105 CUANDO NO DEJAS DE QUERER, AUNQUE LO HAS INTENTADO
Estela
Un año después…
Siempre he pensado que la primavera tiene muy mala fama.
Todo el mundo habla del verano. De las vacaciones.
Del mar. De los días largos. Del invierno y su nostalgia.
Del otoño y sus hojas cayendo. La primavera, en cambio, pasa de puntillas, sin querer molestar.
Y, sin embargo, es la única estación capaz de hacer un milagro, conseguir que lo muerto vuelva a florecer.
Hay olores que no se olvidan nunca. El pan recién hecho, la casa de tus padres, la colonia de alguien que quisiste mucho. Y las flores en primavera.
Yo, en cuanto llegó, pensé en Armando. No porque él oliera a flores.
Pienso en él porque fue la estación en la que volvió a recordarme que el corazón no entiende de edades, de calendarios ni de prudencia.
Late cuando quiere. Se enamora cuando le da la gana.
Y luego te deja a ti la responsabilidad de recoger el desastre.
Durante mucho tiempo creí que recordar hacía daño. Después comprendí que lo que dolía no eran los recuerdos, sino resistirse a ellos.
Los recuerdos bonitos nunca deberían esconderse por miedo a sufrir.
Deberíamos dejarlos donde pudiéramos alcanzarlos de vez en cuando, igual que esas fotografías que uno coloca en una estantería sin otro motivo que sonreír al pasar delante.
Porque la vida no consiste en olvidar a las personas que nos hicieron felices, sino en agradecer que existieron, aceptar que hubo inviernos largos, noches demasiado frías y despedidas que se estimaban definitivas, pero también una primavera que cambió el color de todos los días.
Quizá por eso las flores nunca vuelven a pedir permiso para florecer.
Simplemente lo hacen. Como el amor. Que llega cuando menos lo esperas, se instala donde quiere y, si tiene la suerte de encontrar dos personas lo bastante valientes para cuidarlo, termina convirtiéndose en el lugar al que siempre merece la pena volver.
Trabajaba un martes cualquiera, un día aburrido porque estaba todo el programa preparado.
Zoa colocaba documentación en el archivador y Samuel hablaba por teléfono con su novia, llevaban desde año nuevo saliendo.
Se habían conocido en una fiesta y desde que la salvó de morir ahogada en una copa de champán gigante, jamás se habían separado.
Mi móvil vibró junto al ordenador.
Armando:
Necesito ayuda.
Nos escribíamos de vez en cuando. Nos veíamos con David y Zoa, había sido imposible alejarme e ignorarlo, porque además él no dejó que lo hiciera.
Yo:
No voy a ayudarte a afeitarte la espalda.
Armando:
Sticker de un mono llorando.
Yo:
No vas a convencerme.
Armando:
No tengo pelos en la espalda.
Y tú lo sabes.
Es por Triana.
Yo:
Utilizando a una niña de un año para hablar conmigo.
Armando:
No es eso.
Es para verte.
Yo:
¿Qué necesitas?
Armando:
Comprarle el regalo de cumpleaños.
Yo:
Armando, el cumpleaños fue la semana pasada.
Te hartaste de cerveza. ¿Tanto bebiste que no lo recuerdas?
Armando:
Sticker de un globo rojo volando.
No se lo compré. Le prometí a David que lo haría.
Yo:
¿Y yo tengo que acompañarte?
¿No sabes utilizar la tarjeta de crédito?
Armando:
Llevo efectivo.
¿Bajas?
Te espero en la cafetería de la esquina.
Yo:
Puedo tardar media hora aún.
Armando:
No hay prisa.
Entré en la cafetería una hora después. Él seguía allí, con una taza de café vacía a un lado y un botellín de cerveza a medio beber.
—Me has llamado para que sea tu chófer. —Señalé la bebida.
—No tengo ni idea de qué se le compra a un bebé. Tú sí.
—Vas a un centro comercial y compras ropa para una niña de 12 meses o juguetes para esa misma edad. No es tan difícil.
—¿Quieres un café?
—No.
Se levantó, dejó un billete de diez euros sobre la mesa y caminó hasta la puerta. La abrió y me miró.
—¿Qué haces ahí como pasmarote? —preguntó, porque yo ni me había movido.
—¿Cómo me convences para todo?
—Porque te sigo cayendo bien. —Y aquella frase nos hizo sonreír a los dos.
Tardamos en elegir un regalo más de dos horas. Yo insistí en que los peluches acabarían olvidados encima de una estantería. Él defendía un dinosaurio enorme que medía casi más que Triana.
—Eso no cabe en la cuna.
—Es chulo. Y así empieza a desarrollar el carácter.
—¿Con un dinosaurio?
—Es muy educativo.
Terminé riéndome. Como siempre. Y él también.
Salimos con una caja enorme envuelta en papel blanco, la dejó en el maletero y se giró hacia mí.
—Bueno…
—Ya está. Ya tienes el regalo. Zoa te matará porque no tendrá sitio para meterlo y yo seré feliz viendo cómo te desangras.
—¿Va a acuchillarme?
—Seguro.
—Y tú quieres verlo.
—No me lo perdería.
—Perfecto. Porque vamos a ir a llevárselo ahora mismo.
—¡¿Qué?! ¡No!
—¡¿Qué?! —me imitó—. ¡Sí!
—Esta vez no vas a convencerme. —Cerré los ojos.
—Eso no va a servirte de nada. Sube al coche.
—La, la, laaaa —canté y me cubrí los oídos.
