Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

No esperaba darme de bruces con Alicia justo la primera mañana desde mi regreso a Valle dei Sogni. Maldita sea, ¿solo hay una puta cafetería en este pueblo del fin del mundo? Sabía que años atrás ella trabajaba allí, pero no esperaba encontrarla después de tantos años en el mismo sitio.

¡Maldita sea!

Me paso las manos nerviosamente por el pelo mientras camino a grandes zancadas lejos del lugar. Autocontrol, impasibilidad —características que cultivo desde hace años— amenazaron con desmoronarse en cuanto entré en aquella maldita cafetería.

Allí estaba ella, como si los años no hubieran pasado. Riéndose, con ese mismo brillo en los ojos, jugando como una niña ingenua y despreocupada con el camarero... ese tipo con el que parecía tan a gusto cuando la tocaba.

Debería haber entrado, comprado el café y salido. Simple, práctico. Pero, en vez de eso, me quedé ahí, quieto, incapaz de apartar los ojos de ella, mientras la sangre me latía con fuerza en las venas. Ridículo.

Pero algo no me pasó desapercibido: la manera en que su sonrisa se marchitó al ver quién estaba en la puerta fue casi...

gratificante. Se quedó parada como si hubiera recibido una descarga y, en ese momento, me di cuenta de que no era el único al que le afectaba nuestro pasado.

El shock en sus ojos, el silencio repentino...

—¿No has cogido el café? —oigo preguntar a Grigori.

Levanto la mirada y lo veo apoyado en su extravagante Lamborghini azul.

—¡No! —digo con aspereza.

—Creo que debería haberte avisado de que Alicia trabajaba ahí.

—¿Lo sabías, cabrón? —le gruño, sintiendo que la sangre me late más rápido en las venas.

Se encoge de hombros con su típico tono de sarcasmo.

—Claro que lo sabía. Este pueblo es minúsculo y solo tenemos una buena cafetería por aquí.

—¿Por qué no me avisaste? —pregunto, con la furia todavía en la voz.

—Quería ganar doscientos pavos —responde despreocupadamente y enseguida se mete en el coche, colocándose en el lado del conductor.

Entro en el coche con fuerza, y la puerta se cierra con un estruendo que me resuena en la cabeza, ya palpitante.

—¡Eh, cuidadito! Que acabo de pillarme esta preciosidad.

—¿De qué demonios hablas? —respondo, ignorándolo deliberadamente.

Grigori, con esa maldita sonrisa perezosa que siempre luce cuando se está divirtiendo a mi costa, arranca el coche. Ni siquiera me mira, con los ojos clavados en la carretera, y el sonido bajo del motor no hace más que alimentar mi irritación.

—¿De qué? —pregunta con naturalidad, lanzándome una mirada rápida, como si fuera obvio—. De la apuesta, claro. Por desgracia, me has hecho perder. Florença apostó a que, si volvías a ver a Alicia, te pondrías blanco como el papel. Y mírate, exactamente como ella dijo.

—Sois unos cretinos los dos.

—¿Cómo va eso, hermanito? ¿Sigues colgado por la camarera? ¿Después de tantos años, todavía?

—No seas ridículo.

—No es lo que parece. Lo que parece es que todavía estás coladísimo por esa mujer.

—Cierra la boca, Grigori. No intentes suponer nada; tu inteligencia no llega a niveles de suposición.

—Insultos, cómo no... tu principal herramienta de defensa.

—Te he dicho que te calles.

Grigori suelta una carcajada burlona, y el sonido resuena por el coche como un recordatorio irritante de que le encanta provocarme.

Siempre ha sido así, el tipo de hermano que sabe exactamente qué botones apretar y cuándo hacerlo.

Es el segundo mayor, pero desde luego el menos maduro de todos.

Mi irritación solo parece alimentarlo, y no hace el menor esfuerzo por esconder lo mucho que se está divirtiendo.

—Escucha un consejo de tu hermano: nada bueno puede salir de... sea lo que sea eso que sientes por Alicia. Los asuntos sin terminar hacen más daño al hígado que el bourbon, hermano mío.

—¿Podemos seguir el puto camino en silencio o eres incapaz de estarte callado?

—Tranquilo, hermanito, ve despacio —dice, todavía riéndose, mientras me echa una mirada de reojo—. Sabes que es verdad. Vas todo almidonado, intentando mantener esa fachada de frialdad, pero te ha bastado ver a Alicia para convertirte en una olla a presión.

Aprieto tanto la mandíbula que noto cómo me rechinan los dientes. Mi paciencia está al límite, pero el sarcasmo de Grigori no parece tener fin. Acelera un poco el coche, y los neumáticos hacen un sonido bajo contra el asfalto.

