Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO #4
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105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO #4

—Cuando tenía veinte años creía que el amor era encontrar a alguien que te eligiera.

A los treinta pensé que consistía en construir una vida.

A los cuarenta aprendí que, algunas veces, también hay que aprender a despedirse.

—Hice una pausa—. Y entonces llegaste tú.

De pronto. Con treinta años. Demasiados músculos.

Muchas palabras y un miedo al compromiso que daba para escribir tres libros.

—Toda la playa rompió a reír. Armando bajó la cabeza, negando—.

Pensé que eras un chico joven que deseaba vivir su vida.

Y lo eras. También pensé que eras insoportable, que jamás me enamoraría de alguien tan cabezota y…

ahí fallé estrepitosamente, porque… Llegaron nuestras cervezas, los mensajes a cualquier hora, tus audios contándome chistes, los stickers horribles que me mandabas convencido de que daban risa.

Las discusiones. Las reconciliaciones. Las noches en las que intentabas no dormirte solo porque yo quería hablar un ratito.

—Respiré despacio—. Y acepté que desde la primera vez que me miraste supe que con facilidad podría enamorarme de ti.

También llegaron los días difíciles. Los días en los que me quisiste muchísimo y te dio miedo reconocerlo.

Los días en los que pensé que quererte iba a romperme para siempre.

Y los días en los que tuve que irme porque aprendí que el amor nunca debería obligarnos a conformarnos con menos de lo que necesitamos.

—Guardé silencio y le clavé la mirada—. Gracias.

Porque aquel día no luchaste por retenerme.

Luchaste por encontrarte. Y esa fue la mayor demostración de amor que podías hacerme.

Nunca necesité que fueras perfecto. Nunca.

Solo necesitaba que fueras valiente. Y mírate.

—Sonreí—. Al final resulta que el hombre que decía que no quería novia…

Ha organizado una boda en la playa. —Bajé un poco el tono, porque ahora solo hablaba para él—.

Quiero prometerte algo. No voy a prometerte que siempre estaremos de acuerdo.

Porque discutiremos. Y mucho. No voy a prometerte que nunca tendrás que dormir en el sofá.

Porque eres desesperante con los ronquidos.

Lo único que puedo prometerte es que te querré siempre, porque desde aquella primera cerveza, desde aquella primera mirada, desde aquella primera primavera...

La vida ya había decidido por nosotros. —Me cogió de las manos—

Cuando me fui de ti… pensé que había vivido cuarenta y cinco inviernos y una primavera.

Hoy sé que estaba equivocada. No era una primavera.

Eras tú. Porque las estaciones terminan.

Pero hay personas que llegan para cambiar el clima de toda una vida.

Y tú... Tú conseguiste que, después de cuarenta y cinco inviernos...

Mi corazón aprendiera que todavía sabía florecer.

Te quiero. Y voy a seguir eligiéndote. Incluso cuando vuelvas a decir alguna tontería.

Sobre todo entonces. Porque ya descubrí el secreto de la felicidad.

No era encontrar al hombre perfecto. Era encontrar al hombre con el que hasta los días normales terminan convirtiéndose en el mejor lugar del mundo.

Y quiero vivir todos esos días contigo. Todos.

Hasta que el mar deje de volver a la orilla.

No sé en qué momento exacto perdimos toda la dignidad.

Supongo que fue cuando David convenció al DJ para que enlazara un pasodoble con una canción de Quevedo.

O cuando Armando terminó bailando sevillanas con Carmen sin tener la más remota idea de cómo se bailaban.

O cuando Francisco decidió que aquella era la ocasión perfecta para demostrar que seguía haciendo el pino mejor que cualquier hombre de setenta años.

Su entusiasmo compensó la falta de equilibrio.

—¡Francisco! —gritó mi madre llevándose las manos a la cabeza—. ¡Bájate de ahí, que te vas a desnucar!

—¡Carmen, déjame disfrutar!

—¡Disfrutar sí! ¡Morirte hoy no!

David ya estaba grabándolo con el móvil.

—Esto va directo a TikTok.

—¡David! ¡Borra eso! —gritó Irene.

Yo me reía tanto que terminé apoyándome en el hombro de Armando. Él me rodeó la cintura con naturalidad. Ya no había miedo. Qué maravilla dejar de tener miedo.

Brindamos una vez más. Después otra. Y otra. No estaba borracha. Solo feliz. Que, a veces, produce exactamente los mismos síntomas.

Paula llegó con dos copas de cava.

—Una más.

—Me vas a matar.

—Es tu boda. Hoy no cuentan las calorías, ni el colesterol, ni las resacas.

Justo cuando iba a decir algo, noté el estómago revuelto.

—¿Qué pasa? —preguntó Armando.

—Nada.

Intenté seguir bailando. Error. El mareo volvió. Más fuerte. Me llevé una mano a la boca.

Paula me miró.

—¿Estela?

No me dio tiempo a responder. Salí prácticamente corriendo hacia los jardines. Llegué a un macizo de buganvillas y vomité. Muchísimo. Detrás de mí solo escuché pasos.

—¡Apartaos, que es la novia! —gritaba Paula.

—¡Traed agua! —chillaba Zoa.

—Mamá ¿estás bien? —se alarmó Álvaro.

—¡Que alguien llame a un médico! —bramó David.

—¡No llaméis a nadie! —grité sin girarme—. ¡Estoy viva!

Cuando conseguí incorporarme, tenía delante a media boda. Armando parecía a punto de sufrir un infarto.

—¿Estás bien?

—Sí… Creo.

Paula me observó de arriba abajo.

—Has bebido... ¿Qué? ¿Tres copas?

—Cuatro. —Corrigió David.

