Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO #2
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105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO #2

—Decidiste que ganáramos y… aquí estamos. —Se detuvo y me miró—. Gracias por no darte por vendida conmigo.

—Pensé en tirar la toalla muchas veces.

—Pero no lo hiciste.

—Te dejé.

—Porque me lo merecía y… Lo entendí.

—Por fin me entendiste. —Me dio un beso en la nariz y seguimos paseando.

De vez en cuando el agua nos alcanzaba un poco más arriba y los dos levantábamos los pies exactamente al mismo tiempo, como dos niños. Y fue cuando comprendí por qué aquel lugar me hacía pensar tanto en él.

—¿Sabes a quién me recuerdas?

—Espero que no sea a tu exmarido.

Solté una carcajada.

—No seas idiota.

—Entonces dime.

Miré el mar. Después a él. Después otra vez al mar.

—Al océano.

Frunció el ceño.

—Eso es muy poético. Y muy extraño. No sudo tanto.

—Jajaja. ¿Quieres dejar de hacer el tonto?

—No puedo. Soy feliz.

—Oh, ahora eres un romántico.

—Ahora sé dónde quiero estar.

—Voy a llorar —bromeé.

—No llores, tonta. —Me dio otro beso, esta vez en los labios—. Venga, dime. Vas a explicármelo y va a ser muy largo.

—¿Me enfado?

—No, no, no. Estamos bien así. —Sonreímos.

—La gente cree que el mar cambia todos los días.

Pero no es verdad. Siempre es el mismo. Lo único que cambia es la forma en que lo miramos.

—Guardó silencio—. Hay días en los que está tranquilo y sientes que podrías quedarte a vivir dentro de él.

Otros da miedo. Hay tormentas. Olas enormes.

Corrientes. Y aun así... Siempre vuelve a la orilla.

Siempre encuentra el camino de regreso. —Agarré su mano—. Tú eres igual.

—Espera. No sé si lo he entendido bien. ¿Tormentas? ¿Corrientes? Creo que hablas de ti. No de mí.

—Armando…

—Estela…

Terminamos en carcajadas.

—No me he explicado bien. Durante mucho tiempo tú pensaste que eras todas esas olas, todo ese canturreo, toda esa fuerza que te daba miedo no poder controlar.

Pero no. Tú eres el océano entero. No solo las tormentas.

También la calma, los amaneceres, esos días en los que basta sentarse delante para sentir que todo va a salir bien.

Dejó de caminar y se quedó mirándome  con ternura.

—Nunca nadie me había descrito así.

—¿Te ha gustado?

—Mucho.

—También eres idiota. Lo fuiste y… sigues siéndolo de vez en cuando.

El sol ya tocaba el horizonte y el cielo empezaba a teñirse de naranjas, rosas y violetas.

Las gaviotas cruzaban sobre nuestras cabezas. El agua seguía llegando hasta nuestros pies. Y después se marchaba. Y como había hecho desde que nos conocimos, Armando dio un paso hacia mí, despacio.  Me apartó un mechón de pelo.

—¿Y tú? —musitó.

—¿Yo qué?

—¿Qué eres tú?

Pensé la respuesta, porque nunca me lo había preguntado.

—La orilla.

—¿La orilla? —Arrugó la nariz.

Asentí.

—Porque el mar siempre vuelve. No importa cuánto se aleje ni cuántas tormentas tenga que atravesar. Siempre encuentra el camino de vuelta hasta ella.

Negó muy despacio.

—No. —Llevó una mano hasta mi mejilla y la acarició—.

La orilla no eres tú. Tú eres el hogar al que vuelve el mar.

—Y me besó, mientras detrás de nosotros el sol se escondía y delante, el océano seguía respirando con la misma paciencia con la que llevaba haciéndolo desde el principio del mundo.

Por eso el amor se asemeja tanto al mar, no porque nunca cambie, sino porque, incluso después de las peores tormentas, siempre encuentra la manera de regresar a la costa.

