Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 91 VERLO Y RECONOCERLO
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91 VERLO Y RECONOCERLO

Estela

Lo peor no fue verlo. Fue reconocerlo. Porque durante tres meses me había repetido que el tiempo lo cura todo.

Y era verdad. Hasta cierto punto. Porque el tiempo había cerrado heridas, calmado la rabia, suavizado la tristeza, lo que no había conseguido era borrar la forma en que mi cuerpo reaccionaba cuando Armando aparecía delante de mí.

Nos quedamos quietos, como dos adolescentes a los que acababan de pillar copiando en un examen.

—Hola, Estela.

—Hola, Armando. —Hubo un silencio absurdo, inmenso, incómodo, algo que jamás había pasado entre nosotros.

Los dos tratamos de sonreír y ninguno lo conseguimos.

—¿Qué tal?

—Bien. ¿Y tú?

—Yo también.

—Me alegro.

—Yo también.

Conversación correcta y… vergonzosa. Así que los dos nos echamos a reír, porque aquello era raro, muy raro para nosotros e hicimos lo que mejor se nos daba, reírnos de todo cuando estábamos juntos.

—Parecemos dos desconocidos esperando un autobús —apuntó.

—¿Nos damos dos besos?

Armando soltó una carcajada.

—No tengo ni idea.

—Yo tampoco.

—Qué situación más absurda.

—Grotesca.

Nos acercamos y nos dimos dos besos muy torpes, extraños, a destiempo. Casi nos topamos con la nariz. Y lo olí, su colonia, la misma de siempre, y odié que mi memoria siguiera guardando esos detalles. Me estremecí. Sí, su piel recorrió mi cuerpo como si estuviera acariciándome con ella.

Me aparté enseguida.

—¿Qué haces aquí?

—Venía a recoger a Zoa.

—Zoa tenía que recogerme a mí.

—“Hemozidoengañados” —soltó con su desparpajo de siempre y me reí, como hacía meses que no reía.

—Imbécil. —Me arrepentí de insultarlo antes de terminar de decirlo, porque para nosotros era algo cariñoso, familiar, una estrella en el pequeño universo que habíamos creado. Los dos notamos el cambio en el ambiente—. Yo había quedado con Zoa.

—Pues yo también.

Mi teléfono sonó.

Mensaje de Zoa.

Lo siento muchísimo. Me he encontrado regular de repente. Recuerda que estoy embarazada y puedo usar esta excusa cuando quiera. He mandado a Armando a recogerte. Confío plenamente en vosotros para elegir las flores. No matéis a nadie. Besos.

Me quedé mirando la pantalla. Después levanté la vista. Armando seguía observándome.

—¿Qué pasa?

Le enseñé el mensaje, lo leyó y, cuando terminó, soltó una risa breve.

—David y Zoa.

—David y Zoa.

—Son unos manipuladores.

—Y además bastante malos.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

—Bueno. —Guardé el móvil.

—¿Qué hacemos? —Levantó una ceja.

—Según parece… Comprar flores.

—Qué aventura.

—He vivido cosas más emocionantes.

—Yo también.

Volvimos a sonreír. Y aquello fue peligroso. Porque sonreírnos seguía siendo demasiado fácil, natural y… nuestro.

—Vamos. —Dijo señalando el coche.

Me puse nerviosa, de verdad, se me apretó el estómago, porque una cosa era verlo, y otra muy distinta compartir un espacio cerrado con él durante quién sabía cuánto tiempo.

Vamos, Estela, esto no es nada, me arengué.

Me senté en el asiento del copiloto y cerré la puerta.

Durante una décima de segundo ocurrió algo que me enfadó profundamente.

Porque el coche seguía oliendo a él. A su colonia, a su gel.

A Armando. Y recordé aquella tarde. Las cervezas.

Las risas. El primer beso. La primera vez que pensé que aquel hombre iba a complicarme la vida.

Qué poco sabía entonces.

—¿Estás bien? —Su voz me sacó del recuerdo.

—Sí.

—Vale. —Arrancó y aceleró, y durante unos segundos solo se escuchó el ruido del tráfico.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Estás bien?

Apretó una mano sobre el volante. Solo un instante.

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

—Entonces estamos los dos bien.

Él tardó unos segundos en responder.

—Supongo.

—Tomamos la decisión correcta —dije, y la frase, inocua en principio, cambió algo, porque la sonrisa le desapareció de la cara.

—No la tomé yo.

Giré la cabeza.

—¿Qué?

—La decisión. No la tomé yo. La tomaste tú.

Suspiré lentamente, porque aquello era exactamente lo que no quería hacer.

—¿Vamos a discutir sobre esto ahora?

—No estoy discutiendo.

—Se parece.

—Solo he dicho la verdad.

Lo observé unos segundos y sentí el enfado regresar, pequeño y controlado, pero vivo.

—No me dejaste otra opción.

No respondió ni yo quería que lo hiciera. Él seguía mirando la carretera, concentrado, con la mandíbula tensa, sin defenderse. No discutió. No se justificó. Simplemente guardó silencio. Y aquel silencio me dijo mucho más que cualquier respuesta.

El resto del trayecto transcurrió así. Con conversaciones pequeñas, con pausas demasiado largas, con recuerdos escondidos en cada semáforo y con una sensación extraña creciendo poco a poco entre nosotros.

La de dos personas que habían conseguido sobrevivir a la ausencia.

Pero que todavía no sabían qué hacer cuando volvían a encontrarse.