Capitulo 5 · Terceros de la lluvia
Terceros de la lluvia
Mi padre no gritó. Esa fue la parte que más me asustó.
Se sentó frente a mí y se quitó los lentes, como hacía antes de explicarme una ecuación imposible.
Dijo que Vera estaba confundida, que él había cometido errores de trabajo pero que nadie había querido lastimarla.
Dijo que los documentos no demostraban nada.
Dijo que el video era una herida que yo no debía abrir.
—¿Por qué no hubo cuerpo? —pregunté.
Sus dedos apretaron los lentes. —Porque hubo una tormenta. Porque el barranco era peligroso. Porque no todo tiene una explicación que te vaya a dejar tranquila.
—Tú sabías que ella iba a hablar.
—Yo sabía que estaba asustada. Y traté de protegerlas.
La frase cayó con un peso conocido. “Protegerlas.” Como si proteger fuera decidir qué podíamos saber. Como si el amor fuera una habitación sin ventana.
Esa noche dormí en el departamento de mi amiga Majo.
No le conté todo; apenas dije que había problemas con mi papá.
A medianoche recibí un mensaje de un número desconocido: “Deja de buscar. A Vera ya la perdiste una vez.” No respondí.
Le hice una captura y se la mandé a Santiago antes de arrepentirme.
Llegó diez minutos después, empapado y sin casco. Majo lo dejó pasar con una mirada que guardó preguntas para otro día. Santiago se sentó en el piso, al otro lado de la mesa de centro. No intentó tocarme.
—Fui a la policía una vez —dijo—. Dos días después, alguien dejó una foto de mi mamá saliendo del trabajo debajo de nuestra puerta. Tenía catorce años, Vale. No estoy orgulloso de haberme ido. Pero tampoco sabía cómo quedarme sin ponerla en riesgo.
—¿Vera está viva?
El silencio fue largo. —No lo sé.
Me mostró una cadena fina que llevaba al cuello. De ella colgaba una pequeña brújula. La reconocí: era de Vera. —Me la dio la noche que desapareció. Dijo que, si alguna vez preguntabas por ella, te dijera que no habías hecho nada mal. Me pidió que no te buscara. Juró que así ibas a estar segura.
—Y obedeciste.
—Sí. Todos los días quise dejar de hacerlo.
Me dolía que fuera cierto. Me dolía más que una parte de mí hubiera querido que él apareciera con una respuesta perfecta.
Afuera tronó y las luces del edificio parpadearon.
Santiago se levantó para cerrar la ventana; al pasar frente a mí, sus dedos rozaron los míos.
El contacto fue pequeño, pero mi cuerpo lo reconoció como algo que había estado esperando demasiado tiempo.
—No necesito que me protejas —dije.
Él se quedó quieto. —Entonces dime qué necesitas.
Nadie me había hecho esa pregunta en seis años. Lo miré hasta que la lluvia dejó de sonar como amenaza. —Que no me mientas. Que no te vayas.
Santiago asintió. No prometió que todo saldría bien. Solo se sentó a mi lado, y cuando apoyé la cabeza en su hombro, no se movió hasta que amaneció.