95 LOS PREPARATIVOS MÁS LARGOS DE LA HISTORIA
Armando
Si alguien me hubiera dicho seis meses antes que acabaría implicado en la organización de una boda ajena hasta el punto de discutir sobre manteles, flores, centros de mesa y la longitud correcta de unos lazos decorativos, me habría reído en su cara.
Si además me hubieran dicho que lo haría por voluntad propia, habría llamado a un psiquiatra.
Y, sin embargo, allí estaba. Aparcando delante del edificio donde vivían David y Zoa.
Con una lista de tareas enviada por Zoa.
Tres audios de David (de tres minutos cada uno) y una amenaza escrita que decía: Si me fallas, te sustituyo por un primo mío que toca la trompeta.
No sabía qué significaba exactamente aquello. Pero sonaba fatal, con total seguridad, igual que la trompeta.
Subí al piso y David abrió la puerta con un delantal ridículo que decía “Padre sexy en prácticas”.
—No hagas preguntas.
—No pensaba hacerlas.
Zoa estaba tumbada en el sofá con las piernas en alto y una expresión de reina absoluta del universo.
—Por fin.
—Hola a ti también.
—Tengo una misión para ti.
—Paso.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—No importa. Estoy harto de vuestras misiones. Ayer estuve dos horas y media probando dulces.
David me señaló.
—Tío, ¿quieres seguir siendo mi amigo?
—¿Tengo que contestar a esa pregunta? —Puse los brazos en jarra y alcé las cejas.
Zoa sonrió.
—Tienes que acompañar a Estela a la última prueba del vestido —lanzó.
Me quedé inmóvil.
—No, no, no. ¡No!
—Sí.
—He dicho que no.
—Vas a ir.
—No voy a ir, Zoa. No vas a convencerme.
—Te convencerá, amigo —coló David.
—¿Estás loca?
—¡¿Me llamas loca?! —gritó—. Perdona, son las hormonas.
—¿Estela sabe esto?
—Claro —dijo con la boca pequeña.
—¿Y qué ha dicho?
—Que vale.
—¿Ha dicho que vale?
—Sí.
—¿Sin insultarme?
—Ni un insulto.
—¿Sin amenazas?
—Sí.
—Eso es sospechoso.
David levantó una cerveza.
—Lo he dicho yo también.
Veinte minutos después aparcaba delante de casa de Estela, todavía convencido de que aquello era una mala idea. Probablemente una idea terrible. La peor de la semana. Y la semana incluía a David intentando montar una cuna con un martillo.
¿Qué vino después? Lo normal, la puerta del portal se abrió, el corazón volvió a hacer aquella cosa ridícula que llevaba meses haciendo. Dar un vuelco. Uno enorme. Incontrolable.
Estela caminó hacia el coche. Abrió la puerta. Se sentó y me miró.
—¿Qué haces aquí?
—Otra encerrona de Zoa.
—Lo imaginaba.
—Empiezo a pensar que disfruta.
—No lo pienses. Lo hace. —Me arrancó una sonrisa.
—Estoy deseando que esta boda termine.
—Amén.
—Entre las flores, los manteles y los centros de mesa ya siento que estoy organizando Eurovisión. Ah, sí, y mi vestido.
—David sería capaz.
—David sería capaz de presentarse.
—Y ganar.
—Y ganar —dijimos a la vez.
Los dos nos reímos.
La tienda estaba llena de vestidos. Demasiados vestidos. Más vestidos de los que deberían existir.
—¿Cómo sobreviven los hombres a esto? —pregunté en voz alta.
—Te puedes morir si quieres.
—No voy a morirme. Lo siento.
—Una pena.
Una dependienta apareció y se llevó a Estela hacia los probadores. Me senté en un sillón demasiado pequeño para mí y esperé, intentando no pensar. No lo conseguí, claro, porque soy idiota, imbécil y gilipollas, tal y como Estela me decía. Ah, sí, y David.
Durante los siguientes diez minutos solo pude pensar en ella. En la cena de la semana anterior. En las conversaciones breves por mensajes que habíamos tenido sobre la boda y los malditos preparativos. En sus respuestas educadas y amables. Y cuidadosamente distantes.
Estela siempre había sido sincera. Incluso cuando dolía. Al igual que yo. Y aquella distancia dolía. Porque era deliberada y porque se protegía. Y porque yo entendía perfectamente por qué. Porque yo lo había estado haciendo desde que la conocí.
La cortina del probador se abrió y la vi.
Joder, la vi. El vestido era largo. De un azul grisáceo suave.
Elegante y sencillo. De esos que no necesitan llamar la atención porque la persona que los lleva ya la llama sola.
El tejido caía sobre su cuerpo con una naturalidad insultante.
Y durante unos segundos olvidé respirar. Literalmente.
La dependienta sonrió.
—¿Qué le parece?
No contesté. Porque seguía mirando a Estela. Y porque la respuesta real probablemente habría resultado inapropiada en un establecimiento abierto al público.
—Armando. —La voz de Estela me devolvió a la realidad.
—¿Qué? —Joder, estaba empalmándome.
Piensa en tu abuela, Armando , me dije.
—¿Te gusta?
Me recoloqué en el asiento con disimulo.
—Eso no es una pregunta justa.
—¿Por qué?
—Porque parecerías guapa con una bolsa de basura.
Ella puso los ojos en blanco. La dependienta soltó una risita. Y yo supe inmediatamente que acababa de decir exactamente la verdad.
Estela bajó la vista hacia el vestido.
—No exageres.
—No exagero.
La observé unos segundos. Con calma. Sin esconderme.
—Hay personas que entran en una habitación. Y hay personas que cambian la habitación cuando entran.
La sonrisa desapareció lentamente de sus labios. Y durante un instante volvió aquel silencio. Ese que siempre aparecía cuando dejábamos de bromear. Ese donde vivía todo lo demás.
La dependienta, afortunadamente, decidió intervenir.
—Creo que ya tenemos opinión.
Y el momento se rompió. Los dos respiramos otra vez. Los dos volvimos a sonreír. Y los dos fingimos que aquella frase no había significado nada. Aunque sabíamos perfectamente que sí.