CAPÍTULO 19
—Estoy de acuerdo —dice Tommaso y, con un gesto sutil, señala las mesas de hierro forjado, dispuestas con elegancia bajo la sombra de los árboles del jardín.
Asiento y los dos nos sentamos en las sillas ornamentadas con detalles delicados, perfectamente colocadas para ofrecer una vista privilegiada de la puesta de sol.
El ambiente es tan sereno que el leve sonido de las hojas meciéndose con el viento y el aroma suave de las flores crean una atmósfera tranquila, casi como si el asunto que vamos a tratar no fuera tan delicado.
—Las cosas han pasado muy deprisa y no hemos tenido tiempo suficiente para hablar de ella —empiezo, y lo veo asentir. Parece más tranquilo, y eso hace que me relaje un poco—. Tenemos que contárselo. —La voz me sale firme, pero el corazón me late acelerado.
Tommaso respira hondo; sus hombros anchos mantienen todavía la misma postura rígida y controlada que siempre he recordado. Se pasa la mano levemente por la barbilla, en un gesto lento y pensativo. Tiene los ojos fijos en el horizonte, pero noto que está luchando por dentro con lo que va a decir.
—No —responde por fin, con la voz ronca, pero firme.
—¿Qué? —Mi sorpresa es inmediata, y no consigo evitar la mirada de confusión que le lanzo.
—No es el momento adecuado, Alicia. —Continúa, mirando todavía la puesta de sol que se acerca, como si buscara fuerzas en aquella luz dorada—. Ahora mismo no soy más que un extraño en su vida. Alguien que ha aparecido de repente.
Por fin se vuelve hacia mí, con los ojos claros cargados de emoción.
—No quiero que sea así. —Su voz es más suave ahora, pero llena de determinación—.
Quiero ganarme su cariño, Alicia. Quiero ser alguien importante en su vida, no solo el hombre al que apenas conoce.
Y este tiempo, estos cuatro meses viviendo bajo el mismo techo, pueden ser una bendición.
Pueden darme la oportunidad de hacerlo de la manera correcta.
El viento fresco mece las hojas de los árboles a nuestro alrededor, y su sonido parece intensificar el silencio que viene después.
Mi mente corre, intentando procesar sus palabras, mientras la luz dorada del sol casi desaparecido le ilumina suavemente la cara.
Tommaso parece tan seguro, tan fuerte, exactamente como yo lo recordaba, pero ahora hay ahí una vulnerabilidad nueva, algo que no me esperaba.
—Quieres ganarte su cariño —repito, como si las palabras necesitaran decirse en voz alta para que yo me creyera de verdad lo que acabo de oír.
Él asiente, con los ojos clavados en los míos, y en ese instante veo una llama de fragilidad.
Me quedo extrañamente conmovida con lo que acabo de oír.
No era eso lo que esperaba. En realidad, parte de mí temía que rechazara la idea de tener cualquier relación con Belinha.
Temía que quisiera distanciarse, apartarse de esta nueva realidad que lo envolvía de golpe, sin aviso. Pero no. No está rechazando a su hija.
Al contrario. Quiere ganársela.
—Nunca imaginé que... —empiezo, con la garganta cerrándoseme un poco. Tommaso levanta los ojos hacia mí, y su intensidad me deja sin palabras un segundo—. Que reaccionarías así.
Se queda en silencio un momento.
—Es mi hija —dice por fin, con la voz más baja, casi un murmullo—. La única que probablemente tendré, y voy a darle todo lo que se merece.
Trago saliva, luchando por contener la avalancha de sentimientos que está a punto de dominarme.
Noto que los ojos me arden, pero me niego a dejar caer las lágrimas.
Ahora no. ¿Por qué me remueve tanto esto?
Quizá sea porque... porque... ay, Dios, no lo sé.
¿Quizá porque me siento más segura sabiendo que mi hija tiene un padre que la quiere?
¿Que, si algo me pasara, lo tendrá a él para cuidarla y quererla?
Suena raro, porque lo odio, pero sé que es un hombre honrado y me alivia saber que quiere cuidar de su hija.
—Creo que hemos hablado todo lo que teníamos que hablar —dice con frialdad.
Tommaso se levanta despacio, con la postura imponente y controlada de siempre.
Se recoloca la americana, con movimientos meticulosos y fríos, como si estuviera volviendo a ponerse la armadura emocional que lo protege de lo que acaba de pasar.
El hombre vulnerable de hace un instante parece disolverse delante de mí y, en su lugar, solo queda el Tommaso que tan bien conozco: distante, calculador.
—Sugiero que nos tratemos con el debido decoro y respeto delante de Belinha —dice.
—Estoy de acuerdo —murmuro, con la voz más débil de lo que me gustaría, pero él ya no me está escuchando.
Sin decir una palabra más, se aleja, con pasos firmes y decididos sobre el camino de piedras. Lo observo mientras se marcha, notando cómo un nudo se me aprieta en el pecho.
ღ
El primer día en Villa Rosa no ha sido tan terrible como pensaba que sería.
