96 EL VESTIDO
Estela
—No exagero —dijo, y tuve que levantar la vista hacia él, y fue un gran error, otro que cometía con él, porque me miraba, a mí, no al vestido ni el escote ni el conjunto, a mí.
La dependienta debió de reconocer la mirada, porque sonrió con esa expresión de persona que acaba de enterarse de algo que no le incumbe y que piensa contarlo en la cena.
—Hay personas que entran en una habitación. Y hay personas que cambian la habitación cuando entran.
Sentí algo extraño en el pecho. Ternura. Y la ternura es peligrosísima cuando estás intentando dejar de querer a alguien.
—Creo que ya tenemos opinión. —Por suerte, la dependienta decidió salvarnos.
—Creo que sí —contestó Armando sin apartar los ojos de mí.
—Voy a cambiarme —anuncié.
—Eso también me parece buena idea.
—¿Por qué?
—Porque si sigues cinco minutos más vestida así, voy a acabar diciendo alguna estupidez.
La dependienta soltó una carcajada.
Yo negué con la cabeza.
—No cambias.
—Ese es exactamente el problema. —Esta frase me molestó muchísimo, me dio en el pecho con fuerza, y me refugié detrás de la cortina antes de que ninguno tuviera que responder.
Cuando salí del probador ya llevaba mis vaqueros, mis zapatillas y mi camiseta.
Armando seguía sentado, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas, pensativo, más serio de lo normal.
—Ya está —anuncié.
—¿Ya?
—¿Esperabas que me probara veinte?
—Sí. Hubiera hecho el sacrificio.
—¿Sacrificio? Entonces no entiendo la decepción.
Sonrió, y entendí que algo le pasaba.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Eres incapaz de mentir.
—Eso es mentira.
—Lo acabas de demostrar.
Resopló. Y terminó levantándose.
—Vamos.
Salimos de la tienda y caminamos hasta el coche. Yo iba a abrir la puerta cuando escuché su voz.
—Estela.
Me giré y ahí estaba, esa expresión que solo aparecía cuando dejaba de esconderse.
—¿Qué?
—¿Sabes qué es lo peor?
—Depende. ¿Estamos hablando de la política internacional o de tu capacidad para tomar decisiones?
Sonrió muy brevemente.
Una sonrisa rápida.
—Lo peor es que me acostumbré.
No respondí. Porque ya sabía que aquello no iba de vestidos, de bodas ni de la tarde.
—¿A qué?
—A ti.
El ruido de la calle siguió existiendo. Pero lejos. Nos metimos dentro de una burbuja.
—Armando...
—No, déjame terminar. —Y eso sí fue nuevo.
Porque él siempre terminaba a medias. Siempre frenaba.
Siempre retrocedía—. Me acostumbré a escribirte cuando me pasaba algo gracioso.
Me acostumbré a entrar en tu casa sin llamar.
Me acostumbré a tu sonrisa, a tu olor, a tu voz.
A hacerte la cena porque si no te mueres de hambre, a que Álvaro se riera de mí cada vez que hago algo estúpido.
—Noté cómo se me cerraba un poco la garganta—.
Me acostumbré a ti. —Bajó la vista un segundo—.
Y no me di cuenta de lo mucho que ocupabas hasta que dejaste de estar.
Respiré, porque lo necesitaba.
—Eso no cambia nada.
—Por desgracia.
Aquello me dolió más de lo que esperaba, porque no insistió, no buscó convencerme. Y la resignación duele más que una pelea.
—Llévame a casa. Es tarde —pedí, abrí la puerta, me senté y me puse a buscar el móvil en el bolso—. Creo que he dejado el móvil en la tienda.
—Seguro que lo llevas encima.
—Está aquí. —Lo encontré.
—Tú tampoco has cambiado nada.
Me sentí triste, fue triste, porque cuando dos personas se conocen, han dicho la verdad, se quieren y ninguna de las dos da un paso para encontrarse en el camino, no hay otra opción que darse por vencidos y dirigirse hacia otro lugar.