Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Las riendas del caballo firmes en mis manos, el viento cortando el aire fresco de la mañana.

Me bajo de mi caballo, un pura sangre árabe negro llamado Comandante, sintiendo el peso familiar de las botas contra el suelo del centro hípico.

El olor a hierba recién cortada, el sonido de los cascos contra la tierra y el ruido lejano de los demás caballos en los establos de alrededor crean una atmósfera de control: un lugar donde todo está bajo mi autoridad.

Y eso me gusta. Pocas cosas me satisfacen tanto como haber adquirido este sitio para mí.

Le paso las riendas al mozo de cuadra, sin apartar la mirada del horizonte, con los pensamientos concentrados en todo lo que tengo que resolver.

—Signor Tommaso. —La voz urgente de Alfredo, el responsable de los animales, me saca del flujo de pensamientos. Me giro, y su expresión ya me informa de que no es nada trivial.

—¿Qué pasa? —la voz me sale más dura de lo que esperaba, pero me da igual.

Si es lo bastante importante como para interrumpir mi mañana, hay que resolverlo rápido.

—Su hermana, Florença, ha llamado. Ha dicho que tiene usted que devolverle la llamada con urgencia —responde, un poco tembloroso bajo mi mirada intensa.

Algo se enciende dentro de mí, una señal de alarma. No recibo llamadas urgentes de este tipo de Florença sin un motivo serio. Hago un gesto rápido para que continúe.

—¿Ha dicho algo más? —pregunto, y él niega con la cabeza.

—No, señor. Solo ha dicho eso.

—Está bien, muchas gracias, Alfredo.

Asiente y se aleja, sabiendo que ya me ha informado de lo suficiente.

Me dirijo al despacho montado en el centro hípico.

Como no uso el móvil mientras cabalgo, me quedo incomunicado a veces durante horas, y muchas veces necesito resolver algunos asuntos aquí mismo.

Por eso me pareció conveniente montarme este espacio.

Al coger el teléfono, oigo el sonido de mis propios latidos, un golpeteo bajo y constante en el fondo de la mente, y marco rápidamente el número de mi hermana.

El teléfono suena unos segundos antes de que Florença lo coja. Su respiración es irregular, como si hubiera corrido una maratón.

—¿Tommaso? —su voz suena frágil, lo que hace que frunza el ceño de inmediato. Florença rara vez muestra debilidad.

—¿Qué ha pasado? —voy directo al grano. No tengo paciencia para rodeos, y menos aún con esta urgencia en el aire.

Hay una pausa, seguida de un sonido ahogado. Está intentando controlar la voz, y eso solo hace que se me apriete más el pecho.

—Es la Nonna... —dice Florença por fin, y el silencio que sigue parece tragarse todo a mi alrededor—. Se ha ido.

Las palabras caen sobre mí como un puñetazo, pero no demostrarlo forma parte de quien soy.

Siento el aire salir de mis pulmones de forma controlada, mientras me mantengo firme.

La muerte de Donatella Di Angelis era algo que, en el fondo, sabíamos que llegaría.

Llevaba meses enferma. Aun así, da igual lo mucho que te prepares: la noticia nunca llega sin impacto.

—¿Cuándo? —pregunto, con la voz más firme de lo que esperaba.

—Ayer de madrugada. Estaba... durmiendo. Fue rápido, sin dolor, o al menos eso dijo el médico. —A Florença le falla la voz al final de la frase, y siento el peso de las palabras más de lo que me gustaría admitir.

Cierro los ojos un segundo. Donatella fue una fuerza en mi vida, una mujer que dirigió nuestra familia con mano de hierro, que esperaba de mí la perfección, que siempre tuvo expectativas más altas de las que nadie podría soportar.

Y, de algún modo, eso me moldeó. Me hizo lo que soy hoy.

Si no fuera por ella, quizá no tendría la ambición ni la frialdad necesarias para sacar adelante los negocios de la familia.

Pero, al mismo tiempo, había una conexión emocional. Era más que la matriarca implacable. Era una parte de mi historia, una pieza del rompecabezas de mi vida.

—Tommaso... —interrumpe Florença. La vacilación en su voz hace que me pare un segundo—. Sabes lo que vas a tener que hacer, ¿verdad?

—¿El qué? —pregunto, y oigo su respiración baja antes de que siga hablando.

—Vas a tener que volver a casa, al velatorio. Vas a tener que pisar otra vez Valle dei Sogni.

Valle dei Sogni. Solo con oír el nombre, una sensación amarga se apodera de mí, el sabor metálico de la rabia que nunca se ha disipado, ni siquiera después de tantos años.

Nunca pensé que fuera a tener que volver a aquel maldito lugar.

Desde el día en que me marché de allí, me prometí a mí mismo que jamás pisaría ese pueblo otra vez, que nunca más miraría aquellas tierras que un día lo significaron todo para mí.

Quizá algún día volvería a Villa Rosa; solo ese lugar me haría replantearme el odio que llevo dentro por Valle dei Sogni.

Villa Rosa era la propiedad preferida de mi madre.

Ella, como arquitecta, diseñó cada rincón de aquel sitio y lo convirtió en un espectáculo, una obra de arte viva, y aquel fue su último proyecto antes de enfermar y marcharse tan joven.

Aquel lugar contiene mucho de mí y fue lo único que me arrepentí de abandonar.

Respiro hondo, intentando controlar la avalancha de sentimientos que se agita dentro de mí.

Ya no soy aquel chaval impulsivo, guiado por la pasión y la rabia.

Soy un hombre calculador, frío. Me empeñé en convertirme en alguien a quien no le afectan las debilidades.

Pero Valle dei Sogni... aquel lugar guarda todos mis fantasmas. Todos.

—¿Tommaso? —La voz de Florença corta mis pensamientos y me devuelve a la realidad.

—Sí, sé lo que tengo que hacer. —La voz me sale firme, fría, y me preparo para afrontar lo inevitable.

Para afrontar lo único que no he conseguido vencer en esta vida.