89 CUANDO CUENTAS LOS DÍAS Y LAS NOCHES
Armando
Dos meses. Sesenta y un jodidos días. No los había contado.
Bueno, sí, claro que los había contado. Al principio no todos, o también.
Algunas veces. Los días malos, esos en los que algo ocurría y mi primer impulso seguía siendo escribir a Estela, esos en los que veía algo estúpido y pensaba que ella se habría reído, cuando encontraba un chiste gracioso en Instagram o TikTok y se lo habría mandado para que se muriera de la risa, esos en los que me sorprendía sonriendo por un recuerdo y después me acordaba de que ya no podía llamarla para contárselo.
Sí, con Estela todo tiene que ver con risas.
Ella es una carcajada gigantesca e inagotable.
Aquella tarde estaba en el gimnasio con David. Por suerte. Porque cuando David entrenaba hablaba menos. No mucho menos. Pero algo.
—Venga. —Solté la barra sobre el soporte—. Dilo ya.
—¿Qué? —Levantó la cabeza.
—Llevas una hora con cara de idiota.
—Tengo cara de idiota siempre.
—Hoy más. ¿Qué pasa?
—Nada. —Sonrió a lo grande.
—David.
—Vale. —Dejó las mancuernas en el suelo—. Le he pedido matrimonio a Zoa.
Me quedé inmóvil unos segundos.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿Cuándo?
—Hace… casi un mes.
—¿Y me lo dices ahora?
—Quería disfrutarlo un poco antes de que empezaras a llamarme loco.
Solté una carcajada, por primera vez en dos meses.
—Estás loco.
—De remate.
—Y no te importa.
—En absoluto.
—Vais a tener un bebé. Y te casas. Eres un inconsciente.
David abrió los brazos.
—Y sin embargo soy feliz.
Me arrancó otra sonrisa, me acerqué a él y lo abracé. Porque lo quería y era mi amigo. Porque, a pesar de todo, verlo tan feliz resultaba contagioso.
—Enhorabuena, cabrón.
—Gracias.
—La has encontrado.
—Sí. —Recuperamos el aire—. Hay una cosa más.
—Dímelo.
—Vas a ver a Estela.
El corazón me dio un golpe seco dentro del pecho.
—¿Qué?
—En la boda.
—Ah, claro. —Cogí una botella de agua, bebí un trago, luego otro, y otro. Como si el agua pudiera solucionar aquello. Por supuesto, no funcionó, para nada, en absoluto.
—Bueno.
—Bueno.
—Es normal.
—Sí.
—Es amiga de Zoa.
—Sí.
—Claro que irá.
—Sí.
David sonrió.
—Estás acojonado.
—Estoy bien.
—No lo estás desde que te dejó.
—Lo estoy.
—Lo que tú digas, campeón.
La imagen apareció sola. Estela. Dos meses después. No sabía cómo estaba, a lo mejor se había cambiado de peinado. No la había visto, ni siquiera en el portal. Había coincidido con Álvaro, pero no con ella, y eso me resultaba muy raro.
Llevaba dos meses sin llamarla, respetando su decisión, sin saber cómo estaría, si estaría enfadada o triste, o… feliz. No la había llamado ni buscado ni pasado casualmente por su oficina. Nada. Y había sido una de las cosas más difíciles que había hecho nunca.
—Y tú… ¿llevas dos meses sin follar? —cuestionó David de golpe y porrazo.
—¡¿Qué?! ¡¡Sí!! ¡¡Digo no!!
—Tío, qué mentiroso eres. —Negó con la cabeza.
—¿Cómo que mentira?
—Te conozco.
—Quedé con una chica —suspiré—. La conocí en un bar. La invité a una copa y… Hemos quedado dos veces.
—Para jugar al parchís.
—Y nos acostamos.
—Continúa.
—No significó nada.
—Ya.
—Nada.
—Supongo.
—Es guapa, divertida, inteligente. —Mi amigo sonrió, porque ya sabía cómo terminaba aquello—. Pero no era Estela. No ríe como Estela, no habla como ella. Con Estela me sentí cómodo desde el principio, como si la conociera de antes. Con Bego…
—Se llamaba Bego.
—Eso he dicho.
—Sigue, sigue. Perdón por la interrupción.
—Pues eso… —Suspiré, otra vez—. Con Bego follo y ya está. No tengo ganas de contarle tonterías o lo que me ocurre durante el día, no tengo ganas de quedarme en la cama después.
—Folláis en la cama. Qué típico.
—Tío, te estoy abriendo mi corazón.
—Estoy a punto de llorar. Que te jodan, por gilipollas.
—Me encantaba escuchar a hablar a Estela, aunque no tuviera ni idea de lo que me contaba algunas veces. —Se me dibujó una sonrisa en el rostro sin darme cuenta.
—¿Ves la diferencia? O tengo que explicártela. Porque es enorme.
Claro que la veía. Había descubierto algo durante aquellos dos meses, algo que nadie me había explicado, y era que echar de menos a una persona no es echar de menos sus besos, aunque también, ni el sexo, ni la compañía, sino descubrir que tu felicidad se había acostumbrado a vivir cerca de esa persona y que ahora tenía que orientarse sola.
David se sentó en un banco.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que ya no puedes engañarte.
No respondí, porque esa frase llevaba semanas rondándome la cabeza.
Ya no podía esconderme detrás de Lucía, ni de la separación, ni del miedo.
Ni detrás de nada. Porque el tiempo había hecho lo que el tiempo siempre hace.
Había eliminado las excusas. Y había dejado solo la verdad.
Una verdad incómoda. Dolorosa. Sencilla.
Me había enamorado de Estela, antes de lo que me hubiera gustado admitir, antes de lo que pensaba.
De nada había servido luchar contra ello.
Y seguía queriéndola. Y cada día que pasaba estaba un poco más seguro de ello.
Lo único que todavía no sabía era qué hacer con esa certeza ni si estaba preparado para lo que ella merecía.
—No me da miedo la boda, pero sí el tener que verla —admití en voz alta—. Y descubrir que ella ha aprendido a vivir sin mí.