CAPÍTULO 18
Deshago el nudo de la corbata de un solo tirón, notando la sangre recorrerme las venas a toda velocidad.
Mi cuerpo todavía siente el suyo, incluso ahora que ella ya se ha ido.
Su sabor está impregnado en mí; su maldita esencia deliciosa me recorre ahora el cuerpo y siento que haberla probado solo ha hecho que mi adicción a ella vuelva con más intensidad aún.
Salgo de mi despacho y camino rápidamente hacia el jardín, en el inútil intento de aliviar mínimamente todos estos malditos sentidos, y es entonces cuando oigo una voz, una voz nasal y nada familiar para mí:
—Cinco, seis, siete, ocho... te has comido el bizcocho, nueve, diez, once, has pisado el bronce... doce, trece... —Antes de que termine, veo su mirada encontrarse con la mía.
La niña me mira con ojos curiosos, como si estuviera intentando descifrar algo en mí.
Y entonces sonríe. Una sonrisa inocente, sin pretensiones, que parece encender algo dentro de mí, algo que no consigo entender.
El pecho se me llena de una sensación extraña, como si lo invadiera una ola de calor, algo completamente distinto de todo lo que he sentido nunca.
Una sensación de consuelo y ternura se apodera de mí, y doy unos pasos en su dirección.
—Eres alto. —Lo dice inclinando la cabeza hacia atrás, con sus ojos curiosos subiendo hasta encontrarse con los míos. Una sonrisa inevitable se me instala en los labios—. Nunca he visto a nadie tan grande como tú.
Es mi hija.
Hija.
Era solo una palabra, algo lejano, como si no fuera más que un conjunto de letras que formaban una palabra, pero ahora está delante de mí, materializada, y me invade una intensidad de sentimientos que apenas consigo distinguir.
—Pues creo que no has visto a muchos hombres adultos —respondo, cruzándome de brazos y arqueando una ceja, intentando esconder la emoción en mi voz.
—Sí que he visto —exclama, agitando los brazos con entusiasmo—. Está el señor Afonso, el enfermero Juarez y, ah... Tobias, el de la farmacia, pero ninguno es tan alto como tú. Comes mucho, ¿a que sí?
Una risa se me escapa de los labios antes de que pueda controlarla, y me limito a asentir, dándole la razón.
—Probablemente como más que tú.
Ella arruga la nariz, pensativa, antes de continuar con una seriedad que casi me hace reír otra vez.
—Mi Nonna y mi mamá dicen que tengo que comer muchas verduras y brócoli para crecer. Tú debes de comer un montón, ¿a que sí?
Me agacho, quedándome casi a su altura, y respondo con un tono ligero.
—Tu Nonna y tu mamá tienen razón. Comer verdura es importante para crecer fuerte y sano.
Ella me observa con los ojos muy abiertos, como si estuviera absorbiendo cada palabra. La pureza de su mirada me desconcierta; nunca he presenciado algo así. Nunca he sentido tanta ternura.
—A mí me gusta la zanahoria, pero no me gusta el brócoli —confiesa, arrugando la nariz otra vez, esta vez con una expresión de asco evidente.
—La zanahoria es un buen comienzo —digo, intentando no reírme de su expresión graciosa—. Quién sabe, quizá con el tiempo aprendas a que te guste también el brócoli.
Ella ladea la cabeza, considerando mis palabras con seriedad.
—¿Tú crees? —pregunta, con sus ojos grandes y redondos clavándose en los míos, con una preocupación genuina reflejada en la cara.
—Estoy seguro —respondo con firmeza—. A veces, las cosas que no nos gustan pueden acabar siendo nuestras favoritas.
Vuelve a sonreír, esa sonrisa que parece calentar algo dentro de mí.
—Entonces lo voy a intentar —dice, decidida—. Porque quiero crecer fuerte y grande como tú.
—Así se habla —respondo, sorprendido por la ligereza de mi voz.
Me observa un momento, como si estuviera decidiendo algo importante.
—Mi mamá es muy guapa, pero es bajita. ¿Tú conoces a mi mamá?
Muevo levemente los hombros, con una sensación extraña apoderándose de mí. Respiro hondo antes de responder.
—Sí, la conozco —digo, escogiendo cuidadosamente las palabras.
—Entonces sabes que es la mujer más guapa del mundo entero. —Lo afirma con una certeza inquebrantable en la voz, mientras sus ojos brillan de orgullo.
