105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO #3
—Respira. —Respiré—. Así no. Vas a hiperventilar.
—Lo dice uno que casi se muere en su boda.
—Eso no fue así.
—Measte en un lago. Y querías tirarte a él.
—Quería que nos bañáramos. Hacía calor.
—Cierra el pico ya.
—¡Estás hablando tú! —Nos reímos—.Llevo esperando este momento desde hace dos años.
—Discutimos todos los días.
—Tú eres gilipollas. Me refiero a esa cara de imbécil enamorado.
—Eres insoportable.
—Y tú llevas quince minutos llorando por dentro.
No me dio tiempo a contestar, aunque llevaba razón, porque empezó la música. Una guitarra, nada más, muy despacio, y todo el mundo se puso de pie.
Sentí que el corazón me golpeaba tan fuerte el pecho que durante un segundo pensé que los invitados podían escucharlo.
Miré hacia el camino y vi a Álvaro, con traje azul cielo y una sonrisa, ese chico sonreía tanto como su madre.
Caminaba despacio y orgulloso al lado de Estela.
Y fue ahí cuando la playa desapareció. No recuerdo absolutamente nada de lo que ocurrió durante los siguientes segundos.
Ni las flores. Ni el mar. Ni las personas.
Solo recuerdo verla caminar. Llevaba un vestido sencillo, de esos que no necesitan llamar la atención porque la mujer que los lleva ya lo hace por sí sola.
El viento jugaba con el velo y el sol, que empezaba a caer sobre el horizonte, convertía la tela en una especie de luz.
Pero no era eso. Era ella y su sonrisa, con los ojos húmedos, con la sonrisa que tantas veces me había salvado, nos había salvado.
Agarraba el brazo de Álvaro y pensé que no había imagen más bonita en el mundo.
Y ahí fue cuando me di cuenta de que quería un hijo con ella.
—Armando. —David tenía que hablar o no era David—. Hermano. Vas a llorar.
—Déjame en paz. —Mi voz se quebró exactamente en la primera sílaba.
—Ya estás llorando.
Me pasé una mano por la cara. Tenía razón. Las lágrimas me caían sin tristeza. Solo felicidad. De esa que grande, muy grande, tanto que termina saliendo por los ojos.
Cuando llegaron hasta nosotros, Álvaro me miró y me tendió la mano de su madre.
—Suerte, amigo. Cómo te ha engañado. —Nos reímos los tres—. Es broma. Cuídala. Si le haces daño, te mato.
Sentí un nudo en la garganta.
—Con mi vida.
Él asintió y me dio un abrazo. Uno fuerte y sincero.
Antes de apartarse, me susurró al oído:
—Gracias por volver.
Aquellas tres palabras terminaron de romperme. Porque entendí que no solo había recuperado a la mujer que amaba. También había encontrado una familia que nunca me pidió ser perfecto. Solo quedarme.
El oficiante esperó a que recuperáramos un poco la compostura, sonriendo con paciencia.
—Creo que podemos empezar.
David levantó la mano.
—Yo solo quiero decir que el novio ha tardado más en decidir casarse que yo en aprender a cambiar pañales.
Las carcajadas llenaron la playa. Incluso Estela tuvo que secarse una lágrima mientras se reía.
El oficiante negó con la cabeza y comenzó a hablar.
—¿Prometéis respetaros, cuidaros y elegiros todos los días de vuestra vida? —dijo, después de dar la bienvenida.
Miré a Estela. No necesitaba pensar la respuesta. Llevaba dos años preparándola. Pero antes de contestar, saqué un papel doblado del bolsillo.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Has escrito votos?
—Esta vez no quería improvisar. Porque improvisando casi te pierdo. —Respiré.
—Tú puedes, colega. —David me dio un golpe en la espalda.
—Estela... La primera vez que te vi pensé dos cosas.
La primera fue que eras preciosa. La segunda, que no debía acercarme a ti.
Acerté en las dos. —Las risas fueron suaves—.
Después llegaron los mensajes. Los stickers ridículos que te mandaba y que casi ni entendías.
Tus "¿has desayunado?" que yo respondía tres horas después.
Las cervezas. Las discusiones. Las notas en mi frigorífico.
Más cervezas. —Risas—. Las noches hablando hasta las tantas.
Yo queriendo dormir y tú de charla creyendo que yo te escuchaba.
—Estela amplió su sonrisa—. Y aquel "contigo todo es más bonito" que todavía guardo en una caja porque nunca fui capaz de tirarlo.
—Estela se llevó una mano a la boca. Yo sonreí—.
También llegaron mis miedos. Y los tuyos.
Y mis silencios. Y tus lágrimas. Y todas las veces que me quisiste con hechos mientras yo intentaba esconderte detrás de las palabras.
