92 ELLA ERA LA PERSONA
Armando
Hay personas que te cambian la vida. Y luego están las que te la devuelven. Estela era las dos.
Durante meses había pensado que echar de menos a alguien consistía en recordar sus besos, sus abrazos o sus mensajes. Había pensado que la nostalgia era una colección de momentos felices guardados en una caja que uno abría de vez en cuando para hacerse daño, pero… qué equivocado estaba.
Echar de menos a alguien era algo mucho más sencillo y mucho más cruel. Era olvidar quién eras cuando estabas con esa persona y… recordarlo de golpe al volver a verla.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió cuando Estela salió del portal. No hubo explosión ni terremoto ni siquiera tristeza. Fue alivio. Eso es lo que sentí. El alivio inmenso y absurdo de alguien que llevaba meses caminando con una piedra en el zapato sin darse cuenta de que la llevaba.
La vi y la vida recuperó color. Así de simple, de estúpido y de real.
La sonrisa apareció sola. Y cuando ella sonrió también, aunque fuera solo un poco, tuve la sensación de que algo dentro de mí volvía a colocarse en su sitio.
Por eso hay personas que dejan huella, porque no solo ocupan espacio en tu vida, sino que ocupan espacio en ti.
Y cuando se marchan descubres habitaciones enteras vacías que ni siquiera sabías que existían.
Conduje hacia las afueras de Madrid intentando concentrarme en la carretera y no en la mujer sentada a mi lado. Fracasé estrepitosamente.
Ella miraba por la ventana. El viento movía algunos mechones de su pelo. Llevaba unos pendientes que no recordaba haber visto antes y una camiseta blanca sencilla que cualquier otra persona habría convertido en una camiseta normal.
Estela tenía la capacidad de convertir las cosas normales en recuerdos. Y eso era un problema. Porque todo me recordaba a ella.
La conversación durante el trayecto fue prudente, educada, casi adulta. Lo cual resultaba sospechoso tratándose de nosotros.
Hablábamos, callábamos y en algunos silencios aparecía la sensación de que los dos pesábamos exactamente lo mismo y ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando llegamos al vivero entendí por qué Zoa había insistido tanto. Aquello era enorme. Kilómetros y kilómetros de flores. Invernaderos. Macetas. Árboles. Y un aparcamiento lleno de parejas discutiendo sobre centros de mesa.
—Esto es Disneyland para novias.
Estela soltó una risa.
—Y para gente que tiene demasiado tiempo libre.
—David sería feliz aquí.
—David sería feliz en una ferretería si le prometen un descuento. —Me hizo sonreír. Y ella también lo hizo.
Una dependienta nos recibió cuando entramos.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarles?
—Venimos a elegir flores para la boda —lo dije sin pensar.
—Oh, estupendo. ¿Cuándo se casan? Hacen una pareja preciosa. —Se equivocó.
—Eh… Oh, no, no. No nos casamos nosotros. Ni siquiera somos pareja. No lo fuimos nunca —siguió Estela, y envenenó la última frase.
—Somos los encargados de las flores —informé—. Y no podemos decepcionarlos.
—No lo harán.
Nos explicó varias opciones. Y al cabo de unos minutos llegó otro vendedor que sabía muchísimo más del tema.
Yo dejé de escuchar. No porque no me interesaran las flores.
Bueno, sí. No me interesaban en absoluto.
¿A quién cojones le importa si en la mesa hay lavanda o margaritas?
A mí me interesaba Estela y me olvidé del resto.
La vi hablar con el hombre, preguntar, escuchar, sonreír, interesarse por todo, agradecer la explicación.
Tenía esa educación natural que no se puede fingir.
Esa capacidad para hacer sentir cómodo a cualquiera.
Y mientras la observaba pensé algo que no había pensado nunca.
O quizá sí lo había pensado y simplemente no me había atrevido a ponerle nombre.
Porque durante meses me había repetido que lo nuestro era solo química, atracción, conexión, deseo, palabras cómodas y seguras, una relación sin exigencias.
Pero verla allí, hablando de flores para la boda de dos amigos, sonriendo a un desconocido y moviéndose por el mundo exactamente igual que siempre, me obligó a aceptar una verdad mucho más grande.
Yo no echaba de menos acostarme con Estela.
Echaba de menos vivir con Estela. Y la diferencia era enorme.
Porque acostarte con alguien es compartir un momento.
Vivir con alguien es compartir una mirada, un silencio, una broma privada, una forma de entender el mundo.
Recordé nuestras cenas, las películas, las charlas que jamás nos dejaban enterarnos de la trama, las discusiones absurdas, los mensajes durante todo el día, las notas en el frigorífico, las veces que se quedaba dormida apoyada en mi hombro, las que me hacía reír cuando ni siquiera tenía ganas.
Y comprendí algo que me golpeó con la misma fuerza que una confesión.
Nosotros no follábamos. Hacíamos el amor.
La frase me habría dado vergüenza unos meses antes.
Me habría parecido cursi. Propia de alguien que no era yo.
Pero allí, rodeado de flores, viendo a Estela discutir con absoluta seriedad si las peonías simbolizaban prosperidad o abundancia, supe que era verdad.
Porque el sexo desaparece de la memoria mucho antes que el amor.
Y yo seguía recordando exactamente cómo se reía, cómo me miraba, cómo pronunciaba mi nombre cuando estaba enfadada, cómo me abrazaba cuando pensaba que estaba dormido.
Aquello no era deseo. Nunca había sido solo deseo.
—¿Armando?
Levanté la cabeza.
Estela me estaba mirando.
—¿Qué?
—Llevamos dos minutos llamándote.
El vendedor sonrió.
—Creo que se ha perdido.
—Demasiadas flores y gente enamorada a su alrededor —bromeó, y no me hizo ninguna gracia. Porque además, me di cuenta de algo: el problema no era haberla perdido, sino que la seguía queriendo más que antes.