Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 104 CÓMO PUEDE TERMINAR UNA BODA
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104 CÓMO PUEDE TERMINAR UNA BODA

Estela

Nunca había imaginado que una boda pudiera terminar con un nacimiento. Y, sin embargo, allí estábamos los cuatro, varias horas después, en una habitación de maternidad iluminada por una luz tenue que convertía la madrugada en algo mucho más amable.

David sostenía a su hija entre los brazos con el mismo cuidado con el que alguien sujetaría el universo entero.

Había llorado. Más que Zoa. Más que la niña. Más que todos nosotros juntos. Y seguía haciéndolo.

—No puedo creer que sea nuestra.

La mamá sonrió desde la cama, agotada, con el pelo revuelto y el maquillaje desparecido y, aun así, nunca la había visto tan guapa.

—Pues acostúmbrate. Porque no pienso devolverla.

David bajó la vista hacia la pequeña.

—Hola. Soy tu padre.

La niña abrió la boca. Emitió un ruido diminuto. Y David casi llora de nuevo.

—Ha contestado.

Armando soltó una carcajada.

—No, campeón. Ha bostezado.

—Ella ya me entiende. ¿Verdad, gordita?

—Se llama Triana, David. No empieces —le indicó Zoa.

Nos acercamos despacio. La niña dormía completamente ajena al terremoto que acababa de provocar. Era pequeña. Muy pequeña. Tenía la nariz de Zoa. La barbilla de David. Y los puños cerrados con una fuerza sorprendente.

—Hola, Triana —musité, y vi cómo Armando me miraba a mí. Se me humedecieron los ojos. Porque un nombre no es solo un nombre, es una vida, una entera.

Noté cómo se me humedecían los ojos.

Armando sonrió, y me pareció que estaba muy lejos de la habitación, de sí mismo, pero… no lejos de mí.

—¿Quieres cogerla? —David miró a Armando.

Armando dio un paso atrás inmediatamente y alzó las manos.

—Ni de broma.

—¿Por qué?

—Porque pesa tres kilos y yo tengo la coordinación de un rinoceronte.

—Exagerado.

—La rompería.

—No se rompen tan fácilmente —indiqué.

—Juraría que sí. —Nuestras miradas se encontraron, de verdad, llenas, felices, brillantes, expuestas, coloreadas de un amor infinito y eterno. Porque daba igual que no estuviéramos juntos. Yo seguía enamorada de él y… hubiera apostado mi vida que él de mí.

Hablamos del parto. De cómo David casi se desmaya dos veces. De la enfermera que terminó dándole agua a él en lugar de a Zoa. De que Triana había decidido llegar exactamente el día de la boda de sus padres porque, según David, ya apuntaba maneras de protagonista.

La habitación olía a flores, a colonia de bebé, a principio. Y pensé que pocas veces había visto tanta felicidad concentrada en un espacio tan pequeño.

Miré el reloj.

Era casi la una de la madrugada.

—Nosotros deberíamos irnos —comenté—. Vosotros necesitáis descansar.

—Por primera vez en todo el día estoy de acuerdo con Estela —Zoa cerró los ojos. David besó a su mujer en la frente. Después a la niña. Y finalmente nos abrazó a los dos. Primero a Armando. Luego a mí.

—Gracias. Por todo. No solo por hoy. Por estos meses. Nos habéis hecho el camino mucho más bonito.

Algo se movió dentro de mí, escuché mi corazón romperse un poco, porque las despedidas felices también duelen un poco.

Cuando Armando detuvo el coche delante de mi portal, ninguno hizo el gesto de bajar inmediatamente. Apagó el motor.

—Ha sido un día bonito —susurró.

—Mucho.

—Triana es preciosa.

—Sí. —Hubo silencio, uno delicado. Armando jugueteó con el volante.

—Estela. —Respiró hondo—. ¿Podemos vernos mañana?

—No fue una pregunta, lo entendí, era esperanza, y eso me entristeció, porque yo había luchado por nosotros durante meses, sin perder eso mismo, la esperanza, hasta que me di cuenta de que no servía de nada cuando la persona que tienes en frente se niega a quererte aunque lo lleva haciendo desde que te conoció.

—No lo sé.

—¿Por qué? —Algo se apagó en sus ojos.

Miré hacia el parabrisas.

—Porque verte no es solo verte. Verte es recordarlo todo, volver a reconocer al hombre del que me enamoré. Y también reconocerme a mí cuando estoy contigo. —Tragué saliva y respiré—. Y no sé si quiero volver a empezar a despedirme de ti.

—No tienes que despedirte, yo…

Me giré hacia él y lo interrumpí.

—Cuando estoy contigo vuelvo a ser esa mujer que se reía por cualquier tontería, que esperaba tus mensajes, que encontraba un motivo para sonreír en mitad de un martes cualquiera.

Y después vuelvo a casa. Y recuerdo que esa vida ya no existe.

—Los ojos de Armando no se apartaban de los míos—.

No soy capaz de volver a pasar por eso. Ni quiero.

Él bajó la cabeza, asintió con lentitud. Abrí la puerta y, antes de bajar, me incliné hacia él, le acaricié la mejilla y la besé. Nuestro pequeño universo, ese que habíamos creado los dos, aunque él se hubiera negado a aceptarlo, se abrió ante mí y… sonreí, porque me había hecho muy feliz.

—Buenas noches, Armando.

Él cerró los ojos un instante y cuando volvió a abrirlos sonrió con una tristeza que conocía demasiado bien.

—Buenas noches, Estela.

El problema nunca había sido dejar de querer a Armando. El problema era que seguía queriéndolo exactamente igual y nada había cambiado.