98 LA NOVIA MÁS GUAPA
Estela
Las novias siempre llegan tarde. No porque quieran, sino porque alguien decide que una boda sin veinte pequeños desastres previos no merece llamarse boda.
A las nueve y cuarto de la mañana ya llevaba casi una hora metida en la habitación del hotel ayudando a Zoa a terminar de arreglarse.
La boda se celebraba en una finca a las afueras de Madrid, rodeada de jardines, almendros que empezaban a florecer y un lago pequeño donde David había asegurado que no se caería nadie. Nadie le creyó.
La primavera todavía no había llegado del todo, pero ya se intuía en el aire.
Las ventanas estaban abiertas. Entraba una brisa sumisa que movía las cortinas blancas y el olor de las flores recién colocadas llenaba toda la habitación.
Las peonías y las rosas color marfil. Las mismas que Armando y yo habíamos elegido semanas atrás.
—No aprietes tanto —me pidió, nerviosa; yo le ponía el velo.
—Si no aprieto, se cae.
—Pues que se caiga. Que le den por saco al velo.
—Tranquilízate, Zoa. El velo te encanta.
—No. No me encanta. Lo odio y hoy no pienso tranquilizarme. Me preocupa que David recuerde llevar los zapatos iguales.
Reí.
—No seas mala.
—Con David nunca se sabe. Ayer preguntó si el cura necesitaba copia del DNI.
—No puede ser verdad.
—Te lo juro.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no nos casamos por la iglesia.
—Jajaja.
—Jajaja —ambas reímos, de manera especial, porque no solo eran nervios, sino felicidad, de la buena, que la que no necesita gritarse para notarse.
Las risas tenían algo especial.
Zoa se miró en el espejo y se acarició la barriga. Todavía no sabían si el bebé era niño o niña. Habían querido esperar.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Me gusta no saberlo.
Me acerqué y le coloqué un mechón de pelo que se resistía.
—¿Por qué?
Sonrió, serena.
—Porque durante nueve meses puedo imaginarme cualquier vida. Después ya será quien tenga que ser. Pero ahora... Ahora todavía puede ser cualquier cosa. Un niño. Una niña. Un músico. Una astronauta. Una panadera. Un médico. Una persona buena. Eso es lo único que me importa.
Noté un pequeño nudo en la garganta. Porque había frases que no necesitaban ser grandes para quedarse contigo. Y aquella era una de ellas.
—Con sus genes… Será buena persona seguro. —Nos dimos un pequeño abrazo.
—No me hagas llorar. El maquillaje me ha costado trescientos euros.
Llamaron a la puerta y una de las organizadoras, Rosa, avisó:
—Quince minutos.
—Son diez y… —La otra, Estrella, entró enseguida—. Estela ¿puedes salir un momento?
—¿Va todo bien? —Se preocupó la futura esposa.
—Sí, sí. Detalles —indicó Estrella.
Salí tras ella, cruzamos el pasillo y se detuvo en uno de los salones, frente a una ventana.
—¿Ves eso? —Señaló el patio—. El novio está miccionando en el lago. —Vi a David junto a Armando haciendo eso que decía. Me reí, por lo de miccionar y porque eso era David.
—Ha bebido demasiado —lo defendí.
—Hay trescientos invitados.
—Está nervioso y… Los invitados lo conocen. Ninguno va a escandalizarse.
—Vengo por petición de la suegra. La madre de Zoa me ha pedido que le llame la atención. ¿Puedes decirle algo?
—Eh… Claro.
—Gracias. Hay baños ahí mismo. —Indicó detrás de mí.
Fui hasta ellos. Armando le pedía que se detuviera pero reía.
—David, jajaja, para ya, tío, nadie quiere verte la polla, jajaja.
—Así no vas a convencerlo. —Puse los brazos en jarra. Él se giró y levantó una ceja—. Armando, o te pones serio o esto se nos va de las manos.
—Esto es David, se nos fue de las manos hace tiempo.
—Armando, es serio.
—¿Y qué hago? Es imposible meterlo en vereda. No sería David.
—¡Armando! —Lo llamó el novio, desde un par de metros—. ¡Después nos bañamos!
—Esa agua no es apta para el baño —le indiqué—. Y menos después de que hayas meado. —Miré a Armando de nuevo—. ¿Puedes encargarte de él u os tengo que poner niñera a los dos?
—Qué aguafiestas eres.
—Zoa ya está bastante nerviosa, y embarazada. ¿Quieres que se ponga de parto aquí?