—¿Sabes? Si no fuera tan obvio que sigues tocado, hasta me habría callado. Pero, joder, la cara que pusiste al verla no tiene precio. Tienes que resolver esto, hermano... tienes que resolverlo ya.

Me giro hacia él, con los ojos echando chispas de rabia, pero no se inmuta. De hecho, parece divertirse aún más al ver que estoy a punto de explotar.

—No tiene nada que ver con ella, Grigori. Ya pasó. —Intento sonar firme, pero hasta yo me doy cuenta de que mi voz no lleva la convicción que debería. Y, claro, él también se da cuenta.

—Ah, pues claro que sí. —Suelta otra risa y niega con la cabeza—. Solo que tu cara no se ha enterado, por lo visto.

Grigori suelta otra risita antes de continuar:

—Más te vale resolver ya el tema ese con Alicia antes de que se convierta en uno de esos fantasmas que nunca consigues exorcizar. Porque, sinceramente, por cómo estás actuando, parece que lleva años acosándote.

—¿Cuándo pasó? ¿Cuándo te convertiste en este psicólogo de mierda al que le encanta dar consejos?

Se encoge de hombros y el tono burlón sigue ahí, irritándome todavía más.

—Ya sabes, he ido adquiriendo más conocimientos con los años.

Cierro los ojos un segundo, intentando contener las ganas crecientes de estrangularlo allí mismo.

—Ya te he dicho que cierres la boca —repito, con la voz baja, pero cargada de amenaza. Él solo vuelve a reírse.

—Vale, vale, me callo. Pero sabes que tengo razón.

—Grigori... —La advertencia está clara en mi voz, pero a él le importa un carajo.

—Relájate, tío. Solo digo que, si yo estuviera en tu lugar, ya habría hecho algo.

Acelera el coche y nos saca de la pequeña carretera que lleva al centro del pueblo. No tardaremos en llegar a Villa Rafaelle, una de las grandes propiedades de mi familia, donde están todos.

Maldito pueblo. Maldita Alicia.

ღ

—Mira quién está aquí, el hijo pródigo de vuelta a casa —la voz grave de mi padre reverbera por el salón en cuanto cruzo la puerta, y todas las miradas se vuelven hacia mí.

Está todo ahí: la alfombra de terciopelo impecablemente limpia, los sillones de cuero suave que parecen no haber sido usados nunca y, por supuesto, mi familia perfectamente compuesta, sentada como si el mundo fuera exactamente como debería ser.

Se están riendo de algo, como siempre. La risa les fluye con facilidad, como si la vida fuera esa eterna celebración de la que, por lo visto, solo yo estoy fuera.

Mi padre, con esa sonrisa afable, sostiene un vaso de whisky caro.

Grigori ya está apoyado en la pared, con esa sonrisita que solo él consigue mantener, sabiendo perfectamente lo que me pasa por la cabeza.

Quiero a mi familia, pero viven casi como si fueran la puta realeza. Y, en cierto modo, es exactamente lo que son para este pueblo.

—Papá —murmuro, sin el menor entusiasmo, mientras cruzo el salón con pasos largos.

—Llegas tarde, Tommaso —suelta mi hermana Catalina, con ese tono dulce que solo ella sabe usar para disfrazar la crítica.

Mi padre me observa por encima del vaso, con los ojos entornados, como si intentara descifrar algo en mí que no consigue alcanzar. Siempre lo ha hecho: la mirada analítica, como si yo fuera un negocio que hay que evaluar.

—¿Y cómo está Nueva York? —pregunta por fin, con un aire despreocupado que no me engaña. Sé que le habría gustado que yo asumiera los negocios de la familia, el cacao, y que no me hubiera marchado de aquí para crear mi propia empresa.

—Igual —digo secamente—. Grande, caótica y llena de novedades que no me interesan.

Noto que Grigori se ríe bajito a mi lado, y ya estoy casi listo para lanzarle otra mirada de advertencia cuando Florença interrumpe:

—¿Me has traído algo? ¿Has visto mis mensajes? Te pedí aquel vestido que acaba de salir en el desfile...

—Está en el coche —respondo, y la veo sonreír y soltar un gritito victorioso.

—¡Gracias!

Florença es una chica estudiosa y roza el colmo del empollonismo, pero lo interesante de ella es que su personalidad, que cualquiera deduciría introspectiva y tranquila, no podría estar más lejos de eso.

Es espontánea, risueña y le encanta la moda, aunque sea una apasionada de las antigüedades y los libros viejos. Es una contradicción andante.

