93 BODA, BODA, BODA Y… ARMANDO
Estela
Al final elegimos peonías blancas y rosas color marfil porque según el vendedor representaban prosperidad, amor duradero, felicidad compartida y no sé cuántas cosas más que sonaban muy bien cuando las decía alguien rodeado de flores y que probablemente perderían bastante fuerza si las pronunciaba David mientras intentaba montar una cuna siguiendo instrucciones suecas.
Aun así, me gustaron, porque eran bonitas, porque Zoa sonrió cuando las vio cuando le envié fotos y porque durante unos segundos me permitieron olvidar quién estaba a mi lado. O intentarlo.
Cuando volvimos al coche ya era última hora de la tarde. El sol empezaba a caer. Madrid tenía ese color dorado que dura muy poco y que hace que todo parezca más bonito de lo que realmente es.
Yo iba hablando con Zoa por el manos libres de Armando.
—¿Entonces peonías?
—Y rosas marfil.
—¿Muchas?
—Muchas.
—¿Carísimas?
—Carísimas.
—Perfecto. David va a desmayarse.
—Eso he dicho yo —sumó Armando.
Escuché la carcajada de Zoa al otro lado.
—¿Y quedan bonitas?
—Preciosas —aseguré, y por el rabillo del ojo vi a Armando observándome.
—¿Mucho mucho?
—Mucho mucho.
—Vale. Confío en vosotros. Sois los mejores. —Armando sonrió y apartó la vista hacia la carretera—. Gracias. Y no os matéis.
—No prometemos nada.
—Lo sabía.
Cuando colgué volvió el silencio. El familiar, ese que te hace olvidar por qué te alejaste y te recuerda únicamente lo bueno.
Maldito silencio bonito, maldito Armando.
Pasamos varios minutos sin hablar.
—Tengo hambre —anunció Armando.
—Qué sorpresa.
—Llevamos cinco horas viendo flores.
—Tres.
—Han sido siete.
—Exagerado. ¿Tan larga se te ha hecho la tarde estando conmigo? —En serio, es que hablaba así porque con él me sentía en casa sin percatarme.
—Muchísimo. Han pasado ocho años.
Le di un golpe en el brazo y fue… un gravísimo error, porque me recordó la primera vez que lo hice, en aquella fiesta en primavera, cuando pensé que ese hombre estaba fuerte.
Sin embargo y por supuesto, no fue eso lo que me enamoró de él, sino todo lo demás, que era mucho, y no pensaba recordarlo en aquel momento, así que tragué saliva y me animé a seguir olvidándolo.
Pobre ilusa.
—Te invito a cenar.
—¿Qué? —Abrí los ojos mucho.
—Se nos ha hecho muy tarde. Te invito a cenar.
—No, gracias —alargué la ese final.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Gran argumento.
La conversación podría haber terminado ahí. Debería haber terminado ahí. Pero Armando nunca había sido bueno soltando las cosas cuando importaban.
—Podemos cenar.
—No podemos cenar.
—¿Por qué?
—Porque no tengo hambre.
—Tú siempre tienes hambre.
—Eso eres tú. No yo.
—¿Te acuerdas de cómo soy?
—Sí, de todo —apunté, y supo a qué me refería.
—Vale, pues tengo hambre. ¿Te parece si paramos en algún restaurante y comemos algo?
—No es buena idea.
—Tengo hambre. La mejor idea es que coma.
Bufé, me rasqué la frente y fingí normalidad, aunque ya no tenía ganas.
—Armando.
—¿Qué?
—No.
—Seguimos siendo amigos.
Aquello me hizo girar la cabeza.
Despacio.
—¿Amigos?
—Sí.
—¡Oh, sí, claro! Lo que siempre fuimos.
—No quería decir eso.
—Nunca dices lo que quieres. O sí. Lo acompañas de una broma y listo.
—¿Podemos comer algo sin discutir? Es fácil.
—No fue fácil, Armando. Esperar a que aceptaras lo que teníamos, lo que sentías… Y… —Resoplé—. Darme cuenta de que eso no iba a cambiar.
—Joder, Estela, yo solo quiero cenar.
—Pues cena en casa, o donde quieras, pero no conmigo.
—Quiero cenar contigo.
—Y yo quería que me quisieras. Todo no se puede tener.
—Yo te quería.
Levanté una mano.
—No, por favor. No digas nada más.
—Has empezado tú.
—Porque me… —Lo miré y… se estaba riendo. ¡Sonreía!—. ¿Te ríes? ¿En serio te hace gracia?
—Estela… Es que ahora mismo soy feliz. —Alcé las cejas—. Me hace feliz que estés aquí conmigo.
—Tú eres imbécil, de verdad. —Me ablandé—. Y yo más. —También sonreí.
—¿Cenamos?
Lo pensé.
—Vale. Como amigos.
—No somos amigos.
—No vamos a ser otra cosa.
—No lo digo por eso. Porque los amigos no se enamoran.
—Armando, déjalo, ya no estoy enfadada. No te odio, no voy a vengarme de ti, aunque me encantaría que te quedaras calvo…
—No te importaría.
—Es cierto, no me hubiera importado, te quería igual…
—¿Ya no me quieres?
—No voy a contestar a eso.
—Tampoco finjas.
—No finjo nada.
—Te encantaría darme un beso.
—Eres gilipollas, en serio.
—¿Muy en serio?
—Totalmente en serio.
—Han pasado tres meses.
—Los has contado.
—He apuntado los días, como los reclusos en las cárceles. ¿Sabes dónde?
—No lo has apuntado, pero sería en la libreta de la cocina.
Rio.
—He guardado tus notas.
—Y las lees de vez en cuando y te pones a llorar.
—No he llorado. ¿Tú has llorado?
—Sí, soy humana. Tú no, pero yo sí.
—He estado muy raro y triste, pero… No he llorado.
—Te he escuchado. ¿Quieres un premio?
—No lo entiendes. No me lo he permitido.
—Me parece perfecto. Me alegro por ti.
—Te echo de menos. —La frase salió de él tan bajito que casi pensé que la había imaginado. Pero no. La había dicho.
—No me lo pongas difícil. ¿Quieres ir a cenar?
—¿Tengo que elegir entre decírtelo o comer?
—Sí.
Se lo pensó, arrugó el ceño, bajó las cejas, convirtió los ojos en una fina línea…
—Elijo comer.
—Una elección excelente.