que él escucharía todo lo que ella dijera.
—¡Lourdes! —exclama mi madre, riéndose, mientras me da un codazo. Intento disimular el rubor que me sube por las mejillas.
—Ay, no hace falta que te hagas la tonta, hija mía —continúa Lourdes, con un guiño—. ¡Una ve las cosas! ¿A que sí, Dominica?
—Desde luego —dice Dominica, intentando mantener la seriedad, pero fracasando miserablemente—. ¡Te mira como si quisiera... yo qué sé... comerte entera!
Belinha, que está completamente ajena al verdadero sentido de la conversación, solo parpadea, confusa.
—¡Lo sabía! Siempre tiene hambre porque es grandote.
Todas se ríen al oírla. Intento cambiar de tema rápidamente antes de que a Lourdes o a Dominica les dé por profundizar todavía más en sus observaciones sobre Tommaso y yo me complique más.
—¡Vamos a comer, entonces, antes de que el hambre se haga más grande que Tommaso! —digo, intentando hacer una gracia, y veo que las dos se contienen para no hacer más comentarios maliciosos.
Ay, Dios, ¿qué será de mí en los próximos días?