CAPÍTULO 2
Casi no me puedo creer que Donatella Di Angelis haya muerto. Sinceramente, pensaba que se convertiría en una momia y se las apañaría para esquivar a la muerte, como siempre hizo con todo en su vida. Y lo más irónico del asunto es que su muerte ocurrió justo el día de mi cumpleaños.
Me siento en una de las sillas, negando con la cabeza, todavía intentando entender por qué diablos decidí venir hasta aquí.
¿El velatorio de Donatella Di Angelis? ¿En serio, Alicia?
Pero, de alguna manera —una que mi madre probablemente llamaría «culpa católica»—, me pareció lo correcto.
Esa mujer nunca me dio más que miradas de desaprobación y recuerdos amargos para poblar eternamente mi cabeza.
Y, sin embargo, aquí estoy, sentada en el velatorio de la matriarca, única y exclusivamente porque se lo prometí a Genova.
¡Ay, Genova! Solo ella podría convencerme de algo así.
Incluso en su lecho de muerte, con aquella manera dulce pero insistente, me hizo prometer que estaría aquí cuando Donatella muriera.
¿Y quién soy yo para negarle el último deseo a una viejecita testaruda?
Genova fue la abuela que nunca tuve o, tal vez, la entrenadora de boxeo emocional que la vida decidió darme.
Miro a mi alrededor, y es un auténtico desfile de gente a la que conozco solo de vista, junto con otros que claramente han salido directos de una pasarela de Milán.
Siento una punzada de incomodidad y me pregunto si alguien se dará cuenta de que yo no debería estar aquí.
Pero hice una promesa y, si hay algo que hago en esta vida, es cumplir con mi palabra.
Además, a mi madre le daría un ataque de nervios si supiera que estoy huyendo de mis responsabilidades emocionales.
Vittorina Greco, la mujer más fuerte y justa que conozco, siempre me enseñó que debemos respetar nuestras raíces, nuestras tradiciones... y las promesas hechas.
—¿Qué hago yo aquí...? —murmuro para mis adentros, cruzándome de brazos e intentando parecer invisible, mientras una señora pasa a mi lado y me mira de arriba abajo. Probablemente esté pensando que soy la chica del reparto de flores.
La verdad es que aquí, en Valle dei Sogni, encontramos un hogar, donde la vida sigue un ritmo más lento y la mayoría de la gente se conoce.
Fue aquí donde mi madre y yo conocimos a Genova.
Era una señora mayor, siempre con una sonrisa en la cara y una palabra amable, aunque tuviera el pulso firme y una buena bronca en los labios si hacía falta, y probablemente era más activa que yo después de tres tazas de café.
Yo tenía solo doce años, y mi madre, recién enviudada, de luto y sin recursos, decidió que mudarnos a un pueblo nuevo que prometía algunas oportunidades de trabajo era lo correcto.
Genova fue como un ángel que apareció en nuestras vidas.
Nos ayudó de todas las maneras posibles, ofreciéndonos no solo apoyo material, sino también un hombro amigo y un corazón lleno de amor.
Fue gracias a ella como conocí la casa de los Di Angelis.
Fue ella quien me llamó para trabajar temporalmente en una fiesta que iban a dar, y yo no tenía ni idea de adónde iría a parar aquello ni de lo que pasaría después.
Pero desde luego no haría nada distinto, ya que toda esa sucesión de hechos me trajo a Belinha, lo más importante de mi vida.
Nos acogió en una habitación de su casa.
Era pequeña, pero cómoda, con muebles antiguos y una chimenea que siempre estaba encendida en las noches frías de invierno.
En aquellos días me sentía segura y protegida, como si nada pudiera alcanzarnos.
Genova nos trataba como si fuéramos parte de su familia, algo que nunca entendí del todo, pero por lo que siempre estuve agradecida.
Ella nunca tuvo hijos, y su marido había muerto hacía muchos años.
Quizá mi madre y yo —y después, con la llegada de mi pequeño rayo de sol, Belinha— nos convertimos en la familia que echaba de menos.
Miro alrededor de la sala llena de caras conocidas y desconocidas, sintiendo una mezcla de emociones que casi me asfixia.
El ambiente es solemne, con el murmullo de conversaciones bajas y el sonido suave de los pasos resonando en el suelo de mármol.
La presencia de tanta gente aquí para presentar sus respetos a Donatella Di Angelis me hace cuestionarme la complejidad de las relaciones humanas y cómo pueden tejerse de forma tan intrincada.
Respiro hondo y miro una vez más a mi alrededor, agradecida por no verlo a él.
Me levanto del asiento, ajustándome rápidamente la ropa con un gesto nervioso.
Ya he hecho lo que Genova pidió, ya he cumplido su última voluntad, y no quiero quedarme ni un segundo más aquí y arriesgarme a encontrarme con... quien no me gustaría ver.
Antes de que pueda dar más que unos cuantos pasos, oigo que alguien me llama.
Me giro y me encuentro con un señor de edad avanzada que me observa.
Va vestido con un traje negro impecable, y lleva el pelo canoso cuidadosamente peinado hacia atrás.
Me mira como si estuviera a punto de darme una gran noticia, y las grandes noticias, en mi mundo, casi nunca son buenas.
—¿Es usted la señorita Alicia Greco? —pregunta, acercándose un poco más.
Su tono formal y su presencia imponente me dejan un poco incómoda.
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? —pregunto, ligeramente aprensiva.
—Soy Augusto Lombardi, abogado de la familia Di Angelis, y debo informarla de que ha sido convocada a la lectura del testamento de la Signora Donatella Di Angelis.
¿Yo? ¿El testamento? Siento que me sube una carcajada por la garganta, pero me contengo.
—Ah, tiene que haber algún error. ¿Yo? ¿En el testamento de Donatella? Creo que me odiaba un pelín demasiado para eso.
—No hay ningún error, señorita. —Mantiene el tono serio, pero parece divertirse levemente con mi sorpresa—. Debe usted presentarse a la lectura mañana, a las tres de la tarde.
—Pero... ¿yo? —repito, todavía intentando procesarlo—. ¿Por qué?
—Eso se revelará en la lectura, señorita. —Me entrega una tarjeta elegante con una dirección impresa—. Le recomiendo que no falte.
Siento que una mezcla de curiosidad y pánico se apodera de mí. ¿Donatella dejándome algo a mí? ¿Es esto algún tipo de broma cósmica? O peor... ¿tiene que ver con Belinha? Se me revuelve el estómago solo de pensarlo.
—¿Y si no voy? —intento un último esfuerzo por escapar de esta locura.
—La presencia es obligatoria. —Sonríe ligeramente—. Y la incomparecencia puede acarrear... complicaciones.
Ah, genial. Complicaciones legales. Justo lo que necesitaba en mi vida ya perfectamente complicada.
Respiro hondo, sintiendo el peso de esta nueva responsabilidad desplomarse sobre mis hombros. ¿Por qué esa mujer no me deja en paz ni siquiera después de muerta?
—De acuerdo, allí estaré —digo, con más firmeza de la que siento.
Lombardi hace un breve gesto con la cabeza y se aleja, dejándome sola, con una tarjeta en las manos y una tormenta de pensamientos en la cabeza. Donatella me odiaba, de eso estoy segura. Entonces, ¿por qué iba a dejarme algo? ¿Tendrá que ver con el pasado? ¿Con Tommaso? O peor...
¿¡Tendrá algo que ver con Belinha!? Ay, cielos.
Siento que algo muy terrible está a punto de ocurrir. Nada bueno puede venir de esa familia, y estoy segura de que esta será una más de las cosas terribles que siempre me han traído.