—Eres idiota —soltó una carcajadas y me agarró de la muñeca, tiró y me sentó en el asiento del copiloto.
—Eres insufrible. Me obligas —me quejé, riéndome.
—Pon música, anda —él también reía.
Me entretuve con la radio, buscando canciones, hasta que encontré Always de Bon Jovi. Tardé unos minutos, y cuando alcé el rostro sentí la calle como conocida, pero no era la de David y Zoa, no.
El corazón empezó a adelantarse a la memoria.
No, pensé.
Y entonces dobló la última curva. El mismo sitio.
El mismo mirador. La misma vista de Madrid extendiéndose al fondo.
En primavera. La noche olía a tierra húmeda.
La luna llena colgaba sobre nosotros exactamente igual que aquella primera vez.
Y, cuando extendió la mano hacia la parte trasera, terminé de entenderlo.
La misma nevera.
—Eres idiota.
Él sonrió.
—Bastante.
Sacó dos cervezas y me tendió una. La cogí sin apartar los ojos de él y… el mutismo nos envolvió, uno que llevaba meses esperando este momento.
—¿Sabes qué descubrí estos meses? —Armando lo rompió.
Negué despacio. Él respiró hondo. Miró la ciudad iluminada y volvió a mí—.
Llevaba toda la vida creyendo que el amor era encontrar a alguien que no me quitara la libertad.
—Los ojos empezaban a escocerme—. Y tú me enseñaste que el amor de verdad es encontrar a alguien con quien nunca vuelves a necesitar escapar. He tardado demasiado.
—Sí.
—Y no puedo pedirte que olvides todo eso.
—No.
—Ni que vuelvas porque sí. —Negué otra vez. Él bajó la vista hacia la botella. La giró entre los dedos. Y cuando volvió a hablar, su voz sonó más serena, más adulta, más libre—. La primera vez que vine aquí solo quería tomarme una cerveza contigo.
—Querías acostarte conmigo —sonreí, y él también.
—Vale, sí. Déjame terminar… —Respiró—. Esa noche solo quería acostarme contigo, hoy quiero una vida.
—El mundo desapareció y solo quedaron dos personas que habían tardado demasiado en llegar al mismo sitio—.
No quiero que volvamos donde lo dejamos.
Quiero empezar donde siempre debimos empezar.
—El corazón me latía igual que aquella primera noche.
Solo que esta vez no había incertidumbre. Había paz—. ¿Empezamos bien esta vez?
Lloré. Y me reí al mismo tiempo. Porque aquella era la pregunta que llevaba un año esperando.
Choqué suavemente mi lata con la suya.
—¿Quieres que te dé un beso? —lancé.
—Eso lo pregunté yo. Pero porque tú estabas deseándolo.
—Jajaja. ¡Lo deseabas tú!
—No más que lo deseo ahora.
—Prueba, a ver qué pasa…
—Va a pasar de todo, porque yo lo quiero todo contigo.
Nos besamos, y lloramos, y reímos, todo junto, porque eso éramos Armando y yo, un universo, millones de estrellas y soles, fuego y agua, tierra y mar, el infinito—. Te quiero, Estela —su aliento se enredó con el mío—. Y esta vez pienso decirlo todas las veces que haga falta.
Volví a besarlo, no para recuperar el tiempo perdido, el tiempo ya no vuelve.
Lo besé porque, por fin, los dos estábamos viviendo la misma historia.
Una sobre amor de verdad y a lo grande, sin escondites ni paradas ni retrocesos.
No un amor perfecto, uno mejor, uno que, después de perderte, aprende el camino de vuelta y no lo olvida ya jamás.
Armando dejó de huir, yo de esperar y… tuvimos la oportunidad de empezar.
EPÍLOGO
Estela
Hay una justicia poética maravillosa en que las personas que más huyen del amor sean precisamente las que terminan llegando antes a la ceremonia.
Todavía me río cuando pienso en ello.
¿Quién iba a decirme que después de aquella tarde en la que Armando y yo compartimos una cerveza en el coche acabaría casándome con ese hombre que repetía una y otra vez que no quería novia, ni una relación, ni responsabilidades?
Sin embargo, allí estaba. Descalza, con una bata blanca abierta por la espalda para no estropear el peinado, frente al enorme ventanal de la habitación del hotel.
La ceremonia iba a celebrarse en la misma playa, apenas unos metros más abajo, donde varias personas terminaban de colocar las últimas sillas sobre la arena y una estructura de madera blanca se llenaba poco a poco de buganvillas, jazmines y olivos.
El olor a sal entraba por la terraza mezclándose con el perfume de las flores.
Siempre había pensado que el mar olía a libertad.
Hasta que conocí a Armando. Desde entonces también olía a hogar, desde ese viaje que hicimos cuando empezamos a construir lo nuestro de verdad y mis recuerdos se convirtieron en un mar infinito.
El primer viaje sin miedo. El primero en el que ninguno de los dos sintió la necesidad de esconder lo que éramos.
Una tarde caminábamos descalzos por la orilla mientras el sol descendía despacio hacia el horizonte. La arena conservaba todavía el calor del día y el agua nos cubría los tobillos cada pocos pasos antes de retirarse otra vez hacia el océano.
—¿En qué piensas? —Armando lanzó una piedra al agua.
—En que has hecho trampas.
—¿Por qué?
—Has buscado una piedra plana.
—Eso no son trampas. Es experiencia.
—No soportas perder. —Negué con la cabeza.
—Ni tú.
—¿Qué?