Respiro hondo otra vez y no respondo de inmediato, dejando que el silencio se alargue entre nosotros. Tiene razón; Alicia es la mujer más bonita que he visto nunca.
—Te llamas Belinha, ¿verdad? —pregunto, rompiendo el silencio con una suavidad que no esperaba de mí.
Ella sonríe con timidez, como si estuviera orgullosa de compartir su identidad.
—Isabel. Pero todo el mundo me llama Belinha. ¿Te gusta mi nombre? A mí sí, me parece bonito.
La miro, miro sus ojos brillantes, y la sensación de consuelo que he sentido antes se mezcla ahora con una agitación creciente.
—Es un nombre muy bonito, Isabel. —Consigo responder, y lo único que pienso es que debería haber ayudado a escogerle el nombre, aunque me encante la elección de Alicia—. ¿Cuántos años tienes?
Ella enseña cinco deditos en la mano y sonríe satisfecha.
—Acabo de cumplir cinco.
—Ya estás bien grandecita.
—Sí que lo estoy. Soy la más alta del colegio... allí dicen que solo puedo haber salido a mi papá, porque mi mamá no es alta.
Siento un nudo en el estómago. ¿Qué sabe ella de su padre?
—¿Dónde está tu papá, Belinha?
Ella se encoge de hombros y responde enseguida:
—No lo sé. Mi mamá dice que está de viaje, pero que un día lo conoceré.
—¡Mira dónde estás, Belinha! —Una voz interrumpe mis pensamientos y, cuando me giro, veo a una señora de pelo blanco recogido en un moño firme, pero con unos ojos tan brillantes como los de la niña—. ¡Te he buscado por todas partes, niña traviesa!
Belinha corre a los brazos de la mujer, abrazándola con la familiaridad y el cariño que solo podrían pertenecer a alguien muy cercano.
—¡Estaba aquí hablando con este señor tan alto, Nonna! —dice Belinha, todavía en sus brazos, señalándome con un dedo curioso.
La señora me observa con ojos analíticos y percibo un brillo de reconocimiento en su mirada, pero no dice nada de inmediato.
—Hola, signor Di Angelis —dice por fin.
—Hola, señora Greco —respondo, recolocando la postura y forzando una sonrisa que no me llega a los ojos—. Espero que estén bien instaladas.
La voz me sale seca, casi automática, mientras intento mantener la compostura.
—Sí, lo estamos, gracias —dice, aunque parece querer decir más de lo que realmente dice—. Vamos, Belinha... vamos a entrar.
—No —digo, casi de manera instintiva.
—¿Perdón? —pregunta.
—Déjeme quedarme un poco más con Belinha, estábamos hablando.
Veo aparecer en la cara de Vittorina Greco una mirada tierna... incluso conmovida, pero la duda también está ahí. Es en ese momento cuando veo aparecer a Alicia, saliendo de la casa a pasos tranquilos, y su madre la mira, casi como si le pidiera disculpas por toda la situación.
—No pasa nada, mamá —dice con calma, y una sonrisa le asoma a la cara—. ¿Puedes llevar a Belinha a bañarse? Ahora subo con vosotras.
Su madre se limita a asentir y pide permiso para retirarse, llevándose consigo a Belinha, y por algún motivo el corazón se me parte.
No puedo obligarla a quedarse, pero todo mi ser desea pasar unos segundos más con la pequeña criatura que tiene tantas palabras en la boca como tenía su madre cuando nos conocimos.
El viento fresco mece levemente las hojas de los árboles, trayendo consigo un olor dulzón a flores en el que ni siquiera había reparado antes.
La luz del sol es suave y pinta el cielo en tonos anaranjados y rosados...
como aquella tarde en que la besé por primera vez.
Respiro hondo, intentando disipar el recuerdo.
Pero entonces mis ojos encuentran a Alicia, parada delante de mí.
Bajo esta luz parece casi irreal, como si perteneciera a un sueño lejano del que nunca quise despertar.
Su pelo ondula suavemente con la brisa, y hay algo en la forma en que los últimos rayos de sol le acarician la piel que me deja sin palabras un momento.
Está... preciosa. Más preciosa que cualquier recuerdo que yo haya guardado de ella.
—Tenemos que hablar de Belinha —dice, y yo recompongo la postura.
Sé que esta conversación no va a ser fácil.