Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

—La señorita Greco y su familia ya han llegado, señor. —Ludovica, la nueva ama de llaves, me avisa al entrar en mi despacho.

Me quedo inmóvil un momento, sujetando el bolígrafo con el que estaba garabateando distraídamente unos papeles.

—Muy bien, Ludovica. —Mi voz es fría, autoritaria, sin necesidad de levantar los ojos de los papeles que tengo delante—. Asegúrate de que las acomoden en las mejores habitaciones. Quiero que tengan todo lo que necesiten. Y trae aquí a la niña. Quiero hablar con ella.

Asiente y espera, como si aguardara alguna orden más.

No se la doy. Solo cuando la puerta se cierra detrás de Ludovica empieza la tensión a extenderse por mi cuerpo.

Siento cómo se me agarrotan los músculos, la mandíbula apretada.

El simple hecho de saber que están aquí, bajo el mismo techo, basta para despertar en mí una tormenta de emociones que llevo tiempo luchando por sofocar.

Me levanto de la silla y camino hasta la ventana, observando los viñedos que se extienden más allá de la propiedad. La última vez que Alicia estuvo aquí, éramos jóvenes e ingenuos. Ella tenía una luz que yo no veía en nadie más. Ahora solo quedan sombras de lo que podría haber sido.

Siento todo el cuerpo tenso, nervioso, ante la posibilidad de quedarme cara a cara con mi hija. Hija. ¿Qué debo decirle? ¿Cómo debo comportarme? ¡Maldita sea! Ni siquiera sé su nombre. Belinha... sí, así la llamó Alicia aquella noche.

Respiro hondo, sintiendo una leve ansiedad acumulándose en el pecho, pero la reprimo antes de que se apodere de mí.

De repente oigo que la puerta se abre de golpe, y la imagen de la mujer que tanto he intentado eliminar de mis pensamientos se proyecta delante de mí.

—Signor, discúlpeme... no he podido detenerla —dice Ludovica, nerviosa, entrando justo detrás de Alicia.

—No pasa nada, déjanos a solas, por favor —digo fríamente, y ella se limita a obedecer, cerrando la puerta tras de sí.

Por fin miro a Alicia a la cara. Su pelo rubio le cae en cascada hasta media espalda, rebelde y voluminoso, pero cada mechón parece estar perfectamente en su sitio, como si lo hubieran colocado ahí a propósito.

Brilla con la luz suave que entra por la ventana, y todo lo que me pasa por la cabeza es el recuerdo de enredar mis dedos en su pelo suave, de sentir su textura contra mi piel, su perfume envolviéndome.

Sus ojos me miran como dos cuchillas afiladas. Hay rabia ahí, pero también algo más. Algo que no consigo identificar, algo que me desafía. Maldita sea, ha cambiado. Alicia siempre fue una mujer fuerte, pero ahora... ahora es distinta. Más madura. Más... peligrosa.

Me hundo en la silla de cuero, me cruzo de brazos y dejo que mi mirada resbale por ella de arriba abajo. Me planta cara con la postura erguida, pero puedo sentir la tensión en su cuerpo, como una cuerda a punto de romperse.

—¿Qué crees que estás haciendo, entrando aquí de esta manera? —Mi voz es baja, cargada de autoridad. Observo cómo se le contraen los labios. Ah, sus labios... carnosos, tentadores, tan malditamente irresistibles.

Levanta la barbilla de forma desafiante, como si quisiera demostrarme que no me tiene miedo, que está aquí de igual a igual. Sus cejas arqueadas, tan bien definidas, solo intensifican la expresión de desafío de su cara.

Alicia no es solo una mujer guapa; es una presencia que llena la sala, que arrasa con todas mis defensas y me obliga a enfrentarme a los fantasmas que intenté dejar atrás.

Por un momento, el silencio entre nosotros es palpable. Intento mantener la compostura, pero sé que ella puede ver el conflicto en mis ojos, igual que yo veo el suyo.

—¡No puedes pedir ver a mi hija así, sin más! ¿Qué crees que estás haciendo, maldito? —brama—. Las cosas no van a ser así, signor Di Angelis —pronuncia mi nombre con una entonación cargada de sarcasmo.

—Nuestra hija —la corrijo, y veo cómo se le encienden las mejillas de rabia.

—Serás...

—¿Y cómo crees tú que van a ser las cosas, señorita Alicia?

—¡No me llames señorita! —grita.

—No sabía que ya te habías convertido en señora. ¿Quién se casó contigo?

—¡No seas idiota!

—No seas inmadura.

—¿Inmadura yo? —dice, y puedo sentir el odio inflamándole las venas.

—Es exactamente lo que he dicho... señorita.