—¿Solo eso? ¿No me vas a dar un abrazo? No fue fácil conseguir ese modelo —digo, y la veo sonreír emocionada.

Florença suelta una risa leve y corre hacia mí, lanzándose a mis brazos con esa energía contagiosa de siempre.

Es mucho más baja que yo, y sus brazos finos se enroscan a mi alrededor mientras entierra la cara en mi pecho unos segundos.

Noto el perfume dulce de flores que siempre usa y no puedo evitar una pequeña sonrisa.

Por irritante que pueda ser todo aquí, Florença tiene el don de desarmarme.

—¡Sabía que me lo ibas a traer! —dice, con los ojos brillándole de entusiasmo mientras me suelta—. ¡Eres el mejor, Tommy!

Tommy... es la única que todavía me llama así y, por algún motivo, no me importa.

Le doy una palmadita suave en el hombro y la veo dar media vuelta con una sonrisa enorme, probablemente imaginándose ya el dichoso vestido.

Mientras ella se aleja, dejo que mi mirada vague hasta Catalina, que sigue sentada en su sillón con ese aire inquebrantable de quien siempre lo tiene todo bajo control. Las dos son opuestas.

—¿Y tú? ¿Dónde está mi abrazo? —la provoco, con una sonrisa ladeada en los labios.

Catalina levanta los ojos al oír mi provocación y sus labios se curvan en media sonrisa divertida.

Cruza las piernas con elegancia, y su mirada evaluadora me atraviesa como si yo fuera el tema de una conferencia que acaba de dar.

Siempre controlada, siempre perfecta. Siempre fue la más reservada de todos nosotros, la que prefiere observar desde la distancia, controlando cada aspecto de su vida con una precisión casi calculada.

Cuando por fin se acerca, se detiene a pocos centímetros de mí, y nuestras miradas se encuentran. Catalina no dice nada durante unos segundos, pero lo que veo en sus ojos me pilla por sorpresa: hay añoranza y afecto. Creo que he descuidado a mis pequeñas durante demasiados años.

—Pensaba que no me lo ibas a pedir... —dice, con la voz casi en un susurro, pero con una sinceridad que me hace entender que esa es su manera de decir que me ha echado de menos.

Antes de que pueda responder, por fin me abraza. Es un abrazo tímido, pero firme, con los brazos envolviéndome el cuerpo de una forma que es a la vez cautelosa y cálida. Noto su barbilla apoyarse levemente en mi hombro.

—Te he echado de menos, Cat —digo, y noto que me aprieta un poco más.

—Yo también, Tom —murmura bajito contra mi hombro, casi como si estuviera confesando un secreto.

Dieciséis y diecisiete años son sus edades y, aunque Florença y Catalina ya sean mayores, sigo viéndolas como dos crías.

—¿Y yo no me llevo abrazos o qué? —bromea Grigori, y las dos le hacen muecas.

—Tú vienes aquí a todas horas, Grigori, no da tiempo a echarte de menos —dice Florença.

Él las mira y hace un gesto de falsa ofensa casi teatral.

—Así me herís los sentimientos —dice, y las dos se ríen.

—Vale, creo que te mereces abrazos —dice Cat, y Florença la sigue.

Las dos lo rodean en un sándwich humano, y los tres se ríen, divertidos.

Mientras las chicas se apartan de Grigori, noto que se acerca una presencia.

Vittorio, mi hermano mediano, llega con ese aire seguro que siempre ha tenido.

Sus pasos son firmes y su sonrisa es amplia, como si nada en el mundo pudiera hacer tambalear su aplomo.

Me atrae hacia un abrazo firme, del tipo que solo él sabe dar.

—Bienvenido de vuelta, Tommaso —dice con su voz ronca, dándome dos palmadas en la espalda antes de soltarme.

Justo detrás de él, Emiliano se acerca con una sonrisa contenida y las manos en los bolsillos del pantalón de vestir.

Es el más joven de los hermanos, pero su porte tranquilo y reservado siempre ha hecho que parezca mayor de lo que realmente es.

Emiliano nunca ha sido de los que dejan traslucir mucho lo que sienten, pero su manera de acercarse dice lo suficiente.

—Tommaso —dice simplemente, tendiéndome la mano.

Se la estrecho con fuerza, sintiendo el vínculo que siempre ha existido entre nosotros.

A mis hermanos los veo a menudo, ya que todos viven cerca de mí en Nueva York; solo las chicas siguen viviendo en Valle dei Sogni, y eso hace que las vea con menos frecuencia, únicamente cuando vienen a visitarme.

Es atípico ver a todos los Di Angelis así, reunidos, y debo decir que lo he echado de menos... los he echado de menos a ellos.