CAPÍTULO 5
—¡Dime que aprovechaste el día de ayer! —dice Will mientras arregla algunas mesas de la cafetería.
—¡Me divertí mucho más de lo que puedas imaginar! —digo, sujetando la bandeja con dos tazas de capuchino espumoso. Will me mira de reojo, de esa manera que solo él tiene cuando cree que me estoy inventando historias.
—Seguro que sí —dice, y su voz delata su incredulidad.
Suelto una risa baja porque, sinceramente, no tiene ni idea de lo que pasó ayer.
Voy hasta una de las mesas del rincón y dejo las tazas con cuidado, sonriéndole a la pareja que parece estar en una de esas discusiones silenciosas en las que solo habla el aire que hay entre ellos.
—Por cierto, hoy tendré que salir antes. ¿Crees que puedes cubrirme aquí?
—Claro... ¿ha pasado algo? —pregunta, preocupado.
—No... son solo unos asuntos que tengo que resolver. —Intento no sonar sospechosa, pero es que ni yo me lo creería.
Will arquea una ceja.
Vuelvo a la barra y empiezo a reponer las magdalenas en la vitrina. ¿Por qué se acaban siempre tan rápido? Alguien aquí debe de estar traficando con magdalenas y tengo que investigarlo.
Cojo la escoba y empiezo a barrer, intentando ignorar los ojos curiosos de Will siguiéndome. Sé que quiere más detalles, pero no tengo ninguna intención de contarle lo de la lectura del testamento de Donatella.
—¿Sabes? Si me contaras la verdad, a lo mejor hasta sería lo bastante majo como para cubrirte el turno entero —dice, con voz de quien quiere hacer chantaje emocional—. Pero eres demasiado misteriosa para mi gusto.
—¿Crees que aguantas este sitio tú solo? —lo provoco, empujándole el pie suavemente con la escoba.
—¿Yo? Sin problema. —Esquiva la escoba y sonríe, pero sé que solo está marcándose un farol—. Y encima vendo más que tú.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo dudo. La gente vuelve solo por mí, cariño. Yo soy el auténtico encanto de esta cafetería —digo, levantando la nariz solo para aumentar el drama.
Will se ríe y se acerca a mí con una mirada divertida.
—Hablas demasiado, Alicia. —Estira la mano y, antes de que me dé cuenta, sus dedos me están revolviendo el pelo con un movimiento rápido de «te lo desordeno todo», riéndose bajito mientras me observa.
—¡Oye! —Doy un paso atrás, riéndome yo también, intentando apartar su mano de mi cabeza como quien espanta una abeja—. ¡Me estás destrozando la imagen profesional!
—¿Imagen profesional? ¿Eso? —bromea, señalando mi pelo, ahora revuelto y suelto en un pequeño lío de rizos.
Es curiosa la energía que tengo con Will; lo adoro.
Es divertido, buen compañero y, cuando estoy con él, hasta me siento más joven de lo que soy, casi como si sacara a flote un lado de mí que mantengo dormido. Es un amigo estupendo.
Will intenta seguir revolviéndome el pelo mientras yo trato de librarme de sus movimientos, pero nos interrumpe el ruido de la campanilla, que anuncia la llegada de un nuevo cliente.
—¿Pueden parar los dos tortolitos y venir a servirme otra taza de café? —dice la señora Dupolt, y los dos la miramos sonriendo, pero enseguida desvío la mirada hacia la puerta para atender al cliente que acaba de entrar.
Todavía riéndome del estropicio que Will me ha hecho en el pelo, me coloco un mechón rebelde detrás de la oreja. Solo que la sonrisa se me va muriendo poco a poco, como una vela que se apaga, a medida que mis ojos se ajustan al hombre que cruza la puerta.
Me quedo congelada.
No puede ser.
Tommaso Di Angelis.
¿¡Qué hace él aquí!?
Está ahí de pie, imponente como siempre, lo que parece injusto teniendo en cuenta que a nadie se le debería permitir ser tan...
impactante. Sus hombros anchos llenan el espacio, y la expresión seria e impenetrable es la misma que recuerdo de otros momentos, momentos que prefiero olvidar.
Me mira fijamente y, por un segundo, juro que veo cómo sus ojos recorren mi pelo revuelto antes de volver a mi cara, y justo después sus ojos se encuentran con los de Will.
Me quedo quieta como si tuviera los pies pegados al suelo; mi voz, mi respiración o cualquier signo vital de mi cuerpo ha decidido que no va a trabajar durante los próximos segundos. Will parece notar la tensión que se ha instalado automáticamente en el aire.
—Bienvenido, tenemos una buena mesa allí —sugiere Will, señalando una de las mesas junto a la ventana, sin darse cuenta de la mirada mortal que Tommaso lanza en su dirección.
Tommaso no ha cambiado ni una coma de lo que yo recordaba; aunque ahora le hayan salido algunas canas en el pelo y la barba le dé un porte todavía más maduro y fuerte.
Tommaso no aparta la mirada, aunque también parece levemente desconcertado al verme.
Él nunca la aparta.
Y eso siempre me desarma.
Hace un gesto con la cabeza hacia Will, rechazando su sugerencia. Tommaso simplemente se da la vuelta, sin siquiera parpadear en mi dirección de nuevo. Da media vuelta y sale del local sin decir una sola palabra.
En cuanto se aleja, Will se gira hacia mí con una expresión inquisitiva.
—¿Amigo tuyo? —pregunta Will por fin.
—Algo así… —la voz me sale más débil de lo que me gustaría. Tommaso no es exactamente un amigo, pero no estoy dispuesta a contar lo que es o lo que fue de verdad en mi vida.
¿Qué ha venido a hacer aquí? Qué... ¡Ah, sí, claro! El testamento; ha vuelto al pueblo por la muerte de su abuela. Pero ¿por qué diablos tenía que entrar aquí? ¿De esa manera?
Siento el estómago revuelto y el corazón me late ahora de una forma distinta, casi como si todavía se estuviera recuperando del susto que acaba de llevarse.
Tommaso Di Angelis ha vuelto a Valle dei Sogni, y seguro que voy a tener que verlo otra vez. Solo desearía que, las próximas veces, el susto y esta sensación perturbadora que flota ahora dentro de mí no volvieran a aparecer.