Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 97 EL MISMO INFIERNO
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97 EL MISMO INFIERNO

Armando

¿La idea del infierno? Probablemente antes habría respondido algo relacionado con correr una maratón mientras escuchaba reguetón a todo volumen.

Ahora tenía otra respuesta. Una prueba de menú de boda.

Con David, Zoa embarazada de casi ocho meses…

y Estela sentada frente a mí. Claramente una trampa organizada por el universo, o por Zoa y David, que venía siendo prácticamente lo mismo.

—¿Por qué hay siete entrantes? —pregunté mirando la carta.

—Porque es una boda —contestó Zoa.

—Pero luego hay dos platos principales.

—Porque es una boda.

—Y tres postres.

—Porque es una boda.

—¿Y un sorbete entre medias?

—Porque es una boda. —Dejó de hacerle gracia, si alguna vez se la hizo.

—Creo que podríamos alimentar una pequeña república.

—Precisamente esa es la idea. —David levantó una copa.

Estela soltó una carcajada. Y yo tuve que mirar hacia otro lado un segundo. Porque seguía pasando. Seguía ocurriendo. Seguía sintiendo ese absurdo impulso de sonreír únicamente porque ella se reía. Y cada día más imposible de ignorar.

El camarero comenzó a servir los primeros platos. Zoa probó una cucharada de una crema fría de marisco y frunció el ceño. La probó de nuevo, arrugó la nariz y dijo a su futuro marido:

—Esto sabe a divorcio.

—¿A divorcio? —David se atragantó y tosió.

—Sí. A divorcio. Y yo no quiero un divorcio… —sollozó.

—¿Y cómo sabe un divorcio? —El novio alzó las cejas.

—Triste —solté yo.

—Amargo —anunció Armando, y nos miramos.

—Cariño, acabamos de comprometernos —David le cogió la mamo.

—Precisamente por eso sé distinguirlo —Zoa comenzó a llorar.

—Gorda, no llores. No llores —le rogó.

Estela se tapó la boca para no reírse y yo le di una patada por debajo de la mesa para que se cortara, aunque yo también estaba a punto de reírme.

—Esto es surrealista —anuncié.

—Como todo lo que rodea a David —apuntó Estela, mientras ellos se daban cariño.

David apoyó una mano sobre la tripa de su futura mujer.

—Nuestro hijo va a salir perfecto. Y no nos vamos a divorciar jamás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te quiero.

—Armando y Estela también querían a sus parejas y mira lo que pasó —hipó.

—Ya estamos —me retrepé en la silla.

—Pero vosotros sois diferentes —animó Estela a Zoa.

—¿Por qué? —Las lágrimas le recorrían ya las mejillas.

—Porque os queréis mucho.

—Vosotros dos también os queríais, y os queréis, y ni aun así salió bien. —Eso me dolió más a mí que a Zoa, y a Estela, supuse, porque agachó el mentón y se escondió tras una de las copas, que había cuatro para cada uno.

Zoa lloró más fuerte cuando trajeron la tabla de quesos, el jamón y el paté, y no lo comió por recomendación médica.

—Estoy empezando a creer que esto es una cámara oculta —musité a Estela, y se rio con ganas.

David quería más vino, Zoa quería una mesa de dulces. David quería un grupo de versiones, Zoa quería un DJ. David quería fuegos artificiales, Zoa quería seguir viva y pesar diez kilos menos. Estela y yo actuábamos como mediadores internacionales sin demasiado éxito.

—Voy a cancelar la boda —anunció Zoa, a moco tendido.

—¡¿Qué, gorda?! No digas eso. ¡¿Por qué?!

—Porque no nos ponemos de acuerdo en nada. ¿Qué vamos a hacer cuando el bebé nazca? —Cogió una servilleta (de lino, ojo) y se sonó los mocos.

—Quererlo, gorda. Y yo te quiero a ti. No vamos a cancelar la boda.

—Pero…. Ahhhh —lloraba y lloraba—. Pero… Estoy demasiado gorda, ¿cómo me voy a poner el vestido? ¿Cómoooooo? Voy a parecer una vacaaaaaaaa.

—Vas a estar guapísima, gorda. Eres la mujer más guapa del universo.

—¡No me digas gordaaaa!

—Si te lo digo siempre, gorda.

—¡Lo has hecho otra vezzzz!

—Qué hago, gorda, es sin querer.

David consiguió tranquilizarla y la acompañó al baño. Estela y yo nos quedamos solos.

—En serio, ¿dónde está la cámara oculta? —Miré hacia ambos lados, riendo.

