Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 90 DESCUBRIRTE DE NUEVO
84%

90 DESCUBRIRTE DE NUEVO

Estela

Hay una fase muy extraña después de que te rompan el corazón.

La gente cree que consiste en llorar. Y sí, al principio lloras.

Mucho. Después te enfadas. Después te convences de que estás mejor.

Y un día descubres que llevas una semana sin pensar en esa persona cada cinco minutos.

Luego una mañana entera. Luego dos. Luego tres.

Y un día te sorprendes riéndote de verdad por algo que no tiene nada que ver con ella.

No significa que la hayas olvidado. Significa que has aprendido a vivir con la ausencia. Y eso era exactamente lo que me había pasado durante aquellos tres meses.

No había dejado de querer a Armando. Simplemente había dejado de esperarlo. Que era muy distinto.

Terminaba de maquillarme cuando sonó el teléfono. Ni siquiera miré la pantalla porque sabía perfectamente quién era.

—Dime, novia histérica.

—No soy una histérica.

—Has llamado tres veces en veinte minutos.

—Eso es organización.

—Eso es acoso.

Escuché la risa de Zoa al otro lado. Aquella risa seguía teniendo algo luminoso. Más todavía desde que estaba embarazada.

—¿Estás lista?

—Casi.

—No llegues tarde.

—¿A elegir flores?

—Son las flores de mi boda.

—Exacto. Flores.

—No son solo flores. Son las flores —se detuvo en cada palabra.

—David te está afectando.

—No puedo negarlo. Es intenso. —Me puse un pendiente mientras ella seguía hablando—. Ha estado mirando opciones.

—Error.

—¿Por qué?

—Porque dentro de dos horas vas a terminar eligiendo las que te gusten a ti.

—Eso es cierto.

—¿Qué opciones tienes?

—Lirios.

—¡No!

—¿Por qué?

—Porque significan despedida en algunos sitios.

—¿En serio?

—Creo que sí.

—No te inventes cosas.

—Vale, me lo he inventado.

Zoa soltó una carcajada.

—Te odio. ¿Y rosas?

—Demasiado típicas.

—¿Peonías?

—Muy bonitas.

—¿Y qué significan?

—Ni idea.

—Menuda ayuda.

—Para eso me llevas. Para darte mi opinión y que luego hagas lo contrario.

—Es verdad.

Durante unos segundos seguimos hablando de flores, de colores, de centros de mesa. De si David era capaz o no de sobrevivir a una boda sin incendiar accidentalmente algo. La respuesta general fue que no.

—Vale. Salgo en veinte minutos. Te recojo.

—En eso hemos quedado.

—Y ponte guapa.

—Vamos a elegir flores.

—Pero hay que ir guapa, porque las flores… pueden marchitarse.

—Deja a David ya. No te cases. —Colgué sonriendo. Porque la vida seguía. Porque Zoa iba a casarse. Porque iba a tener un bebé. Porque las cosas bonitas seguían ocurriendo aunque mi corazón estaba roto y sanando.

Guardé el teléfono en el bolso y salí de la habitación.

Álvaro estaba en el salón con un libro abierto delante. Y exactamente la misma cara que pondría una persona a la que estuvieran torturando.

—¿Estás estudiando?

—Estoy fingiendo que estudio. Se me da bien, por lo visto.

—Se te da de coña. —Me acerqué y le di un beso en la cabeza. Él protestó automáticamente—. Voy a salir con Zoa.

—Os he escuchado. Hoy y todos los días. Llevas una semana hablando de flores.

—Es una boda importante.

—Todas las bodas son importantes para las personas que se casan y sus amigos y familiares.

—No seas tan listo.

—No puedo evitarlo.

Sonreí. Porque seguía teniendo razón demasiadas veces para mi tranquilidad.

—Volveré pronto.

—Sí, mamá.

—Y estudia.

—Sí, mamá.

—Lo digo en serio.

—Sí, mamá.

—Álvaro.

—Mamá. —Nos miramos y terminamos riéndonos.

—Te quiero.

—Ya lo sé.

—Qué arrogante eres.

—Lo he heredado.

Salí de casa todavía sonriendo, cogí el ascensor, bajé hasta el portal pensando en flores, en vestidos, en la boda, en cualquier cosa menos en Armando, y quizá por eso el golpe fue tan fuerte.

Porque no lo esperaba. Porque después de tres meses había dejado de buscarlo.

Porque había aprendido a atravesar los días sin preguntarme dónde estaría.

Porque había conseguido que su nombre dejara de aparecer en cada pensamiento.

Abrí la puerta del portal y… el mundo se detuvo, literalmente.

No durante mucho tiempo, solo un segundo.

Armando estaba allí, de pie, a pocos metros, con las manos en los bolsillos, mirando hacia el edificio.

Esperando. No sé a quién. No sé por qué.

No sé nada. Solo sé que durante tres meses me había preparado para volver a verlo.

Había imaginado conversaciones. Encuentros.

Casualidades. Había imaginado mil versiones distintas.

Y ninguna se parecía a aquella. Porque ninguna incluía aquel vuelco brutal en el pecho.

Aquella sensación de que el tiempo acababa de retroceder, la verdad insoportable de que algunas personas siguen siendo capaces de desordenarte el alma con una sola mirada.

Él, maldito él, levantó la cabeza y me vio. Y por la forma en que se quedó inmóvil comprendí algo inmediatamente. Que el shock no era solo mío.