Cuarenta y Siete Segundos Capitulo 7 · La estación cerrada
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Capitulo 7 · La estación cerrada

La estación cerrada

La estación Buenavista no era un misterio romántico. Era concreto, anuncios rotos y gente apurada. Fuimos a la taquilla vieja que aparecía marcada en el mapa. Detrás de una máquina de refrescos había un casillero oxidado con una B pintada en blanco. La llave de latón entró sin resistencia.

En la libreta había una dirección en Oaxaca y un solo nombre: Julia Herrera. Nada que dijera Vera. Nada que explicara por qué las personas que me querían habían decidido que mi vida podía construirse sobre una ausencia fabricada.

El último video de la memoria era más reciente. Vera aparecía frente a una pared blanca, con el cabello más corto. Se veía viva. Esa fue la primera cosa que noté; la segunda fue que tenía la misma manera de acomodarse la manga cuando estaba nerviosa.

“Vale, si llegaste hasta aquí, significa que la abuela ya no está y que tú elegiste mirar. Lo siento. No quise dejarte con una historia rota, pero nuestro papá tenía personas que podían encontrarme. Natalia Ledesma sabe parte de esto. Si los documentos salen a la luz, voy a poder regresar. No busques la dirección. No es seguro. Solo necesito que confíes en que no te abandoné.”

No terminé el video. Apreté pausa justo cuando ella decía que me extrañaba. Santiago me condujo hasta una banca de metal, lejos de los pasajeros. Lloré sin cuidado, con rabia y alivio mezclados. Él se sentó a mi lado. No me dijo que entendía. Solo sostuvo mi mochila mientras yo trataba de respirar.

—¿La quieres? —pregunté de pronto.

Santiago miró la pantalla detenida. —La quise como se quiere a alguien que te enseñó a no conformarte. Pero nunca fue lo que tú crees.

—¿Y qué creo?

Su sonrisa fue triste. —Que yo estuve enamorado de Vera. No lo estuve. Estuve asustado por ella. Es distinto.

—¿Y de mí?

El ruido de un tren cubrió la ciudad. Santiago esperó a que pasara. —De ti he estado enamorado desde que me obligaste a ver una película de terror y luego fingiste que no tenías miedo. Lo que no sabía era si tenía derecho a decirlo después de desaparecer.

No era una declaración perfecta. Por eso le creí. Me acerqué primero. Su beso fue breve, tembloroso, como una pregunta a la que ambos temíamos responder. Cuando nos separamos, la estación seguía igual de fea, igual de llena, y por primera vez no me pareció un mal lugar para estar viva.

La alarma del teléfono sonó a las 2:17. No era la voz de Vera. Era una nota automática: “Dile a Natalia que revise el expediente de Santa Clara. El testigo se llamaba Esteban Rojas.”