—A mí me ha parecido ver un par de cámaras. —Estela también reía—. Estoy deseando que todo esto termine.

—Con lo bien que lo estamos pasando. No te creo.

—Estoy estresada, y no soy yo la que se casa.

Qué guapa estaría de blanco, joder , pensé.

—¿Qué me dices de mí? He puesto dos kilos probando dulces y chucherías.

—Te podías haber negado.

—¿Qué? —Alcé las cejas—. ¿Tú te negaste?

—¿Por qué crees que fuiste solo? —Rio otra vez.

—Eres mala. Quieres que engorde.

—Me da igual tu peso. Antes y ahora.

—Te doy igual. —Ella encogió los hombros—. Tú no me das igual. Quiero que seas feliz.

—Yo también quiero que seas feliz. —Nos pusimos serios.

—Perfecto.

—Estupendo.

Cuando llegaron del baño, Estela y yo no hablábamos. Zoa se sentó y llevó una mano a su vientre.

—¿Qué pasa? —cuestionó Estela.

Ella resopló.

—Pequeñas contracciones.

—¿Qué? ¡¿De repente?! —David palideció.

—Relájate.

—¿Qué significa pequeñas contracciones?

—Significa pequeñas contracciones.

—¿Y eso es malo?

—No.

—¿Seguro?

—No voy a dar a luz aquí mismo.

—¿Seguro que estás bien? Vamos al hospital —ofreció su amiga.

—No, no, es normal. Se pasará.

—Voy a ser padre. —Se tocó el pecho con la palma abierta.

—Lo sabemos —anoté.

—No estoy preparado. —Abrió la boca y cogió aire. Después miró a Zoa y… sonrió—. Pero tampoco estaba preparado para ella. —Le acarició la mano—. Y mira.

Zoa se emocionó inmediatamente. Las hormonas. O el amor. O ambas cosas.

Más tarde David me arrastró hasta la barra mientras ellas discutían sobre flores. Otra vez. Siempre flores.

—¿Qué?

—Tú.

—¿Yo qué?

—Estás enamorado.

Suspiré.

—David, no empieces.

—Eres agotador.

—Y tú eres imbécil. —Pedimos dos cafés y nos lo tomamos allí de pie—. Pero ahora ya lo sabes.

—¿El qué? ¿Que soy imbécil?

—Eso lo sabes de siempre. Me refiero a que sabes que estás enamorado.

—David, yo siempre he estado enamorado de Estela —admití—. Desde la primera vez que sonrió por una tontería, porque no fue una vez, sino una cadena de sonrisas. Ella es una grande, muy grande… —Suspiré—. No es ella ni lo que siento, soy yo…

—Que eres imbécil —repitió.

—Supongo.

—Pues deja de suponer y haz algo, cojones. Me duele la cabeza de escucharte.

—¿Escucharme? ¡Pero si eres tú el que no se calla!

—Armando, llevas hablando de Estela casi un año. Y negando que la quieres, y negándola a ella. Una y otra vez, una y otra vez. Has sido una pesadilla.

—¿Pesadilla? ¿Yo? —Me clavé un dedo en el pecho—. Pero si a ti no hay quien te aguante. Eres un pesado.

—Hermano, eso ha dolido. Y pesado tú. Eres muy cansino con…

quiero a Estela pero no quiero esto ahora.

—Puso una mano sobre mi hombro—. Te voy a decir una cosa.

El momento es ahora, y lo fue hace unos meses; no será después, porque no va a esperarte.

Y hace bien. Estela sabe que la vida se vive solo una vez y quiere vivirla. Contigo o sin ti.

—Ya lo sé. Y yo quiero que lo haga —susurré.

—¿Quieres que la vida sin ti? ¿Con otra persona? Porque eso va a ocurrir.

—Joder… ¿por qué me haces estas preguntas? Hemos venido a probar un menú, no a una sesión de terapia.

—Para que no te las hagas tú cuando sea demasiado tarde.

—Ya me las he hecho…

—¿Y cuáles son las respuestas?

—Yo…

—¡David! ¡Armando! —Nos llamó Estela, y el tono nos indicó que algo no iba bien.

Fuimos hasta ellas y Zoa lloraba de nuevo.

—¿Qué pasa ahora, gorda?

—El sorbete no me gusta. Hay que elegir otro sabor.

—¿Por qué, gorda?

—Porque no me gustaaaaaa —se puso a llorar otra vez.

Estela y yo nos miramos y sonreímos. Y ahí estaba, ella y mis ganas de besarla.