CAPÍTULO 17
Salgo corriendo, sin la menor idea de adónde voy. En lo único que consigo pensar es en que necesito alejarme. De él. De la presencia avasalladora de Tommaso. De sus labios. De sus manos... Ay, Dios, ¿por qué lo he permitido? Y, peor todavía, ¿por qué he deseado tanto que lo hiciera?
Cuando se acercó lo suficiente para que yo notara su perfume, el calor de su piel, algo dentro de mí suplicó ese contacto. Todo lo que mi mente conseguía visualizar eran sus labios sobre los míos, su lengua bailando junto a la mía de una forma que solo él, en todos estos años, ha sabido hacer.
Mierda, ¿por qué he cedido? ¿Por qué, aun sabiendo que esto solo traería complicaciones, he dejado que me besara?
La verdad cruel es que yo quería ese beso. Por mucho que intente resistirme, por mucho que lo odie por todo lo que hizo, mi cuerpo sigue reaccionando a él como si estuviera bajo un hechizo.
Sabía que estar aquí, conviviendo con él, sería difícil, pero nunca imaginé que sería así la primera vez que nos quedáramos encerrados a solas. Tan intenso, tan lleno de sentimientos contradictorios.
Cuando por fin llego a mi habitación, las manos me tiemblan mientras intento cerrar la puerta.
Me apoyo en la madera fría, intentando recuperar el aliento, y lo único que me viene a la cabeza es el contacto firme de Tommaso, sus manos tirando de mí para acercarme.
Debería odiarlo. Debería estar tramando un plan para convertir su vida en un auténtico infierno.
Pero, en vez de eso, lo que me corre por las venas es el sabor de aquel beso.
Me sobresalto con el leve ruido que suena a través de la puerta y me aparto de ella rápidamente, hasta que oigo la voz baja y contenida de Ludovica:
—Señorita Greco... ¿puedo entrar? —pregunta. Tardo unos segundos en decidirme, hasta que le abro la puerta.
Entra con calma, con una pequeña sonrisa en la cara, trayendo consigo una bandeja con una ración de quesos, bizcochos, panes y fruta.
—Vengo a traerles algo de comer. Sé que el viaje debe de haber sido largo.
—Muchísimas gracias, Ludovica. No hacía falta que te molestaras. Mi madre y mi hija están explorando el jardín con el jardinero, pero seguro que les encantará la merienda. Gracias.
—No es molestia, señorita.
—Puedes llamarme Alicia... no hace falta que seas formal conmigo. Soy gente normal, como tú.
—No puedo hacer eso, señorita. —Ludovica responde con la voz suave, pero firme, mientras coloca la bandeja sobre la mesita que hay al lado de la cama—. No sería apropiado. Aquí, en Villa Rosa, debemos respetar las formalidades.
Sus ojos se encuentran con los míos un breve instante, y veo un toque de simpatía en su mirada, como si supiera que algo va mal, que algo ha pasado. Intento esbozar una sonrisa, pero sé que fracaso miserablemente.
—Ludovica... —empiezo a decir, intentando mantener la voz estable, incluso después de lo que ha pasado hace unos minutos—.
Yo... no soy una de esas señoras de la alta sociedad.
No necesito ese tipo de trato. Soy gente normal, como tú, y ya he trabajado en esta casa antes...
hace algunos años. Era muy amiga del ama de llaves que estuvo a cargo antes que tú.
Sé lo estricta que era la signora Donatella con el servicio, pero las cosas no tienen por qué ser así entre nosotras.
Me observa un momento, sopesando lo que acabo de decir. Quizá esté intentando entender qué está pasando en realidad detrás de mis palabras.
—Lo entiendo, señorita Alicia. —Acaba accediendo, con una pequeña sonrisa jugueteándole en los labios—. Pero, por favor, permítame seguir haciendo mi trabajo tal y como me enseñaron. Forma parte de mi manera de ser, de lo que se me pidió al aceptar este puesto. Me siento más cómoda así.
La observo unos segundos y me limito a asentir con la cabeza, dedicándole una pequeña sonrisa.
—Está bien —respondo por fin, con la voz más tranquila—. Lo entiendo. Y... gracias por traer la comida. Creo que no me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba.
Ella asiente levemente con la cabeza y se prepara para salir de la habitación, pero, antes de abrir la puerta, se vuelve hacia mí una vez más.
—Señorita Alicia, si necesita algo, estaré cerca. No dude en llamarme.
—Gracias, Ludovica —respondo con sinceridad, y, cuando sale de la habitación, el silencio vuelve a envolverme.
Me siento en el borde de la cama, mirando la bandeja llena de comida que me ha dejado. El apetito que no sabía que tenía empieza a manifestarse, pero, al mismo tiempo, mi mente está a kilómetros de distancia.
Intento concentrarme, respirar hondo y recomponerme, pero la verdad es que estoy afectada por la presencia de Tommaso en Villa Rosa. ¿Cómo voy a conseguir quedarme aquí, conviviendo con él, sabiendo que todo este deseo y este resentimiento siguen hirviendo dentro de mí?
Aprieto las manos contra las rodillas, intentando reunir fuerzas para afrontar lo que venga a continuación.
Este lugar está lleno de recuerdos, de sentimientos no resueltos.
Yo creía que todo lo que me quedaba dentro por él era rencor, rabia y desagrado, pero, después de hoy...
después de sentirlo, no puedo decir que sea solo rabia lo que aún guardo por él; no puedo.
¿Por qué tuviste que hacerme lo que me hiciste, Tommaso? ¿Por qué tuviste que romperme el corazón en pedazos tan pequeños y después lanzarlo al viento? ¡¿Por qué?! Todo lo que hice, todo lo que quería, era ser tuya... nada más me importaba, solo tú y yo, y sabía que sería feliz para siempre.
Lo que ha pasado hace un rato no ha sido solo un beso.
Ha sido el derrumbe de todo lo que llevo años intentando reprimir.
Creía haber enterrado esos sentimientos, que el dolor y el rencor habían asfixiado todo lo bueno que quedaba entre nosotros.
Pero, durante un momento, al sentir sus labios contra los míos, me di cuenta de que no era verdad.
La verdad es que, por mucho que quiera odiarlo, todavía hay una parte de mí que lo desea. Eso me aterra. ¿Cómo puedo desear a alguien que me causó tanto dolor? ¿A alguien que destruyó todo lo que yo creía que era posible entre nosotros?
Cierro los ojos e intento concentrarme en la realidad, en la razón, pero la imagen de Tommaso sigue persiguiéndome. Sus ojos, llenos de una rabia y un deseo que reflejan los míos, su contacto posesivo, como si quisiera marcarme la piel, el cuerpo, para siempre.
No puedo dejar que esto vuelva a pasar. No puedo permitirme caer en esa trampa. He venido a Villa Rosa con un propósito, y dejarme envolver otra vez por él no forma parte de ese plan.