—No creas que vas a sacarme de quicio, Tommaso. Las cosas no van a ser así.

—Entonces dime, señorita Alicia, ¿cómo van a ser las cosas?

—He aceptado esto... todo esto por el bien de mi hija, y porque sé que tienes derecho a convivir con ella y a conocerla.

Pero no creas que vas a decirle lo que te dé la gana e intentar ponerla en mi contra.

Si ese es tu plan, no podrías estar más equivocado, ¡porque no pienso permitirlo!

—vocifera como una leona protegiendo a su cachorro, y creo que es exactamente lo que está pasando aquí.

—¡No iba a comerle la cabeza, por Dios, mujer! ¿¡Qué clase de hombre crees que soy!?

—Prefiero no decir la opinión que tengo de ti.

—No has cambiado nada, ¿eh? Sigues igual de impertinente.

—Y tú sigues siendo un... un... en fin, ese amasijo de adjetivos horribles.

—Tu amabilidad me conmueve, Alicia.

Suspira con fuerza, irritada.

—Además, estoy aquí para coadministrar esta propiedad contigo. No eres tú quien va a dar las órdenes.

Entrecierro los ojos y me levanto de la silla con calma, acercándome a ella. La miro a los ojos y veo que retrocede levemente ante mi proximidad.

—¿Qué quieres decir con eso? ¡Esta propiedad es una herencia de mi familia! Seré yo quien la gestione.

—¡Nada de eso! —dice, respirando hondo—. Durante los próximos cuatro meses, también me pertenece a mí. No creas que vas a tenerme aquí solo como una obligación para quedarte con este lugar.

—Pero... serás... —digo, levemente irritado—. Estás pensando convertir estos meses en un infierno en mi vida, ¿verdad? No tienes ningún interés en el bienestar de esta propiedad. Lo que estás haciendo es puramente para sacarme de quicio.

—No sé de dónde te sacas eso —dice, encogiéndose levemente de hombros.

La miro fijamente, con la rabia latiéndome bajo la piel. Alicia está tan cerca que puedo sentir el calor que desprende su cuerpo.

—¡No seas insensata! No entiendes lo que está en juego aquí. —La voz me sale controlada, pero hay una punta de exasperación que no consigo esconder—. Esta propiedad tiene un legado, una historia. No es solo una cuestión de posesión, sino de responsabilidad.

Ella no retrocede, no se intimida, lo que solo aumenta la tensión entre nosotros.

Sus ojos siguen fijos en los míos, y veo una determinación que antes no existía.

No puedo evitar pensar que, de alguna manera, se ha convertido en una adversaria a mi altura.

Alicia se acerca un poco más, solo para provocarme, y mira rápidamente mis labios antes de volver a mirarme a los ojos.

Tiene la cara tan cerca de la mía que puedo sentir su aliento dulce y su respiración rozándome la piel.

—No pienso ponerte las cosas fáciles, signor —susurra la última palabra, con la boca milimétricamente cerca de la mía.

Está tan cerca que el perfume suave de su piel invade mis sentidos, mezclándose con la rabia que me hierve en el pecho.

Cada fibra de mi ser grita que la aparte, que recupere el control que parece estar escapándoseme entre los dedos.

Pero, al mismo tiempo, hay algo primario en mí que quiere inclinarse aún más cerca, capturar sus labios con los míos y acabar con esta guerra silenciosa de una vez por todas.

Está jugando conmigo, poniendo a prueba mis límites, y lo peor de todo es que está funcionando.

Estar cerca de ella de esta manera, oler su piel, sentir su calor contra mi cuerpo solo me confirma una cosa: mi deseo por ella no ha muerto.

Está aquí, vivo y latiendo en mis venas con tanta fuerza como antes.

Maldita sea. Una corriente eléctrica me recorre el cuerpo y hace que quiera... no, que necesite tocarla.

—No deberías provocarme, Alicia. —La voz me sale ronca, cargada de sarcasmo, pero también de algo más oscuro.

Mis ojos bajan otra vez a su boca, al contorno perfecto de sus labios, tan cerca que casi puedo saborearlos. Lo hace a propósito, sabiendo que estoy al borde del abismo.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —Su voz es baja mientras me mira los labios y, a continuación, los ojos, desafiándome.

Sin pensarlo, mi mano se mueve por su cuenta, sube hasta su cara, con mis dedos rozándole la piel caliente. Se estremece al contacto, y una satisfacción oscura me recorre el cuerpo. Pero no puedo dejarme llevar, no puedo ceder... aunque es como si mi cuerpo tuviera vida propia.

Ella no lo pone fácil. Sus ojos intensos siguen desafiándome, como si me estuvieran diciendo que ya no es la chica de hace años y que puede enfrentarse a mí de igual a igual. Y, maldita sea, lo está consiguiendo.

