Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 102 PARTES DE UNA BODA
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102 PARTES DE UNA BODA

Armando

Las bodas se dividen en dos partes. La ceremonia y la celebración.

Eso en las bodas normales. Aquí también fueron dos: la ceremonia y el momento en que David decidiera hacer el ridículo.

No me equivoqué. Apenas veinte minutos después de cortar la tarta ya estaba encima de una silla intentando convencer al DJ de que pusiera una canción de los años noventa mientras explicaba, micrófono en mano, que un matrimonio feliz se basaba en tres principios fundamentales.

—El primero, llevar siempre la razón.

Zoa levantó la mano.

—Ese ya lo incumples.

Las carcajadas estallaron alrededor de las mesas.

David negó con solemnidad.

—El segundo, darle siempre la razón a tu mujer.

—Ahora sí.

—Y el tercero… —Hizo una pausa dramática—. No olvidar nunca el segundo.

El jardín entero rompió a aplaudir. Yo también. Porque David tenía una capacidad extraordinaria para convertir cualquier minuto solemne en un espectáculo. Y, curiosamente, siempre conseguía que acabara siendo todavía más bonito.

La música volvió a sonar, los niños empezaron a correr entre las mesas, los camareros repartían copas, los padres de Zoa bailaban un bolero.

Un tío de David llevaba diez minutos convenciendo a cualquiera que quisiera escucharlo de que había sido campeón provincial de lanzamiento de jabalina.

Nadie sabía si era verdad. A esas alturas ya daba igual, pero él quiso corroborarlo, cogió una de las antorchas, empezó a correr por un pasillo de madera que llegaba al lago y…

antes de lanzarla, resbaló y cayó de cabeza contra el suelo.

Todos salimos corriendo para comprobar que estaba bien.

Se abrió la frente, no quiso ir al médico y su mujer le cubrió la herida con una servilleta.

Cuando volví del espectáculo improvisado, otro, encontré a Estela junto a la barra, hablando con la madre de Zoa. Llevaba una copa en la mano, reía con facilidad y… la eché más de menos, más si cabía. No quería acostumbrarme a vivir sin ella. Podría, pero no quería.

—Llevas exactamente doce minutos mirándola —David me ofreció una copa.

—No es verdad.

—Once y medio. —Bebí un trago—. Ve.

—¿Dónde?

—A bailar con ella.

—Igual me manda a la mierda delante de toda la boda.

—Eso sería un bonito recuerdo —sonrió—. Que pase de ti, como al principio.

—Eres un amigo pésimo.

—Pero tengo razón. También tengo razón en que cuando pasaba de ti, te gustaba mucho, pero cuando la cosa se puso seria y ella estaba ahí, contigo, porque tiene cuarenta y cinco años, no diez, y sabe lo que quiere, tú te cagaste encima.

—Me gustaría matarte. —Respiré hondo, dejé la copa sobre una mesa y caminé hacia ella, decidido.

Estela levantó la vista cuando ya estaba cerca y sonrió con educación, con prudencia.

—¿Está todo bien?

Tragué saliva.

—¿Bailas conmigo?

Miró hacia la pista, después volvió a mirarme a mí y durante un instante pensé que iba a decir que no.

—Solo una.

—Solo una. —La sonrisa me salió sola, porque había aceptado y porque recordé aquella sola cerveza, solo una, que nos había llevado hasta aquí, que me había permitido conocerla, besarla, hacerle el amor, vivirla, sentirla, ser parte de su maravillosa vida.

Le ofrecí la mano y la cogió. Fuimos hasta la pista. Sonaba Thinking Out Loud de Ed Sheeran, una canción muy lenta. Apoyé una mano en su cintura. Ella dejó la suya sobre mi hombro. Y volvió el silencio cómodo entre nosotros, nos miramos y hablábamos sin decir ni una palabra.

Bailábamos despacio, sin prisas, sin intentar acercarnos más de la cuenta, pero yo sentía el calor de su cuerpo atravesándome la camisa. El perfume. El roce casi imperceptible de sus dedos. El movimiento suave de su respiración.

Había echado de menos todo aquello con una intensidad que daba miedo.

—Sigues bailando fatal. —Su voz rompió el silencio.

Sonreí.

—Eso jamás va a cambiar.

—Lo suponía.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Sigues riendo igual.

—Nada ni nadie va a quitarme eso.

—Que no te lo quiten.

Fui feliz, con solo bailar con ella, con la persona adecuada… mientras el resto del mundo desaparecía.

Yo ya no miraba a nadie. Solo a ella. Y ella a mí. No había reproches, ni discusiones, ni preguntas con respuestas incómodas, ni dudas, aunque ella no lo supiera. Yo tenía claro que me hubiera gustado caminar de su mano.

El amor seguía ahí, intacto.

Cuando la canción terminó, ninguno de los dos se movió durante un segundo. El suficiente para recordar cómo terminaban antes nuestros bailes. Con un beso. Pero esta vez no ocurrió.

Estela dio un paso atrás muy despacio, bajó la mano de mi hombro y sonrió con una dulzura que me destrozó.

—Ha sido bonito.

—Aún puede serlo.

Ella negó y… se marchó. Qué difícil no alargar la mano cuando la única persona que quieres abrazar se está marchando… otra vez.