Claro, si no me pongo a pensar en el beso robado que me dio Tommaso.
¿¡Robado!? No tan robado, la verdad. Sacudo la cabeza, intentando apartar ese recuerdo insistente.
Lo que importa es que ayer pasó más tranquilamente de lo que preveía.
Hablamos de Belinha, y a ella pareció caerle bien él; eso ya es más de lo que podría pedir.
Solo necesito ponerme al día con los asuntos de Villa Rosa.
Sé que quedó abandonada desde la muerte de la madre de Tommaso y, por lo que sé, solo ha pasado por labores de mantenimiento de seguridad, nada más.
Quizá... solo quizá, la vieja Donatella tuviera esto como objetivo real: reavivar la mansión como en sus tiempos de gloria.
Solo Dios sabe por qué me ha metido en esto, pero tal vez me venga bien pensar en estos asuntos para distraerme.
Si me vuelco en las mejoras de la casa, el tiempo puede pasar más rápido.
Belinha y mi madre han desayunado más temprano que las gallinas, porque mi madre tenía que ir a Valle dei Sogni a resolver unos asuntos y Belinha quiso acompañarla.
Ahora la casa está en silencio, salvo por el sonido suave de las hojas meciéndose fuera.
Aprovecho la paz momentánea para hacerme una taza de café bien cargado.
El aroma es reconfortante, casi como un abrazo en forma de bebida.
Después de saborear la bebida, dejo la cocina y me dirijo al salón. El sitio es luminoso, con grandes ventanas que dejan entrar la luz de la mañana y hacen brillar sutilmente los muebles de madera oscura. Al entrar, el corazón me da un salto inesperado al ver quién está ahí.
—¿¡Will!? —exclamo, con la sorpresa chorreándome de la voz—. ¿Qué haces tú aquí?
Está apoyado en el sofá, con una sonrisa despreocupada en la cara que enseguida me trae una sensación de consuelo.
—Pensé que te gustaría una visita —responde, con los ojos brillándole con una mezcla de travesura y sinceridad.
—Justo iba a avisar a la señorita; acaba de llegar —dice Ludovica, y yo me limito a asentir, agradecida, mientras la veo salir y dejarnos a solas.
—Es una mansión imponente —dice Will, mirando a su alrededor.
—Sí que lo es... pero... no me has respondido: ¿qué haces aquí? ¿Cómo sabías que yo estaba aquí?
—Tu madre. Ella me lo contó.
—No debería haberlo hecho —murmuro para mí misma.
—O sea, ¿que es él? ¿El gran Tommaso Di Angelis es el padre de Belinha? —dice, con la voz todavía ligera, como de costumbre, y lo veo sentarse en el sofá, haciéndome una señal para que lo acompañe.
Me limito a asentir con la cabeza.
—¿No pensabas contármelo?
—La verdad es que no —respondo rápidamente, y lo veo sonreír para esconder la decepción.
—Sé que no tengo nada que ver con toda esta situación, pero me importas, Alicia. Tienes que dejar que te ayude cuando lo necesites.
—No estoy necesitando ayuda.
—No es lo que piensa tu madre.
—Mi madre no lo sabe todo.
—Suele saber muchas cosas —dice, sonriendo, y por fin dejo que una sonrisa se adueñe de mi cara—. ¿Dónde está él? —continúa.
—¿Quién?
—Hombre, el gran signor Di Angelis, claro.
—No lo sé; cuando me he despertado, ya no estaba. No sé qué hace por las mañanas.
Will se queda un momento en silencio, y trato de entender su expresión.
—¿Qué haces aquí, Will? —pregunto por fin, y lo veo mirarme unos segundos antes de responder.
—He venido a dejar claro que no estás sola.
Dejo que una sonrisa se me escape de los labios. No puedo negar que es un gesto muy tierno, pero completamente improcedente por parte de Will.
—Will... escucha... —empiezo, pero me interrumpe antes de que pueda continuar.
—Ya lo sé. Sé que no tengo ese derecho, pero soy tu amigo, tu amigo más cercano y más antiguo.
Y... no he entendido por qué has venido aquí, ni por qué estás viviendo bajo el mismo techo que ese hombre que probablemente te hizo algo para que no lo mencionaras jamás en todos estos años.
También sé que tendrás tus motivos, pero...
no me impidas intentar protegerte, Alicia.
Respiro hondo, intentando reunir las palabras adecuadas.
—Will, te agradezco muchísimo que te preocupes —digo, mirándolo a los ojos—. Es un gesto realmente bonito. Pero sé cuidar de mí misma.
Él frunce el ceño, con la preocupación todavía evidente en la mirada.
—Puedes cuidar de ti misma, pero eso no significa que no necesites ayuda. Todos la necesitamos en algún momento.
—Entiendo lo que dices —respondo, volviéndome de nuevo hacia él—. Y valoro de verdad tu amistad. Pero esto es algo que tengo que resolver sola.
Will hace una pausa, evaluando mi expresión.
—Tienes razón —dice por fin, con la voz un poco más suave—. Pero, aun así, que sepas que estaré aquí para lo que necesites. Pase lo que pase.