—Tres y media. —Respondí.

Paula negó con la cabeza.

—No has bebido tanto para terminar así.

Zoa abrió mucho los ojos y se quedó completamente quieta. Nos miró a todos. Y dijo la única frase capaz de dejar en silencio a treinta personas.

—A ver si va a estar embarazada.

Parpadeé y me eché a reír.

—¿Perdón?

—Lo digo en serio.

—Zoa...

—¿Qué?

—Se os olvida un pequeño detalle.

Todos esperaron. Levanté dos dedos.

—Tengo cuarenta y siete años.

—Buen argumento. —David asintió.

—Muy buen argumento. —Paula lo acompañó.

Zoa siguió sin moverse.

—Pero sigues teniendo útero.

—Qué romántica eres, gorda. —Rio David.

—Estáis fatal. —Traté de levantarme.

Armando seguía sin abrir la boca. Solo me miraba.

—¿Puede ser? —señaló el que ya era mi marido.

—Claro que no —contesté, agarrándome a su mano e incorporándome.

—¡Espera! —Zoa dio una palmada y todos la miramos—. Creo que tengo un test de embarazo en el coche.

—¿Por qué llevas un test de embarazo en el coche? —preguntó su esposo.

—Porque hace unos días pensé que igual estaba embarazada otra vez.

—¿Cómo que otra vez? —David palideció.

—Relájate. Al final me vino la regla.

—¡No puedes contarme eso así!

—¿Dónde está el coche? —Paula se reía.

Cinco minutos después las tres entrábamos en el baño del hotel mientras los hombres se quedaban fuera intentando escuchar algo.

—¡No escuchéis! —gritó Paula desde dentro.

—¡No estamos escuchando! —respondió David.

Zoa abrió el bolso, sacó una caja y la dejó encima de la encimera.

—Bueno...

—Esto es ridículo —alegué—. No estoy embarazada.

—Probablemente no —anotó Paula.

—Seguro.

—Pues salimos de dudas —manifestó Zoa.

Cogí el test. Entré en uno de los baños. Cerré la puerta. Y, mientras esperaba aquellos interminables minutos, pensé que la vida tenía una forma curiosa de sorprendernos justo cuando creíamos que ya no le quedaban cartas.

Abrí la puerta. Las dos estaban de pie frente al lavabo. Les tendí el test. Ninguna dijo nada. Paula fue la primera en bajar la vista. Después Zoa. Y las dos levantaron la cabeza exactamente al mismo tiempo. Con los ojos completamente abiertos.

—Estela... —susurró Paula.

—¿Qué? —Yo todavía no había mirado.

Zoa tragó saliva. Y sonrió emocionada y temblorosa.

—Es positivo.

—Anda ya. Has visto mal —destaqué.

—¡Es positivo, coño! —gritó.

—¡¡Estás preñada, joder!! —Paula  se desgañitó.

La puerta se abrió de repente.

—¡¿Qué?! —Armando entró como un huracán.

No fui capaz de moverme ni de respirar ni de mirar el test que, con dos líneas tan diminutas, era capaz de cambiar una vida entera.

—No puede ser —musité, con los ojos de Armando sobre mí.

—¿Por qué no? —cuestionó Zoa con los ojos ya llenos de lágrimas.

—Porque... Porque...

Armando tenía la misma cara que cuando se dio cuenta de que me quería. Blanco, completamente blanco.

—¡¡¡ESTÁ EMBARAZADA!! —bramó David, y con total seguridad lo escucharon en toda la provincia.

Armando simplemente me miraba comprobando que aquello era real.

Cogí el test, di un paso hacia él y se lo di. Ni siquiera lo miró. No hizo falta. Porque ya me estaba mirando a mí.

—¿Es verdad? —susurró.

—Parece que sí.

Negó con la cabeza una vez. Dos. Tres. Y ocurrió algo que jamás olvidaré.

Armando empezó a llorar. Sin esconderse. Sin pedir perdón. Sin bajar la cabeza y sonreía tanto que casi no podía hablar. Se acercó muy despacio, sin querer despertar del sueño. Me rodeó la cara con las dos manos y apoyó su frente en la mía. Y se echó a reír, así, entre lágrimas.

—Mira que eres pesada… No podías conformarte con hacer que me casara. Ahora también vas y me conviertes en padre.

Le di un golpecito en el pecho.

—Yo sola no he sido.

David levantó un dedo.

—Confirmo científicamente esa información.

Las risas llenaron el baño.

David intentaba secarse las lágrimas con la corbata.

Zoa le regañaba y le pasaba un pañuelo de papel.

Paula decía que ella había sido la primera en sospecharlo, aunque era mentira.

Álvaro entró y lloró de la alegría cuando se lo dijimos, mis padres abrazaron a Armando, Irene y Martín besaron a su hijo, Juan Diego, Fer y Luisma no se enteraron de nada hasta más tarde porque bebieron demasiado…

Y comprendí que la felicidad nunca llega sola.

Siempre trae gente. Siempre hace sitio para alguien más.

Armando volvió hasta mí, me cogió la mano, la besó y después apoyó la otra sobre mi vientre. Todavía no había nada que pudiera sentirse. Solo una promesa.

Sonrió y me miró.

—¿Sabes qué? —susurró tan bajito que solo pude escucharlo yo.

—No…

—Al final... la primavera se nos quedó a vivir.

Nos besamos, en un baño, tan apretados como en el camerino de los hermanos Marx, mientras toda nuestra gente reía, lloraba y nos abrazaba alrededor, y comprendí que la vida había sido mucho más inteligente que nosotros.

Nosotros habíamos querido una cerveza, la vida, en cambio, llevaba mucho tiempo preparando un hogar.

FIN