Pero ¿qué no consigue Alicia Greco? ¿Qué no es capaz de hacer esta maldita mujer con sus ojos y su boca perfecta? Nunca pude resistirme a ella, nunca.

Me debilita, esta maldita mujer me deja sin fuerzas.

Deseo a Alicia, siempre la he deseado, y eso no puedo negarlo, no puedo fingirlo.

La quiero, siempre la he querido, desde la primera vez que le puse los ojos encima, y eso no ha cambiado, aunque todo lo demás sí.

Mi deseo, mi carne desea su carne como si la necesitara para seguir vivo, como si estuviera ante un trago de una droga de la que llevo años en abstinencia.

No tengo ningún control sobre mis actos.

Por eso me fui de este maldito pueblo, por eso hui como un cobarde. Porque Alicia me aturde como un veneno espeso que no sale de mis poros ni de mi torrente sanguíneo.

—¿Qué estás haciendo? —susurra, sorprendida por mi movimiento, pero no se aparta. Veo cómo sus ojos caen levemente sobre mis labios y vuelven a los míos.

—No te hagas ilusiones creyendo que voy a ceder ante ti, Alicia —respondo con la voz ronca mientras me acerco a su oído y continúo—: No importa lo que hagas ni lo que digas, el control sigue siendo mío.

—Yo no contaría con eso —susurra, y gira levemente la cabeza, acercando sus labios a los míos de una forma que parece deliberada, como si supiera exactamente lo que está haciendo. Mi autocontrol, que ya pendía de un hilo, simplemente se rompe.

La rabia y el deseo que hervían dentro de mí estallan de golpe. Antes de que pueda pensarlo, mi boca captura la suya con una furia incontenida. No es un beso dulce; está cargado de rabia, de añoranza, de todos los sentimientos que llevo reprimiendo desde que volvió a mi vida.

Alicia no retrocede. Al contrario, responde con la misma intensidad, lo que solo aviva el fuego que arde entre nosotros.

Mi cuerpo arde.

Mi mente se apaga.

Mis manos, antes vacilantes, ahora le sujetan la cintura con firmeza, atrayéndola hacia mí, como si pudiera borrar años de distancia y resentimiento solo con este contacto.

El sabor de sus labios, tan familiar y al mismo tiempo tan nuevo, es como una descarga eléctrica que me recorre el cuerpo y alimenta todavía más el deseo descontrolado que siento por ella.

Por un momento no existe nada más que el calor de su cuerpo contra el mío, el sabor de su boca, la sensación de tenerla por fin otra vez entre mis brazos.

Es como si todo el odio, toda la rabia, se transformaran en un deseo ardiente que ya no puedo ignorar.

Y, por mucho que sepa que debería parar, no consigo apartarme.

Alicia sabe deliciosa, su olor me aturde, sus manos me recorren el pelo, dejando que el deseo también la controle a ella.

Estoy perdido en ella, en sus labios. Intensifico el beso y la siento suspirar contra mí.

Nuestras lenguas se enredan con lujuria, con tanto deseo que siento cómo se me eriza todo el cuerpo solo con besarla, con sentirla.

La aprieto contra la pared y oigo un leve gemido escapar de sus labios deliciosos.

Mis caderas se clavan contra ella y nuestras intimidades se rozan a través de la ropa.

El contacto, el olor, el deseo... todo me ciega, todo me aturde, como si ella fuera una droga a la que, tras probar el primer trago, quedo completamente a merced, sin ningún control.

De repente siento las manos de Alicia contra mi pecho, empujándome con la fuerza suficiente para romper el contacto entre nosotros. La sorpresa me paraliza un instante, pero no me da tiempo a reaccionar antes de que el sonido seco de su mano contra mi cara resuene por el despacho.

El impacto de la bofetada me arde en la piel, y el shock es instantáneo. Me quedo inmóvil, mirándola, intentando procesar lo que acaba de pasar. Alicia está jadeando, con los ojos echando chispas de rabia y de algo más que no consigo descifrar: quizá deseo... lujuria.

—¡No vuelvas a hacer eso nunca! —susurra con firmeza, con la voz temblándole ligeramente, como si estuviera luchando por mantener el control.

Antes de que pueda decir nada, se da la vuelta y sale rápidamente, con sus piernas largas llevándola fuera de mi campo de visión en cuestión de segundos.

La puerta se cierra con un chasquido y me deja solo en el silencio del despacho, sintiendo todavía el calor residual de sus labios en los míos y el escozor de la bofetada en la mejilla.

¡Joder! ¿Qué me está haciendo esta mujer?