100 BODAS, FLORES Y SENTIMIENTOS
Armando
Nunca había entendido por qué la gente lloraba en las bodas si no eran los protagonistas. Se me antojan ceremonias largas, demasiado protocolarias y llenas de personas emocionándose por cosas que ya sabían desde hacía meses. Hasta aquella mañana.
El jardín estaba lleno de invitados. Las sillas blancas formaban un pasillo entre los almendros en flor y el viento movía despacio las cintas de tela que colgaban de las ramas.
Al fondo, una pequeña pérgola cubierta de peonías blancas y rosas color marfil esperaba a David.
Las mismas flores que Estela y yo habíamos elegido semanas atrás.
David esperaba a Zoa, yo solo esperaba que mi amigo sobreviviera. Llevaba diez minutos preguntándome si el botón de la americana estaba bien abrochado, si el reloj era demasiado llamativo y si un hombre podía desmayarse justo antes del sí quiero.
—¿Tú crees que todavía estoy a tiempo de salir corriendo?
—No.
—¿Y si corro muy deprisa?
—Te alcanzaría una embarazada de ocho meses y medio. Además, no quieres salir corriendo. No digas estupideces.
—Es verdad. Todo eso que has dicho. —Resopló—. Necesito agua. Fría.
—Necesitas respirar.
—No puedo. —Trató de quitarse la corbata.
—Estate quieto. —Lo evité, agarrándole las manos.
—Qué mala suerte tengo.
Sonreí.
—No conozco a nadie con más suerte que tú.
David iba a responder cuando empezó a sonar la música. Los invitados se pusieron en pie y… apareció Estela. Entró como dama de honor. El sol le iluminaba el pelo y la sonrisa. Saludaba a algunas personas con naturalidad, elegante.
No podía apartar la vista. Habían pasado meses. La había visto varias veces desde entonces y seguía teniendo la absurda capacidad de dejar todo lo demás en un segundo plano.
Levantó la cabeza y nuestros ojos se encontraron. Ninguno apartamos la mirada, pero no sonrió más, simplemente siguió caminando. Eso me dolió, porque comprendí que ya no esperaba encontrarme al final del pasillo. Había aprendido a caminar sin buscarme. En realidad, siempre había sabido hacerlo.
Después apareció Zoa y el mundo entero desapareció para David. Nunca olvidaré su cara. Había visto a mi amigo feliz, enfadado, borracho, preocupado, enamorado; pero jamás lo había visto mirar a alguien de aquella manera. Era admiración, alivio, paz.
—Hermano, si pudiera volver atrás mil veces, elegiría a la misma mujer —anunció, con los ojos brillantes.
Entendí por qué la gente llora en las bodas: porque, durante unos minutos, todo el mundo recuerda que el amor existe. Y cuando uno lleva demasiado tiempo intentando convencerse de que no necesita amar a nadie, verlo delante resulta casi insoportable.
La ceremonia comenzó entre risas cuando David respondió "presente" antes de que el oficiante terminara la primera frase.
Zoa cerró los ojos.
—No hemos empezado y ya estás metiendo la pata.
—Quería participar.
Las risas relajaron el ambiente y llegó el momento de los votos.
David respiró hondo y sacó un papel del bolsillo. Lo miró y…. Lo dobló otra vez.
—¿Qué haces, insensato? —mascullé, detrás de él.
—Sé lo que quiero decir. —Lo guardó.
—David… Como te pongas a cantar, te juro que no me caso —amenazó la novia.
—No voy a leerlo porque sé lo que quiero decir.
Lo importante no me salió cuando lo escribí, me sale cuando te miro.
—El jardín entero guardó silencio—. Cuando te conocí pensé que eras una locura temporal.
Solo me faltaron unos días para darme cuenta de que eras la mejor casualidad de mi vida.
Ahora sé que eres mi casa, mi hogar, donde descanso, dejo de fingir…
Donde puede ser el idiota que soy sin miedo a que me quieras menos.
—Zoa ya estaba llorando. Estela también, y supe por qué.
Porque ella se llenaba la boca diciendo que estaba bien sola, que no necesitaba a nadie para ser feliz, y probablemente era así, pero en el fondo todos queremos que alguien nos mire exactamente de esa manera.
Y yo miraba así a Estela, la estaba mirando en aquel momento, pero eso necesita ser acompañado de hechos, y palabras, esas que yo me negaba a decir.
Y mientras David seguía hablando, entendí que la libertad consistía en encontrar a la única persona con la que ser libre y nunca quisieras marcharte.