CAPÍTULO 14
—Nos vemos en Villa Rosa, señorita Greco —dice Tommaso, y lo veo alejarse.
La sangre me hierve en las venas, y las ganas que me dominan son de abofetearlo. Esa cara de superioridad, la manera en que me mira, como si lo supiera todo sobre mí. Todo eso me irrita tanto que me dan ganas de gritar.
Salgo del despacho de Lombardi y me voy directa a casa.
Mi mente es una tormenta de pensamientos, cada uno más frustrante que el anterior.
Cuando llego, me encuentro a mi madre en el salón, sentada en el sillón con su manta preferida.
Levanta los ojos del punto que está tejiendo y sonríe al verme, pero su sonrisa desaparece en cuanto se fija en mi expresión.
—Alicia, cariño, ¿qué ha pasado? —pregunta, con la preocupación marcada en la cara.
—Nos vamos todas a Villa Rosa, y Tommaso ya sabe que Belinha es hija suya. —Le suelto toda la información de golpe a mi madre, que me mira atónita.
—Hija mía, tienes que dejar de entrar en esta casa con estas noticias bomba. Cualquier día me va a dar un infarto. Ya no soy tan joven —dice, y dejo escapar una sonrisa de los labios.
—Perdóname, mamá.
—Ven aquí —dice, abriendo los brazos—. Algo me dice que tienes el corazoncito pesado, y es porque Tommaso sabe lo de Belinha.
Solo asiento con la cabeza contra sus brazos.
—Pero has aceptado, ¿verdad? —continúa mi madre—. Has aceptado que Belinha se mude a Villa Rosa porque sabes que...
Me falla la voz, y ella me completa la frase:
—Porque es lo correcto.
—¿Qué va a ser de nosotras, mamá? ¿Qué va a ser? Todo va a cambiar, lo presiento.
—¿Por qué has ido hoy hasta allí, Alicia? ¿Por qué has aceptado de verdad ese acuerdo descabellado?
Me separo de ella y le miro la cara. Veo los surcos marcados por el tiempo en su piel, su expresión dulce, pero cansada. Y por mucho que me diga a mí misma que acepté para darle una vida mejor a esta mujer que siempre se esforzó por cuidar de mí, sé que hay algo más.
—No lo sé —respondo, con un hilo de voz.
—No vuelvas a hacerte ilusiones con el chico de la casa grande, Alicia. No lo hagas... —me advierte.
—No me hago ilusiones —respondo deprisa, sin estar segura de que sea verdad.
—Tiene derecho a convivir con su hija, es cierto... Pero no pongas tu corazón en juego, porque las dos sabemos que no se cura tan rápido.
Asiento en silencio al aviso de mi madre, sintiendo el peso de sus palabras. Tiene razón, y lo sé. No me hago ilusiones, no... ¡Ay, Dios, lo odio! Lo odio por haberme abandonado, por sus palabras crueles, por dudar de mí y no darme la oportunidad de redimirme. Lo odio.
—¿Y el colegio de Belinha? —pregunto, intentando centrarme en algo práctico, algo que me distraiga de las emociones que me están consumiendo—. ¿Qué hacemos con eso? Tiene clase, y mudarnos a Villa Rosa ahora... el colegio queda lejos.
Mi madre sonríe, esa sonrisa siempre llena de ternura, y me lleva de vuelta al sofá, como diciéndome que todo saldrá bien, de un modo u otro.
—No te preocupes por eso ahora, Alicia —dice, colocándose bien la manta en el regazo y manteniendo la misma calma de siempre—. Belinha empieza las vacaciones pronto, ¿te acuerdas? Después de instalarnos, ya veremos qué hacemos con el colegio. No hace falta resolverlo todo hoy.
Suspiro, aliviada por un momento. Claro, las vacaciones. Al menos eso me da tiempo para ordenar la cabeza y lidiar con esta situación. Pero el alivio es pasajero, porque enseguida se me llena la mente de preguntas sin respuesta, de miedos que no quiero afrontar.
—Villa Rosa... —murmuro, pensando en cómo será vivir allí con Tommaso, y el peso de esa decisión empieza a caer de nuevo sobre mí—. Mamá, todo va a cambiar, ¿verdad?
Ella me mira con esos ojos sabios, sabiendo que esta no es una pregunta sobre el colegio ni sobre las vacaciones. Sabe que estoy hablando de algo mucho más grande, algo que ni siquiera sé si estoy preparada para afrontar.
—Sí, hija mía. Todo va a cambiar. Pero eso no significa que vaya a ser malo. A veces, los cambios son lo que más necesitamos. —Pone su mano sobre la mía y aprieta con fuerza, y por un segundo yo también me siento más fuerte, como si pudiera enfrentarme a cualquier cosa.
ღ
—¿Cómo que vas a estar fuera cuatro meses? —La voz de Will suena casi chillona.
—No pienso repetirlo, Will. Ya te he dicho que tengo que resolver algunos asuntos. Y tú sabes llevar esto tan bien como yo.
—Esto es muy repentino, Alicia. ¿Estás huyendo de la policía?
—No seas tonto, Will. Limítate a hacer lo que te he pedido, por favor, y no me hagas más preguntas. Ya he avisado a Giuseppe y a Carmela, y por fin podrás contratar a un empleado nuevo, como llevas pidiendo desde hace meses.
—Alicia... —A Will le falla un poco la voz, y por un momento siento la preocupación real detrás de su tono normalmente sarcástico. Está triste, quizá hasta decepcionado. Lo conozco lo suficiente para darme cuenta de cuándo está escondiendo lo que siente de verdad.
—Will, por favor, no empieces. —Intento mantener la voz firme, pero sé que no estoy siendo justa. Él siempre estuvo a mi lado, aguantando el tipo cuando más lo necesité. Este cambio repentino lo ha pillado por sorpresa, y veo que le está costando aceptarlo.
—Sabes que puedes confiar en mí para ocuparme de todo —dice, con sus ojos castaños buscando los míos, suplicando alguna explicación—. Pero ¿cuatro meses, Alicia? Es mucho tiempo. Y... —Duda, con la tristeza evidente en la cara—. Y sé que hay más en esta historia de lo que me estás contando.
—Tiene que ver con el padre de Belinha. —Las palabras me salen de la boca antes de que pueda pensar en cómo suavizarlas. Es la verdad, y Will se merece al menos eso. Pero, en cuanto las digo, veo cómo el shock se apodera de su cara.
—¿Qué? —Parpadea varias veces, como si intentara procesar lo que acaba de oír—. Tú... tú nunca has hablado de su padre. —Su voz suena incrédula, casi perdida—. ¿Cómo que tiene que ver con él? ¿Quién es el padre de Belinha, Alicia?
—Por favor, no me preguntes lo que no quiero responder. Prométeme que te ocuparás de todo por aquí. Por favor.
Will respira hondo y por fin asiente, pareciendo no querer preguntar nada más. Se acerca, con la expresión más suave ahora, y me pone una mano con delicadeza en el hombro.
—Confío en ti, Alicia. Pero, por favor, prométeme solo que tendrás cuidado. No quiero que te hagan daño... otra vez.
Siento que se me encoge el pecho con su preocupación. Will siempre fue ese tipo de amigo: alguien que se preocupa más por mí de lo que a veces lo hago yo misma.
—Lo tendré —respondo, intentando sonreír, pero es difícil—. Gracias, Will.
Me hace un gesto lento con la cabeza, pero el brillo preocupado de sus ojos sigue ahí.