Sonrío, conmovida por su lealtad.
—Lo sé. Y eso significa mucho para mí.
—Tengo que volver a la cafetería —dice Will, levantándose del sofá, con la sonrisa ahora un poco más contenida—. El trabajo no se hace solo.
—Claro —respondo, levantándome yo también.
Se acerca y, antes de que me dé cuenta, ya me está abrazando.
—Cuídate, Alicia —murmura.
—Tú también —respondo, apretándolo un poco más contra mí antes de soltarlo.
Es en ese preciso momento cuando noto, incluso sin mirar, que ya no estamos solos en el salón. La energía del ambiente cambia al instante. Es como si el aire se volviera más denso, y me quedo paralizada un momento.
Cuando por fin me giro, veo a Tommaso parado en la entrada del salón. Lleva ropa de montar, con una camisa ajustada que le marca los hombros anchos y un pantalón que parece hecho a medida. Su mirada es dura como el acero, y su cara está impasible.
—Tommaso... —empieza mi voz, sin tener muy claro cómo seguir.
—Así que por fin me van a presentar al famoso Tommaso Di Angelis —dice Will, y su postura parece más erguida y segura, como si desafiara a Tommaso solo con la mirada.
Tommaso se acerca con pasos firmes, con su presencia ocupando el espacio como una tormenta a punto de estallar. Su mirada se clava en Will, y la tensión en el aire es palpable. La manera en que se mueve, con los hombros tensos y la barbilla levemente alzada, indica que está claramente irritado.
—¿Quién eres tú y qué haces en mi casa? —dice Tommaso, con la voz fría como el viento cortante que pasa por las ventanas.
—Soy amigo de Alicia y he venido a asegurarme de que la traten bien.
—¿Y quién te crees que eres para asegurarte de nada? —responde él enseguida.
—Ya lo he dicho: un amigo... un amigo muy cercano —provoca Will, y casi puedo ver el fuego saliendo por la nariz de Tommaso.
—Trabaja conmigo en la cafetería —digo, interviniendo—. ¿Verdad, Will? —Me giro hacia él, que todavía parece listo para entrar en un duelo verbal.
—Sí —responde escuetamente.
—Así que te gusta de verdad recibir a tus «acompañantes» en el salón, ¿eh, Alicia? —dice Tommaso, con la voz cargada de sarcasmo—. Quizá sería mejor que te llevaras esos encuentros a tu habitación, así nadie tiene que verlo.
Las palabras me golpean como un latigazo, y noto que la cara se me calienta al instante.
—¿Qué quieres decir con eso? —replico, intentando mantener la calma, pero el temblor de mi voz delata mi incomodidad.
—Solo es una observación —responde Tommaso, con una sonrisa torcida que no le llega a los ojos—. No quiero que te sientas incómoda por recibir visitas. Pero creo que sería más educado hacerlo en zonas no comunes, ¿no te parece?
—¡Maldito presuntuoso! ¡Somos amigos! —bramo.
—¿Amigos? —ironiza, con un tono que revela su incredulidad—. ¿Es ese el término que prefieres usar?
—Serás... —empiezo, pero me interrumpen.
—Alicia, deja que piense lo que quiera —dice Will al tocarme la mano con delicadeza.
—Pero... —continúo, y lo veo sonreír, negando con la cabeza como señal de que deje de pelearme.
—Ahora tengo que irme —dice Will, echándole una última mirada a Tommaso, que parece tan rígido como una muralla de piedra.
—Gracias por la visita —digo, y lo veo asentir.
—Hasta luego —dice, alejándose y desapareciendo enseguida de mi campo de visión.
Respiro hondo, notando la reprobación y la rabia en la mirada de Tommaso, casi como si acabara de encontrarme en la cama con Will.
—Intenta no traer aquí a tus... amigos mientras estés bajo mi techo. No creo que sea beneficioso para nuestra hija ver ese tipo de comportamiento.
—¿Tipo de comportamiento? ¿Qué comportamiento? ¿La amistad? ¿El compañerismo? —bramo, y lo veo acercarse un poco más, con una expresión casi mortal.
—Sabemos perfectamente que no era eso lo que estaba pasando aquí, Alicia. —Su voz es baja y peligrosa—. Ese hombre ha venido aquí a marcar su maldito territorio en mi casa porque cree que tiene derechos sobre ti.
—¿Y si los tuviera? ¿A ti qué te importa? ¿Y por qué sería eso malo para Belinha?
Siento la sangre latirme en las venas, y el corazón se me acelera, golpeándome en la cabeza como un tambor. Él parece vacilar, y la rabia deja paso a una confusión momentánea.
Respiro hondo, intentando reunir valor.
Sin esperar más una respuesta, me giro y corro hacia la salida del salón. Las piernas parecen cobrar vida propia y, mientras paso por su lado, él sigue inmóvil como una puerta, y yo salgo, dejándolo solo en el salón, con su presencia maciza todavía pesando en el aire.
Maldito Tommaso Di Angelis.