Perdón por cada una de ellas. —Volví a coger aire.
Ya no quedaba nadie sonriendo—. Hoy no puedo prometerte que nunca volveré a tener miedo.
Porque mentiría. Pero sí puedo prometerte algo mucho más importante.
Que nunca volveré a dejar que el miedo decida por mí.
Voy a elegirte. Cuando discutamos. Cuando nos riamos.
Cuando me mandes cuarenta stickers seguidos.
Cuando me robes las patatas. Cuando me ahogues con tus besos.
Cuando te tires encima de mí solo para molestar.
Voy a elegirte. Porque la mayor suerte de mi vida no fue encontrarte.
Fue dejar, por fin, de huir de ti. Y de mí.
Porque, al final... Tenías razón. Nunca tuve miedo de enamorarme.
Lo que me daba miedo era ser tan feliz. Y gracias por enseñarme que la felicidad no se soporta.
Se comparte. —La voz ya me temblaba demasiado para seguir fingiendo que controlaba algo.
—La miré. De verdad. Como aquella primera tarde en la que compartimos una cerveza sin saber que estábamos decidiendo el resto de nuestra vida—.
Siempre pensé que enamorarme de ti había sido una casualidad.
Que llegó en un mal momento. Ahora sé que fue una suerte.
—Noté cómo las lágrimas volvían a escapárseme.
No hice nada por detenerlas—. También pensé que comprometerme significaba perder mi libertad.
Y tú me enseñaste que la libertad nunca consistió en marcharme cuando quisiera.
Consistía en encontrar el lugar del que nunca volviera a tener ganas de escapar.
—El silencio era absoluto. Solo se escuchaba el mar, las olas y el viento.
Y algún sollozo disimulado entre los invitados—.
Durante mucho tiempo tuve miedo de decir “para siempre”.
Pero con la persona correcta el “para siempre” se queda corto.
Gracias por no rendirte conmigo, con nosotros.
Gracias por marcharte cuando tuviste que marcharte.
Porque si aquel día no hubieras tenido el valor de irte, yo jamás habría encontrado el valor de volver.
—Respiré profundamente. Ya no quedaba nada que esconder.
Nada que proteger. Nada de lo que huir. Solo una verdad.
La única que importaba—. Estela... No prometo hacerte feliz todos los días.
Habrá días malos. Habrá discusiones. Habrá silencios.
Habrá miedo. La vida hará lo que siempre hace con todo el mundo.
Pero sí puedo prometerte una cosa. Una sola.
Y voy a cumplirla hasta el último día de mi vida.
Voy a volver siempre. Cuando me equivoque.
Cuando discutamos. Cuando tenga miedo. Cuando no sepa cómo arreglar las cosas.
Voy a volver siempre a ti. Porque tú... Tú eres mi casa.
Mi paz. Mi mejor decisión. Mi primavera.
La sonrisa más valiente y bonita que he visto nunca.
—Sonreí—. Aquella primera noche me preguntaste si me estaba enamorando de ti.
Te mentí. Porque ya lo estaba. Hoy, delante de todas las personas que más queremos, quiero responderte otra vez.
Sí. Me enamoré de ti. Y ojalá me siga enamorando de ti todos los días que me queden por vivir. ¿Quieres ser mi hogar para siempre?
El oficiante carraspeó entre risas y lágrimas.
—Creo que... técnicamente esa pregunta debería haberla hecho yo.
Toda la playa estalló en una carcajada. Incluso Estela.
Incluso yo. Porque seguíamos siendo exactamente los mismos dos idiotas que empezaron compartiendo una cerveza dentro de un coche y que mantenían conversaciones por mensajes casi solo con stikers.
Solo que, esta vez, ninguno de los dos tenía miedo de pronunciar en voz alta aquello que llevaba escrito en el corazón desde la primera primavera.
Estela
Estaba llorando. Muchísimo. Y también riéndome. Porque, después de conocer a Armando, descubrí que ambas cosas podían ocurrir al mismo tiempo.
Respiré hondo e intenté leer el papel que me dio Álvaro.
—Tú también has escrito tus votos —musitó Armando, y yo asentí, buscando las palabras que las lágrimas ya habían difuminado.
David levantó una mano.
—¡Tiempo! —Todo el mundo se volvió hacia él—. Propongo un Kleenex para la novia.
Las risas recorrieron la playa. Paula le lanzó un paquete entero y David lo atrapó al vuelo.
—¡Gracias, gorda! —Me los dio—. Ahora ya podemos continuar.
Negué con la cabeza.
—No cambies nunca.
—Eso intento.
Las carcajadas consiguieron que dejara de temblar.
Miré otra vez a Armando. Y sonreí. Porque toda mi vida cabía dentro de aquella sonrisa.