CAPÍTULO 3
Estoy a punto de cerrar la puerta a mi espalda al llegar a casa cuando Belinha entra corriendo en el salón, sus piececitos haciendo *tap tap tap* en el suelo, como si fuera una bailarina llena de energía.
—¡Maaamáááá! —grita con la emoción que solo tiene una niña de cinco años, tendiéndome los bracitos.
—¡Cuidado con la alfombra! —grito, demasiado tarde. Llega el tropiezo pero, en vez de llanto, Belinha suelta una carcajada que resuena por el salón. Es así, una explosión de vida que ilumina incluso mis peores días.
Cuando por fin la alcanzo, me agacho para cogerla en brazos. —¡Hola, mi pequeña aventurera! —Sus ojos, azules como el cielo de verano, brillan como estrellas, los mismos ojos de su padre.
—¡He hecho galletas de cumpleaños con la Nonna! —anuncia, llena de orgullo, como si acabara de firmar un contrato con la mayor pastelería del pueblo.
Ay, cielos, la última vez que intentó hacer galletas quedaron más duras que el cemento, pero veo que ahora se han convertido en una tradición de cumpleaños.
—¡Qué rico, mi amor! —Intento que mi expresión no delate mis pensamientos—.
¡Estoy deseando probarlas! —Miento. Ya he oído decir que las madres hacen esto a todas horas.
Y, bueno, soy prácticamente una mentirosa profesional cuando el tema son las galletas horribles que Belinha intenta hacer.
Me siento un poco mejor al pensar que es sobre lo único que le miento.
Mi madre, Vittorina, que está en la cocina, aparece con las manos en la cintura. Sus ojos de águila me observan, como si ya supiera lo que estoy pensando.
—Esta vez le ha cogido el tranquillo. Puedes fiarte.
—«Fiarse» es una palabra muy fuerte cuando hablamos de galletas, mamá... —murmuro.
Ella se limita a negar con la cabeza con una sonrisa divertida.
—Venga, ve a cambiarte... tenemos una sorpresa para ti.
—¡Mamá! —digo con un tono de leve reproche.
—Es tu cumpleaños, y te has pasado el día trabajando... hay que celebrarlo. Ahora ve a darte un baño relajante y deja que Belinha y yo lo preparemos todo por aquí.
Solo asiento levemente con la cabeza, con una sonrisa agradecida en la cara. Mi madre aún no sabe de dónde vengo, no sabe de la muerte de Donatella y mucho menos de la mención que hizo de mí en su testamento. Decido esperar un poco más antes de romper esta burbuja de alegría que impregna mi casa.
Salgo del baño con los hombros por fin sueltos, la piel perfumada y el pelo todavía húmedo.
El baño fue más que un alivio para los músculos tensos; fue como un reinicio de mi humor.
Ahora me siento casi renovada, lista para afrontar...
lo que sea que estén tramando mi madre y Belinha.
Cuando entro en el salón, la imagen que me recibe es como un abrazo inesperado: la mesa del comedor, que hasta entonces era solo un espacio funcional, está transformada en una auténtica fiesta temática.
—¡Ah! —Suelto una risa, mitad sorpresa, mitad encanto. La mesa está llena de golosinas, dulces y... ¿pandas? ¡Eso es, pandas! Hay osos panda de peluche, pandas de cartón y hasta galletas decoradas con forma de panda.
Belinha está de pie junto a la mesa, luciendo una sonrisa de oreja a oreja. Lleva un delantalito lleno de lunares blancos y negros y una diadema con orejas de panda, lo que la hace parecer una mini pastelera de zoológico.
—¡Mamá, mira! —Señala una tarta enorme en el centro de la mesa, cubierta de glaseado blanco y decorada con pequeños pandas de fondant—. ¡Yo he hecho las galletas y he ayudado a la Nonna a decorar la tarta!
—¡Hala! —exclamo, genuinamente impresionada. Me acerco más y miro las galletas. Esta vez no parecen armas letales, sino pequeñas obras de arte. Aunque estén un poco torcidas y algunos pandas miren en direcciones sospechosas, son un gran progreso.
Mi madre aparece junto a Belinha, con esa sonrisa satisfecha de quien ve que un plan sale bien.
Y, sinceramente, tiene motivos para ello.
La mesa está impecable, cubierta de cupcakes adornados, caramelos y dulcecitos, todos con la misma temática.
No puedo contener una risa de sorpresa al ver que hasta las servilletas tienen estampado de panda.
—Mamá, esto es... ¿una fiesta de pandas? —pregunto, mirándola a ella y después a Belinha, que está tan emocionada que parece a punto de estallar en confeti.
—¡Exacto! —responde con tono triunfante—. Belinha eligió el tema. Dijo que quería algo mono para ti.
Me agacho para ponerme frente a Belinha, que se balancea de un pie al otro, ansiosa por mi reacción.
—Está todo precioso, mi amor. —La atraigo hacia un abrazo y le beso la carita radiante—. ¡Has hecho un trabajo maravilloso!
—¡Y no es solo eso! —dice, escapándose de mis brazos y corriendo al otro lado del salón. Coge una cajita pequeña envuelta en papel rojo y vuelve dando saltitos—. ¡También te hemos hecho un regalo!
La cajita queda en mi mano con tanto cuidado como si fuera un tesoro.
Deshago el lazo despacio, saboreando el momento, y abro la tapa.
Dentro, un llavero con un osito panda hecho de abalorios brilla bajo la luz.
Imperfecto, con algunos abalorios fuera de sitio y un ojito un poco más grande que el otro pero, para mí, es la cosa más preciosa del mundo.
—Lo hicimos juntas, ¿verdad, Nonna? —dice Belinha con un orgullo que casi me hace llorar.
—Sí, lo hicimos —asiente mi madre, sonriendo con ternura—. Pero la idea fue suya.
Respiro hondo, intentando contener la emoción que amenaza con escaparse. ¿Sabéis esa sensación de estar rodeada de amor? Es lo que siento ahora. Mis ojos pasean por la mesa llena de pandas y por mi hija, que está a un segundo de empezar a dar saltos de pura energía.
—Está perfecto —digo, y esta vez no estoy mintiendo—. Es el mejor cumpleaños de todos.
Belinha grita de alegría y, en un gesto muy suyo, empieza a girar de puntillas, como si estuviera bailando. Mi madre me lanza una mirada satisfecha antes de volverse hacia la cocina.
—¡Ahora vamos a comer y a cantar un cumpleaños feliz bien ruidoso! —dice mi madre.
Belinha suelta otro gritito de alegría y corre a tirarme de la mano hasta la mesa. Y yo la sigo, riéndome. Porque, sinceramente, ¿cómo iba a resistirme?
Belinha me coloca detrás de la mesa mientras mi madre enciende las velas y apaga la luz. Las dos empiezan a cantar el cumpleaños feliz de forma casi chillona, mientras las velitas iluminan la estancia. Mamá y Belinha sonríen, y sus sonrisas me llegan como un abrazo.
Veinticuatro años. Qué rápido ha pasado el tiempo.
A mí los cumpleaños no me importan mucho, pero me gusta que a ellas les gusten tanto. Más que eso, me gusta cómo es mi vida: sencilla y sin muchos recursos, pero llena de cariño. Me gusta cada aspecto de ella, y espero que eso no cambie después de mañana.