Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 88 EL DESPUÉS
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88 EL DESPUÉS

Estela

—Voy a pedir una cerveza.

—Yo una sin alcohol.

—Y yo un divorcio. —Paula dejó la carta sobre la mesa.

Zoa y yo la miramos al mismo tiempo.

—¿Repites?

—Lo que habéis oído.

—No puedes pedir un divorcio en una terraza.

—Pues deberían servirlos.

—Con tapa.

—Y aceitunas.

Las tres nos echamos a reír.

La tarde era agradable. Hacía calor, pero permitía sentarse en una terraza sin sentir que participabas en un experimento científico estilo quién aguanta más en el infierno.

Había pasado un mes. Un mes entero. Lo sabía porque había contado los días. Hay cosas que se me olvidan al momento, otras… se quedan en mi memoria para siempre. Armando iba a ser una de ellas, lo había aceptado.

—No estoy bromeando —aseguró Paula.

—Sí estás bromeando.

—Por favor, dinos que bromeas —rogué.

—No.

La camarera nos interrumpió y pedimos tres cervezas, una sin alcohol para la embarazada.

—Sigo pensando que lo del embarazo te lo has inventado —apuntó Paula.

—Claro, esta barriga es porque estoy más gorda.

—Estás más gorda. —Paula levantó la mano.

—Porque tengo a un ser creciendo dentro de mí.

—Por favor, centrémonos en tu tragedia —advertí.

—Mi tragedia es que llevas diez años casada y no veo a mi marido.

—Sí lo ves —anoté.

—Tres veces al año.

—Eso suele ayudar a que duren los matrimonios —bromeé.

Paula señaló mi cerveza.

—Dijo la divorciada.

—Porque yo veía a Darío todos los días. —Reímos.

—Vaya ánimo que me dais —suspiró Zoa.

—Y experiencia profesional —seguí, volvimos a reír.

Conversamos sobre la boda, los preparativos, David y su idea de poner un castillo hinchable para adultos en la barra libre.

—Es un niño grande —comenté.

—Ayer compró un libro que se llama "Cómo ser un padre excelente" —explicó Zoa—. Pero ni ha empezado a leerlo. Dice que es mejor improvisar.

—¿Y para qué lo ha comprado?

—Yo qué sé. —Zoa encogió los hombros—. Lo abrirá cuando lo necesite. Para dormir al niño.

—Le dará con el libro en la cabeza —apuntó Paula.

—Ganas no le faltarán —dije yo, y reímos de nuevo.

Se me daba bien reír a pesar de los pesares. Echaba mucho de menos a Armando, no pasaba un día sin acordarme de él, sin embargo, había aprendido a sobrevivir a ratos, y digo a ratos porque no servía para estar triste. Los suspiros me duraban minutos. Después me recomponía.

—Dios ampare a ese niño —pidió Paula.

—David va a ser un buen padre. Estoy segura.

—Seguro que sí. —Apreté la mano de Zoa.

Estaba feliz. Muy feliz. Se le notaba en la cara. En la forma de sonreír. En la manera de hablar de David. Y sentí una alegría sincera por ella. Porque algunas personas encuentran el amor y se lanzan. Sin casco. Sin mapa. Sin instrucciones. Simplemente saltan.

—El otro día David me dijo que Armando… —Zoa se quedó callada.

—Oye, no tienes que cortarte. Armando es tu amigo.

—Es amigo de David. Tú eres mi amiga.

—Bueno, es normal que seáis amigos. Todos tenemos espacio en este grupo.

—No cuando no podéis ni veros —interrumpió Paula.

—Sí podemos vernos. Es que… no hemos coincidido —me defendí.

—Claro, claro. No quieres venir al gimnasio conmigo y… ¿hace cuánto que no vas a casa de tus padres?

—Tengo mucho trabajo.

—No quieres encontrarte con él. Admítelo —insistía Paula.

—Prefiero no verlo —acepté.

—Vas a tener que verlo, Estela. Eres mi dama de honor y…

—No voy a ser tu dama de honor, no tengo edad para eso.

—Mi dama de honor tendrá la edad que a mí me dé la gana. Y tú vas a serlo. ¿Discutes con una embarazada? —Arrugó el ceño.

—No quiero discutir.

—Pues di que sí.

—Vale, pero… no voy a vestir de rosa.

—Eso no se hace desde que se casó mi madre.

—Tu madre me lleva siete años. —Soltamos unas carcajadas—. Puedes hablar de él. Lo que quieras.

—Estela...

—En serio. No hace falta que cambies de tema cada vez que aparece su nombre. No hace falta que todos caminéis de puntillas. No me voy a poner a llorar. ¿Cómo está? —Lancé la pregunta para dar normalidad.

Zoa bajó la mirada hacia su vaso.

—Bueno...

—¿Qué?

—No está mal.

Aquello me alivió y me dolió. Las dos cosas a la vez.

—Me alegro.

—Pero...

—Siempre hay un pero —suspiró Paula.

—¿Pero qué?

Zoa jugó unos segundos con la servilleta.

—No dice mucho. David tampoco. Porque intentan respetarte. Pero...

—Zoa.

—Ha cambiado.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—¿Cómo?

Ella tardó unos segundos en responder.

—No sé. Simplemente... ya no se ríe igual.

—Tendrá problemas en el trabajo, o… con su exmujer.

—No es eso. Sale, trabaja, entrena, hace su vida… Pero… Yo sé que no está bien del todo.

—Sería raro que no le doliera un poco, coño. Habéis estado saliendo… ¿cuánto? ¿Medio año? —Paula levantó la voz.

—Más o menos… —yo no.

—Pues eso. Me caería mal si le diera exactamente igual.

Pensé algo absurdo de repente. En que hacía un mes habría sabido exactamente qué estaba haciendo Armando en ese momento. Y ahora no tenía ni idea. La vida cambia muy deprisa. Más de lo que uno cree.

—Bueno. —Intenté sonreír—. Sobrevivirá.

Pero yo hablaba de otra cosa, no de supervivencia ni de vivir, sino de echar de menos y de cómo algunas ausencias ocupan más espacio que las personas cuando estaban presentes.