Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 99 LIBRE DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES
92%

99 LIBRE DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES

Armando

Estela conseguía que yo dejara de respirar. Me ahogaba, pero para bien. No sé si me explico. Yo lo entendí con el tiempo. No quería atarme a nadie después del divorcio, hasta que comprendí que Estela era libertad, me hacía sentir libre de todas las maneras posibles.

Subí sujetando el ramo de novia con un cuidado que jamás había tenido con ninguna otra cosa en mi vida. Escuchaba las instrucciones de Zoa de fondo mientras trataba de hablar con Estela.

—No lo apoyes. No lo pongas boca abajo. No aprietes las flores. No corras. No hagas ninguna tontería. —La última era imposible de cumplir, porque cuando se abrió la puerta de la suite, la vi a ella.

Llevaba el vestido largo azul grisáceo, el mismo que se había probado unas semanas antes, con el pelo recogido en un moño desenfadado del que escapaban algunos mechones que enmarcaban su cara.

El maquillaje apenas existía. Nunca lo había necesitado demasiado.

Durante un segundo me olvidé de que venía a entregar un ramo. Y también de mi propio nombre.

Me echó enseguida, después de darme de hostias sin manos, como era lo normal. Porque soy imbécil, lo había sido y lo seguía siendo. Sin embargo, no me fui. La esperé en el pasillo.

—¿Piensas salir al jardín o vas a quedarte ahí haciendo de perchero? —preguntó en cuanto se percató de mi presencia.

Su voz me devolvió al planeta Tierra.

—Estoy valorándolo.

—Pues date prisa. Zoa empieza a amenazar con dar a luz antes de tiempo.

—David lleva respirando poco desde ayer.

—¿Qué haces aquí? Tienes que estar con él. —Nuestras miradas se encontraron—. No me fío ni un pelo de ese loco.

—¿Te fías de Álvaro?

—Pondría mi vida en sus manos.

—Lo he dejado de encargado.

—Ya, pero David se ha convertido en un hámster con ansiedad.

—Jajaja. Eso es verdad. —Di un paso atrás.

—Espera —me pidió, y se acercó a mí, tanto que olí su perfume y se me pusieron los vellos de punta. Alargó los brazos hasta mi cuello y me colocó bien la corbata. Dejó de importarme la jodida boda. La hubiera besado, desnudado y follado allí mismo.

—La llevas torcida —musitó—. Y después la desastre soy yo.

—Lo eres. Pero me encanta eso de ti. —Miré sus ojos, y recordé cómo los abría cuando se corría. Llevaba meses tratando de no pensarlo.

Terminó el nudo y alisó la tela con la palma de la mano.

—Ahora sí.

Sonreí sin dejar de observarla.

—Gracias.

Ella también sonrió.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

—Exacto. Demasiado tarde. —Dio un paso atrás y se coló en la habitación de al lado.

Las verdades duelen también cuando ya no se esconden.

Apoyé la espalda un segundo contra la pared del pasillo. Necesitaba recuperar el aire. Porque acababa de comprender otra cosa. Echaba de menos a la persona que yo era estando con ella. Y esa pérdida dolía incluso más que la otra.