—¿Estás llorando ya? —La voz de Paula me sacó de mis pensamientos. Entró en la habitación con dos copas de champán en una mano y una caja llena de horquillas en la otra.

—Todavía no.

—Pues no tardes, que tengo una apuesta con David. —Paula se había separado de Lele hacía unos meses. Lo llevaba bien, pero echaba de menos a sus hijos cuando visitaban a su padre en Barcelona, donde ahora residía con su nueva pareja, con la que creemos que llevaba saliendo demasiado tiempo.

—¿Sobre qué?

—Sobre el minuto exacto en el que empiezas a llorar.

—¿Y cuánto has dicho?

—Tres minutos antes de salir.

—¿Y David?

—Que en cuanto te pongas el vestido.

—Os aburrís muchísimo.

Zoa llegó sujetando a Triana en brazos, que ya caminaba dando pequeños pasos torpes agarrada a todo lo que encontraba, pero seguía teniendo la costumbre de refugiarse en el cuello de su madre cuando había demasiada gente.

Nada más verme levantó los brazos.

—¡Teta!

Paula rompió a reír.

—Algún día aprenderá que te llamas Estela.

La cogí en brazos.

—Déjala. Puede llamarme como quiera.

Triana me agarró un pendiente inmediatamente.

—No, bandida. Eso vale más que el coche familiar que ha comprado tu padre.

—¡Eh! —La protesta llegó desde el pasillo. David hizo aparición estelar con una camisa blanca abierta, la pajarita colgando del cuello y el pelo completamente despeinado—. He oído mi nombre.

—Porque siempre apareces cuando alguien habla de dinero.

—Eso también es verdad. —Se acercó, besó a Triana en la cabeza, a Zoa en los labios y después me miró unos segundos.

—Estás guapísima.

—Todavía voy en bata.

—¿Y qué? Eres guapísima. Mi amigo tiene suerte. Pero… no más que yo, que tengo a mi gorda. —Sonrió a su mujer—. Bueno… —Se frotó las manos—. Voy a comprobar que el novio sigue respirando.

—¿Sigue vivo a estas horas? —Alcé una ceja.

—Por ahora sí. Lo tengo atado a una sombrilla —explicó su amigo.

—Jajaja. ¿De verdad?

—Es por prevención.

Paula casi escupe el champán de la risa.

David levantó un dedo con absoluta seriedad.

—La cuerda es metafórica.

—Conociéndote, eso no tranquiliza.

—He tenido que quitarle el móvil tres veces. Lo tiene Inma.

—¿Por qué?

—Porque quería escribirte. —Sentí un calor absurdo subiéndome por las mejillas—. También ha preguntado cinco veces si seguías queriendo casarte con él.

—¿Cinco?

—Cinco antes del desayuno.

Paula volvió a reír.

—No puede ser.

—Puede. Y ha intentado escaparse dos veces.

—¡Era para dar un paseo, cojones! —Se oyó a Armando gritar desde el pasillo.

Estallamos en una carcajada.

—¡Claro que sí, hermano! —gritó David, y salió tras él.

—La vida tiene un humor extraordinario. El hombre que no quería pareja preguntando cada diez minutos si sigues queriéndote casar con él —apuntó Zoa.

—Zoa, a lo mejor es porque prefiere que me arrepienta —bromeé.

—Cariño —intervino Paula—. Hay victorias que no consisten en ganar una discusión, sino en ver cómo la vida termina convenciendo a quien nunca pudiste convencer tú. Disfrútala.

—¡Quédate ahí, imbécil! —chilló David, de nuevo en la puerta de la habitación—. No puedes entrar. Vale, yo se lo doy. — Empujó la puerta y caminó hasta mí—. Toma. Un regalo del novio nervioso. ¿Le doy una pastillita?

—Mejor que se case con todos los sentidos.

—Ese no ha tenido sentido en la vida.

