3 MARGOT #2
—La estranguló en su apartamento en el condado de DuPage.
Lo arrestaron. Lo acusaron. Pagó la fianza.
El caso se desmoronó porque suavizaron las declaraciones de los testigos, desaparecieron pruebas y reescribieron las notas del fiscal para convertir el asesinato de mi hermana en un incidente doméstico con dudas sobre la credibilidad.
Tomo aire y me duele más de lo que debería.
—Quedó libre. Empezó a seguirme hace cinco meses. Crucé fronteras estatales huyendo, luego volví sobre mis pasos, y aun así él seguía encontrando mi rastro. Acabé en el motel. Esa es toda la historia.
No dice «lo siento» ni «qué terrible» como haría la mayoría. Vuelve a mirar la foto, luego las páginas del fiscal, luego algo en el papeleo de la fianza que lo hace detenerse.
Su expresión cambia de forma casi imperceptible. Tensa la mandíbula, agudiza la atención, y su mirada pasa de leer a calcular. Deja la página de la fianza y me mira.
—Grant Winters es un agente de recuperación de fianzas con licencia de Indiana.
—Sí. Trabaja al otro lado de la frontera estatal, pero conoce el mundo de las fianzas, las bases de datos, a los funcionarios de los juzgados y a todos los que creen que un trabajo cercano a la placa los hace intocables.
Vuelve a mirar la página. No entiendo por qué ese detalle le importa más que el asesinato, pero está claro que así es. Lee la ocupación de Grant como Kimberly lee las matrículas en el aparcamiento del motel: como si la información fuera una llave que ya está girando.
La puerta se abre antes de que pueda preguntar.
Entra un hombre con traje gris, llevando una tableta y un fajo fino de hojas impresas.
Es más joven que el hombre que tengo enfrente, también moreno y bien afeitado, con la postura de alguien que factura mucho por hora.
Su traje está bien cortado, quizá hecho a medida.
Deja los papeles sobre la mesa sin sentarse.
—No es Katya.
Su voz es seca y precisa.
—Margot Carlstrom, veintinueve años, nacida en Lake Forest, Illinois.
Registro de matrimonio en el condado de DuPage con Grant Winters, disuelto.
Una petición de orden de alejamiento, denegada.
Historial laboral escaso, pagos en efectivo.
Sin actividad de pasaporte en dieciocho meses.
Sin formación en inteligencia, sin afiliación conocida a ninguna agencia, y sin rastro digital que coincida con Antonov ni con ningún otro objetivo operativo.
Me echa un vistazo y vuelve a mirar al otro hombre.
—Es una recepcionista de motel que resulta que se parece a tu mensajera desaparecida.
Una recepcionista de motel. Lo hace sonar insignificante, y lo es.
Toda mi vida cabe en una bolsa de huida y el cajón de una mesilla.
Espero que el hombre que tengo enfrente se levante, me quite las esposas y abra la puerta.
Es el siguiente paso lógico. Me trajeron porque pensaron que era otra persona.
No lo soy. Caso cerrado. Que me dejen ir.
Desde luego no voy a acudir a la policía. No me fío de ellos.
No se levanta ni hace ademán de quitarme las esposas. Coge las páginas del fiscal y las inclina para que el hombre del traje pueda ver las anotaciones en tinta azul.
—¿Por qué el caso de asesinato de un agente de recuperación de fianzas de otro estado tiene mociones selladas, declaraciones de testigos suavizadas y pruebas que desaparecen del registro de entrada?
El hombre del traje coge las páginas y las lee. Su expresión se transforma en un reconocimiento contenido de algo que no esperaba encontrar en la bolsa de huida de una recepcionista de motel.
—Esto no es un error del fiscal.
Deja las páginas sobre la mesa y señala una nota al margen.
—Alguien preparó las vías de escape de este caso antes de que llegara al juzgado.
Los miro fijamente a los dos.
Pasé cuatro meses recopilando ese archivo.
Pasé horas cotejando fechas, extrayendo registros de llamadas y organizando transcripciones hasta que tuve algo que parecía lo bastante sólido como para que importara.
Llevé mis pruebas a una defensora de víctimas que me dijo que tuviera paciencia.
Las llevé a un abogado de oficio que dijo que no había suficiente para reabrir el caso.
Las llevé a un detective que dijo que el caso estaba cerrado y me sugirió que me planteara ir a terapia.
Nadie miró esas anotaciones en tinta azul y vio lo que estos dos hombres acaban de ver en menos de un minuto. Nadie trató el archivo de Mara como si significara algo más grande que una mujer muerta y un hombre que se había salido con la suya.
—No vas a dejarme ir. —Lo digo porque necesito oírlo en voz alta para dejar de hacerme ilusiones.
El hombre que tengo delante me sostiene la mirada. —Todavía no.
—Esto tiene que ver con el caso de Mara. —Aunque no entiendo cómo.
—No exactamente, pero... —Vuelve a mirar el papeleo de la fianza, luego las notas del fiscal, y después a mí—.
El caso de tu hermana no se desmoronó solo.
Alguien lo desmanteló. El mismo patrón aparece en expedientes que llevo meses rastreando.
—Hace una pausa—. Las protecciones de tu exmarido podrían estar relacionadas con gente que ya intenta destruir lo que he construido.
No entiendo todo lo que quiere decir, pero entiendo lo suficiente. El asesinato de Mara no fue solo que Grant se saliera con la suya porque el sistema falló. Alguien le ayudó a escapar de la justicia, y ese alguien podría tener relación con el mundo en el que este hombre opera.
Mi pesadilla tiene un rastro de papel. Estos hombres saben leerlo.
Estoy esposada a una silla en una habitación sin ventanas.
Debería estar aterrorizada, pero por primera vez en cuatro meses, alguien está mirando el expediente de mi hermana y viendo lo que llevo gritando al vacío desde que murió.
Estoy aterrorizada, pero también intento apagar la pequeña chispa de esperanza que ha sobrevivido a cada decepción.