CAPÍTULO 15
Estoy a punto de terminar de preparar mi maleta.
Mi madre y Belinha llevan ya un rato listas, esperándome.
He cogido solo unas cuantas prendas, nada más que lo justo para llenar una mochila.
He tardado más preparando la maletita de Belinha, apartando las cosas que sé que va a necesitar, como el Señor Oso y su mantita de dormir.
No fue difícil explicarle a Belinha adónde íbamos; de hecho, pareció entusiasmada con la excursión, y eso me alivió mínimamente.
Lo que de verdad me preocupa es la convivencia que va a tener con su propio padre, y sé, en lo más hondo de mi alma, que no podré guardarle ese secreto mucho tiempo.
Pero tampoco sé cómo voy a contárselo. ¿Se enfadará?
¿Se molestará conmigo por haberla privado de la compañía de su padre durante tantos años? Ay, Dios.
Oigo el viejo timbre sonando. El sonido es agudo y prolongado, resuena por la casa con una urgencia que me acelera el corazón.
Ha llegado la hora.
Salgo de la habitación y me encuentro a mi madre mirándome fijamente, esperando que diga algo.
—Debe de ser el chófer de los Di Angelis —digo, y la voz me suena más tranquila de lo que en realidad me siento. Intento sonreír, pero la ansiedad me aprieta el pecho.
—Voy a abrir —dice mi madre, pero noto la vacilación en sus pasos. Esta situación no le gusta más que a mí, y sé que le preocupa lo que pueda pasar cuando estemos allí.
—Voy contigo —digo, soltando la blusa que estaba doblando y siguiéndola hasta la puerta.
Cuando llegamos a la puerta, mi madre me lanza una mirada de apoyo antes de abrir. Al otro lado veo a un hombre de mediana edad, de postura rígida, vestido impecablemente con un uniforme que no deja dudas sobre su función.
—¿Señorita Greco? —pregunta, con voz educada, pero formal—. Soy el chófer enviado por los Di Angelis para llevarlas hasta Villa Rosa.
Siento que mi madre me aprieta el brazo levemente, como si quisiera pasarme fuerza. Respiro hondo y doy un paso adelante, asintiendo.
—Sí, soy yo. Estamos casi listas. ¿Puede esperar un momento, por favor? —pregunto, intentando mantener la voz firme.
—Por supuesto, señorita —responde, haciendo un gesto cortés con la cabeza—. Aquí estaré esperando.
Cierro la puerta con cuidado y me giro hacia mi madre, que me mira con una sonrisa alentadora. Camino hasta Belinha, que está sentada en el sofá balanceando las piernecitas.
Me arrodillo a su lado y le toco la manita.
—Mi amor, ¿de verdad te parece bien que pasemos este tiempo fuera? —pregunto, y la veo mirarme con una sonrisa inocente.
—Claro, mamá. La Nonna ha dicho que allí es muy grandote y que voy a poder jugar en el jardín.
Respiro hondo, sintiéndome levemente culpable por todos estos años en los que la privé de todo a lo que tenía derecho, siendo una Di Angelis. No ha habido un solo día en que no me sintiera culpable, pero ahora el peso parece aún peor.
—Está bien, mi amor. ¿Nos vamos, entonces? —digo, forzando una sonrisa, y ella se levanta de un salto y coge su bolsito.
—Vamos, mamá —dice con una sonrisa infantil.
Nos dirigimos al coche mientras el chófer nos ayuda con nuestras pocas maletas.
Coloco a Belinha en su sillita y me aseguro de que el cinturón esté bien puesto.
Mi madre ya está sentada al otro lado, y entonces entro en el coche, sintiendo cómo la ansiedad se transforma en determinación.
Villa Rosa me espera, igual que Tommaso y todas las complicaciones que trae consigo.
Cierro los ojos un momento y respiro hondo.
A partir de ahora, todo va a cambiar.
ღ
El coche empieza a moverse y enseguida estamos saliendo del pueblo, dejando atrás las calles familiares.
Miro por la ventanilla mientras el paisaje va cambiando poco a poco.
Las casas se van separando y el verde de las colinas empieza a dominar el horizonte.
Hace años que no recorro estos caminos. El paisaje, los árboles, las casas e incluso el viento me traen recuerdos intensos de años atrás; es como si estuviera volviendo atrás en el tiempo.
La carretera serpentea por las colinas y veo viñedos que se extienden hasta donde alcanza la vista. El sol de la tarde derrama una luz dorada sobre todo y, por un momento, la belleza del paisaje consigue alejar mis pensamientos inquietos.
Villa Rosa es conocida por ser una de las propiedades más bonitas de nuestra región y, aunque está cerca de donde vivimos, socialmente parece estar a un mundo de distancia.
Es un lugar que nunca pisó nadie como yo, salvo para trabajar.
No como invitada, claro, sino como empleada, un lugar donde solo pisan los ricos y la gente de familias nobles.
Mientras el coche avanza por el camino, con los viñedos extendiéndose hasta donde alcanza la vista, mi mente viaja a la única vez que estuve en Villa Rosa.
Lo recuerdo como si fuera ayer. El viento helado de aquella noche en que pasó todo.
Yo tenía diecinueve años, y el corazón se me rompía tan rápido como latía por Tommaso Di Angelis.
Y ahora vuelvo a aquel lugar... y es como si estuviera a punto de librar una batalla.