—Ese eres tú, David —manifestó Zoa, y reímos.

Me dio una cajita que me sonaba, la abrí, y dentro estaba el llavero que le regalé en su treinta cumpleaños con una nota: El amor, cuando es de verdad, siempre termina encontrando la forma de llevarte exactamente al lugar donde debías estar.

Ahora sí, me puse a llorar.

—¡Sí! ¡Gané! —Zoa alzó un brazo, con el otro aguantaba a Triana. La miré con extrañeza—. Yo había apostado a que llorarías antes de que te pusieras el vestido.

—¿Por qué os tengo como amigos?

—Porque no te queda más remedio.

—¿Y mi móvil? —pregunté.

—¿Para qué quieres ahora el móvil?

—Dámelo —insistí a Paula.

Lo buscó en su bolso y me lo pasó.

Armando

Nunca había entendido eso de que el tiempo pudiera detenerse. La veía una frase bonita, exagerada, literaria… Hasta aquel día.

David llevaba exactamente siete minutos diciendo tonterías para que dejara de mirar hacia el camino por donde iba a aparecer Estela.

—Hermano. Armando. Escúchame. —Me dio un codazo porque pasaba de él—. Va a venir. Mi preocupación eras tú, y aquí estás.

—¿Yo?

—Sí, tú. Tenía un plan de escape y todo.

—¿De escape?

—Hermano, quiero mucho a Estela, pero… Tú eres mi hermano.

—Te ha quedado muy bien, pero eso no es verdad.

—Llevas razón. Te ayudo a escapar y la gorda me mata. —Sacó del bolsillo unas esposas.

—¿Unas esposas? ¿En serio?

Asintió con una sonrisa.

—Por si acaso.

—¿Y qué vas a hacer con ellas?

—Tengo más ideas para después con mi gorda.

—Armando. —Mi madre se había levantado y estaba frente a mí con mi móvil en la mano—. Estela te ha enviado un mensaje.

Me asusté, lo juro. Me temblaron hasta las pestañas.

Pensé que se había arrepentido, no porque no me quisiera, sino porque yo había sido muy gilipollas durante demasiado tiempo y quizá pensaba que en algún momento iba a dejarla tirada.

Y yo… Yo no quería otra cosa que hacerla feliz el resto de nuestra vida.

—¿Qué?

—Supongo que es importante. —Mi madre agachó el semblante.

Lo cogí por inercia. Siete mensajes en la pantalla. Abrí el chat y los leí. Solté una carcajada liberadora cuando terminé.

Estela:

Lo siento, pero no hay…

(Sticker de Giro de los acontecimientos)

Porque yo jamás…

(Sticker de un perro corriendo).

Y no dejaré que tú…

(Sticker de un mono corriendo).

(Sticker de Se asume, se acepta y se supera)

Escribí:

Yo:

(Sticker de Teviarañá)

El susto que me has dado.

Ven aquí.

No quiero ser sin ti.

—¿Estás bien? —se preocupó mi madre.

—Ahora sí. —Sonreí, me dio un beso y se sentó junto a mi padre.

El altar se había levantado sobre la arena, apenas a unos metros del agua.

Las olas llegaban despacio hasta la orilla, retrocedían con la misma paciencia con la que el mar hace todas las cosas importantes y volvían una y otra vez, recordándome que algunas promesas solo tienen sentido cuando sabes regresar.

Francisco hablaba con el camarero mientras Carmen le colocaba por quinta vez la corbata.

Antonella discutía con Susana porque aseguraba que en una boda en la playa no había aire acondicionado.

Los amigos de Estela, a los que ya había conocido, hablaban demasiado alto al fondo: Juan Diego movía las manos, Fer se tomaba una cerveza que había rogado a un camarero y Luisma masticaba algo mientras reía.

Zoa llevaba cinco minutos intentando que Triana no se comiera un puñado de arena. Y David... seguía sin cerrar la boca.