—¿Hoy? —Asentí—. Oh, no, por Dios. Ya que hemos llegado a este día, que nos dé tiempo a emborracharnos.
—Ya estáis borrachos.
—Nos hemos tomado unos vinos. Estamos de boda.
—Armando… —bufé—. Comportaos, por favor. Por lo menos hasta el final del sí quiero.
—¿Tú quieres?
—Yo quiero que todo salga bien y que Zoa no rompa aguas de camino al altar.
—¿Qué? Eso tiene que ser asqueroso.
—Algún día quizá lo veas en primera persona.
—¿Te refieres a… Que seré padre algún día?
—Si quieres, lo serás.
—¿Tú quieres?
—Yo ya tengo uno que, por cierto, no sé dónde está.
—Haciéndose fotos. —Un camarero pasó con una bandeja repleta de copas de champán y Armando cogió una—. ¿Tenemos un hijo?
—Estás borracho, no me equivocaba. Aquí hay muchos niños. Roba uno y te lo llevas.
—Yo quiero que sea tuyo y mío —bromeó, o no; yo hacía mucho que pasaba de puntillas por sus lindezas.
Puse los ojos en blanco y me marché. Volví con Zoa, que bebía agua fría.
—¿Cómo voy a casarme sin ramo? —chillaba a su teléfono—. ¡Necesito mi ramo! —colgó.
—¿Cómo que tu ramo? Está en el salón principal. Solo hay que recogerlo cuando salgamos.
—Yo no salgo de aquí sin mi ramo —hizo un puchero.
—Bajo y lo cojo un momento.
—¡No! ¡No vuelvas a dejarme aquí! Tienes que quedarte conmigo.
Agarré el teléfono y marqué su número.
—Armando.
—Ya no está meando.
—No es eso. Necesito que cojas el ramo de novia, que está en el salón principal, dentro de una caja de color cobre, sobre una de las mesas, y lo traigas. Ya.
—Ahora mismo no puedo. David quiere quitarse la corbata.
—Que se case sin corbata. El ramo es más importante.
—¡David! ¡Estate quieto! Álvaro, encárgate de él cinco minutos.
—¿Álvaro está ahí?
—Nos estamos tomando una cerveza.
—Álvaro es menor de edad y no le gusta la cerveza.
—Pues se ha bebido ya dos.
Suspiré, por décima vez en los últimos veinte minutos.
—Voy para allá. Espera, no cuelgues y me vas indicando. —Silencio—. Vale, estoy dentro.
—Mira a tu derecha.
—Lo he visto.
—Cógelo y ven ya. Vamos a empezar tarde.
—¿Nos espera alguien?
—Trescientos invitados.
—Me manipulas.
—Te pido ayuda.
—Y yo te ayudaré siempre que lo necesites. ¡Lo tengo! —Lo imaginé alzándolo como un trofeo.
—Tráelo.
—¿Qué me vas a dar a cambio?
—¡No lo apoyes, no lo pongas boca abajo! —chillaba Zoa de fondo.
—Ni las gracias.
—¡No lo aprietes! —Seguía la novia histérica.
—Antes me hubieras cubierto de besos.
—Eso ya pasó.
—Los guardo todos. Los que me diste y los que no.
Colgué, y sonreí, porque recordé las veces que lo regaba de besos y él se quejaba, yo me enfadaba, me retiraba y él me abrazaba y me besaba después.
Toc, toc…
Abrí a medias.
—No mires a la novia. Da mala suerte.
—Zoa no es mi novia. Y prefiero mirarte a ti.
—Eso no da mala suerte. Nunca fui tu novia.
—¡Zasca! —Me dio el ramo—. Me lo merezco. Puedes seguir así el resto de nuestra vida.
—Bueno, cuando esto termine casi no nos veremos. No tendremos que aguantarnos más.
—Por eso mismo no quiero que esto termine.
—Vete ya. Y dile a Estrella y Rosa que Zoa bajará en dos minutos.
—Lo que ordenes, desastre.
—No me llames así.
—¿Por qué?
—Porque era algo nuestro.
—Lo será siempre.
—Ya no somos nosotros. —Eso le dolió, y a mí también, por supuesto.
Le di con la puerta en las narices y me giré. Zoa me miraba con lágrimas en los ojos. Las hormonas.
—¿Estás bien?
Asintió e hipó.
—Solo estaba pensando que hay personas que se siguen hablando exactamente igual aunque hayan dejado de hablarse.
—No hemos dejado de hablarnos. Por vuestra culpa eso ha sido imposible.
—Tampoco de quereros. Gracias a eso lo vuestro sigue siendo posible.