Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 94 ACEPTAS Y MÁS BODA
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94 ACEPTAS Y MÁS BODA

Estela

No debería haber aceptado. Lo supe en el mismo instante en que nos sentamos frente a frente en aquella mesa.

Y también supe que habría aceptado igualmente.

Porque hay errores que uno comete con los ojos abiertos.

Porque llevaba tres meses sin verlo. Porque durante toda la tarde había estado riéndome.

Porque volver a hablar con Armando era tan fácil que resultaba sospechoso.

Y porque, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, seguía echándolo de menos.

El restaurante era pequeño. Nada elegante. Nada romántico. Nada que pudiera confundirse con una cita. O al menos eso habíamos intentado decirnos los dos. La realidad era otra: nos mirábamos demasiado, seguíamos terminando las frases del otro y riéndonos en los mismos momentos.

—¿Qué vas a pedir?

—Algo que no lleve rúcula.

—¿Qué te ha hecho la rúcula?

—Existir.

Armando soltó una carcajada.

—Qué mujer tan radical.

—La rúcula sabe a castigo.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo tiene todo.

Discutimos durante cinco minutos sobre si las croquetas eran mejores que las bravas.

Las croquetas ganaron. Porque siempre ganaban.

Y durante un rato olvidé que aquello era peligroso.

Olvidé los meses, las despedidas, las lágrimas.

Olvidé todo. Solo existía Armando. Contándome historias absurdas.

Hablando de David. Imitando a un técnico del gimnasio.

Exagerando voces. Inventándose diálogos.

Y yo riéndome hasta que me dolía la tripa.

Hubo un momento en que me reí tan fuerte que tuve que apoyarme en la mesa.

—No tiene gracia.

—La tiene. La señora no se quedó atrapada en una cinta de correr.

—En tu versión sí.

—Porque la estoy dramatizando.

—Y precisamente por eso tiene gracia.

Aquello lo hizo reír a él también. Y durante unos segundos nos quedamos mirándonos.

Sonriendo. Sin hablar. Como antes. Exactamente como antes.

Y eso fue lo peor. Porque el tiempo había pasado.

Porque las heridas seguían ahí. Porque la historia había cambiado.

Pero nosotros no. Nosotros seguíamos siendo nosotros.

La cena terminó demasiado rápido. O demasiado bien. No sé cuál de las dos cosas fue.

Cuando llegamos a mi portal me quedé unos segundos sentada. Mirando al frente. Sin moverme. Armando tampoco dijo nada. Esperó. Y quizá por eso fui sincera.

—No podemos hacer esto.

Él tardó un instante en responder.

—¿Cenar?

—No te hagas el tonto.

—No me hago el tonto.

—Armando.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿Por qué no?

Sentí un nudo en la garganta. Porque era una pregunta legítima. Porque yo también habría querido que existiera una respuesta sencilla.

—Porque volvería a pasar.

—¿El qué?

—Todo. —Hice un gesto entre los dos—. Las risas. Las cenas. Los mensajes. Los chistes malos. Las películas. Las llamadas. Volveríamos a acabar exactamente donde estábamos. Y yo no quiero volver ahí —aseguré.

Armando bajó la mirada.

—Tienes razón. —Aquello me dolió más de lo esperado—. Pero no puedo cambiar lo que siento.

La frase fue tan sincera que me dejó sin defensa.

Porque por fin, por fin, estaba diciendo las cosas claras. Sin esconderse. Sin rodeos. Sin miedo. Y precisamente por eso la respuesta salió sola.

—Lo intentaste durante cinco meses. —Apretó la mandíbula— Eso fue lo que me alejó de ti.

No fue tu exmujer, ni las discusiones ni las dudas.

Fue eso. Que me quisieras con hechos y me negaras con palabras.

Que me abrazaras y después dijeras que no era serio.

Que me eligieras todos los días y luego fingieras que no estabas eligiendo nada.

Las luces del salpicadero iluminaron su rostro. Y lo vi cansado. De verdad.

—Lo sé —admitió, sin defensa ni argumentos estúpidos.

Abrí la puerta y el aire fresco entró en el coche.

—Buenas noches, Armando.

—Buenas noches, Estela.

Salí y cerré la puerta. Y no miré atrás inmediatamente.

Porque ya sabía lo que encontraría. Un hombre al que seguía queriendo.

Un hombre que me seguía queriendo. Y dos personas que habían llegado al mismo lugar por caminos distintos.

El problema era que uno había tardado demasiado en llegar.

Y a veces el amor sobrevive a todo. Menos al tiempo.