Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 101 CUANDO LO QUE NO SUEÑAS SE HACE REALIDAD
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101 CUANDO LO QUE NO SUEÑAS SE HACE REALIDAD

Armando

—Nunca soñé con casarme. —David dejó de bromear—.

Nunca. De pequeño soñaba con tener una PlayStation.

Luego con una moto. Luego con tener pelo para siempre.

Eso aún lo conservo. —Se pasó una mano por la cabeza.

El jardín entero volvió a reír—. Casarme jamás estuvo en la lista.

Hasta que apareciste tú. —Hubo un silencio precioso—.

Porque hay personas que llegan a tu vida para hacerte feliz.

Y luego están las que consiguen que quieras ser mejor.

Tú eres de esas. No me has cambiado. Me has dado ganas de cambiar.

Y esa diferencia es enorme. —Vi cómo Estela bajaba la cabeza y sonreía, sin esconder que estaba emocionada.

David dio un paso hacia Zoa y la agarró de la mano.

—No puedo prometerte que siempre te daré la razón, porque sería mentira.

Aunque normalmente la tengas. —Ella soltó una carcajada entre lágrimas—.

No puedo prometerte que no discutiremos.

Porque discutiremos. Muchísimo. No puedo prometerte que no me olvidaré de comprar leche.

Porque probablemente mañana mismo se me olvidará.

No puedo prometerte una vida perfecta. Porque las vidas perfectas no existen.

Lo único que puedo prometerte es que, cada vez que la vida se ponga difícil, voy a elegir sentarme a tu lado.

Aunque estemos enfadados, no tenga razón y…

tú tampoco. Aunque no nos soportemos ese día.

Voy a seguir eligiéndote. Porque amar no es encontrar a alguien perfecto.

Es decidir una y otra vez que esa persona sigue siendo tu lugar favorito incluso cuando la vida deja de ser fácil.

No fui consciente de que había dejado de respirar hasta que escuché a alguien sorber por la nariz.

Miré alrededor. Media boda estaba llorando. Incluido el oficiante.

David sonrió.

—Y hay otra cosa. —Se agachó y apoyó la mano sobre la barriga de Zoa con una delicadeza que jamás le había visto—.

A ti también. No sé quién eres todavía. No sé si eres niño o niña.

No sé si sacarás los ojos de tu madre o mi manía de dejar los calcetines por cualquier parte.

Pero hay algo que sí sé. Ya tienes un sitio donde volver siempre.

Porque tu madre y yo no vamos a construir una casa.

Vamos a construir un hogar. Y un hogar no es un sitio.

Es una persona. —Zoa rompió a llorar definitivamente.

David también. Yo sentí un nudo tan fuerte en la garganta que tuve que mirar hacia otro lado.

Hacia Estela. Siempre hacia Estela. Ella estaba secándose una lágrima con muchísimo cuidado para no estropear el maquillaje.

Y, de repente, comprendí otra cosa, por qué aquella ceremonia me estaba haciendo tanto daño.

No era porque David estuviera casándose, sino porque estaba diciendo en voz alta todo aquello que yo llevaba meses sintiendo sin atreverme a nombrarlo.

La diferencia era que él había sido valiente, y yo no.

El oficiante me pidió los anillos y se los di a David, que temblaba.

Ocurrió algo, insignificante, o lo significaba todo, pero solo vi yo.

Estela sonrió sin tristeza, de una manera limpia, viendo cómo dos personas se quieren bien.

Porque el amor verdadero no te encarcela, no te encierra, no te oculta, te da ese lugar al que siempre quieres volver.

Y yo ya sabía cuál era el mío. Lo había sabido siempre.

Solo había tardado demasiado en tener el valor de admitirlo.