Cuarenta y Siete Segundos Capitulo 6 · Las cosas que recuerda el cuerpo
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Capitulo 6 · Las cosas que recuerda el cuerpo

Las cosas que recuerda el cuerpo

La evidencia debía estar en más de un lugar.

Santiago consiguió el nombre de la periodista a la que Vera quería contactar: Natalia Ledesma.

La encontramos en una red social y le enviamos las fotografías, el video y los documentos, sin dirección de regreso.

Antes de presionar enviar, sentí el impulso de borrar todo.

No porque dudara de mi padre, sino porque entendí que, si lo mandaba, no habría manera de volver a ser la hija que fingía no saber.

Natalia respondió una hora después. Dijo que había investigado Altura Norte años atrás, que el expediente se había archivado por falta de pruebas y que quería ver los archivos originales.

También escribió algo que me dejó helada: “La denuncia llegó firmada por una menor de iniciales V.T. Nunca pudimos localizarla.”

Esa tarde regresé a la casa con Santiago. El portón estaba entreabierto. La caja verde seguía sobre el ropero, pero faltaba la memoria USB. Las cartas de mi abuela estaban esparcidas en el suelo como hojas después de una tormenta. Alguien había estado ahí y quería que lo supiéramos.

Mi padre llamó mientras revisábamos los cuartos. No contesté. Dejó un mensaje: “Valeria, no hagas estupideces. No entiendes con quién te estás metiendo.” No dijo “no entiendes lo que pasó”. Dijo con quién. Guardé el audio.

La única habitación intacta era la de Vera.

Mi padre había mantenido la puerta cerrada durante años, como si el polvo fuera una forma de duelo.

Encontré la llave en el llavero de la cocina.

Al abrir, el olor a lavanda vieja me dobló las rodillas.

Todo seguía allí: los libros subrayados, la lámpara con pantallas de estrellas, un mural de recortes en la pared.

Santiago no cruzó el umbral hasta que asentí.

En un corcho, debajo de una foto de nosotras, había un mapa de la ciudad con un círculo rojo sobre la vieja estación Buenavista.

Recordé algo que hasta entonces había vivido como una pesadilla sin principio: Vera arrodillada frente a mí, poniéndome una mochila en los hombros.

“Si alguien pregunta, no me viste.” Después, un sonido de frenos.

Después, la voz de Santiago diciendo mi nombre.

Mi padre llegó y me llevó a casa. Me dijo que Vera había caído.

—No cayó —dije.

Santiago cerró los ojos. —La vi subir a un taxi en Buenavista. Iba con tu abuela. Estaba viva. Me pidió que dijera que no sabía nada.

Le pegué antes de poder pensarlo. No fuerte, no lo suficiente para reparar nada. Santiago no se defendió. Su mejilla se puso roja, y yo quise que eso fuera el final de su silencio.

—¿Se fue? ¿Todos sabían? ¿Todos menos yo?

—Tu abuela sabía. Mi mamá sabía lo necesario. Tu papá creyó que había muerto porque encontró la chamarra. Vera quería que lo creyera. Pensó que era la única manera de que te dejara fuera de esto.

Me senté en el suelo del cuarto de mi hermana. La traición tenía demasiadas caras para elegir una. Santiago se agachó frente a mí. —No hay un día en que no me haya arrepentido. Pero no voy a dejar que sigas buscando sola.

No lo perdoné. No todavía. Pero cuando su mano quedó abierta entre los dos, dejé la mía encima.