87 SORPRESAS Y… EL AMOR
Estela
Dos semanas después…
Cuando salí del portal y lo vi apoyado junto a su coche, el corazón me dio un vuelco tan fuerte que durante un segundo me enfadé conmigo misma.
Dos semanas. Dos meses sin verlo. Dos semanas intentando reconstruirme. Dos semanas convenciéndome de que ya daba igual. Y bastó una mirada para descubrir que algunas mentiras nos las contamos para sobrevivir.
Armando levantó la cabeza al verme. Llevaba las manos en los bolsillos, la barba un poco más larga y el gesto cansado. Y unos ojos que parecían haber dormido tan poco como los míos.
Mi primer impulso fue cruzar la calle. El segundo también. Pero ya era tarde. Él ya venía hacia mí.
—Estela.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
—Pues yo no. —Intenté seguir caminando. Armando se colocó delante de forma desesperada.
—Por favor. Solo cinco minutos.
—No.
—Estela.
—He dicho que no.
—Dime al menos qué ha pasado.
Sonreí con asco y dolor.
—¿Qué ha pasado?
—Sí.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que lo digo en serio.
Lo miré. Y durante unos segundos pensé que estaba actuando. Que fingía. Que mentía. Porque la alternativa era mucho peor. La alternativa era que realmente no tuviera ni idea de lo que estaba hablando.
—¿De verdad no lo sabes?
—No.
—¿Ni siquiera lo imaginas?
—Ya te he dicho que no. —Aquello me desarmó un segundo. Porque parecía sincero. Y eso me confundió— ¿Podemos hablar tranquilamente?
—No quiero hablar contigo.
—Yo sí quiero hablar contigo. —Sonó a verdad—. Por favor. Cinco minutos.
Lo pensé. No quería discutir allí, en medio de la calle.
—Cinco minutos. Nada más.
—Vale. —El alivio que apareció en su cara me hizo daño. Porque seguía importándome. Y porque él seguía sin entender hasta qué punto—. Gracias.
—No me des las gracias.
Subimos en silencio. Entramos en casa. Y durante unos segundos ninguno supo dónde colocarse.
Aquello me resultó extrañamente triste. Porque meses atrás Armando habría abierto la nevera, sacado dos cervezas, nos habríamos sentados en el sofá, me hubiera contado un chiste muy malo, yo me hubiera reído, me habría enamorado un poco más y nos habríamos besado.
Ahora parecía un desconocido. Y quizá eso era lo que más miedo me daba. Que tal vez siempre lo había sido.
—Habla.
Armando tragó saliva.
—¿Qué pasa?
—¿Todavía no lo sabes?
—No.
—¿Lo juras?
—Sí.
Busqué una grieta, lo observé, busqué la mentira, la duda, algo, y no encontré nada. Y precisamente por eso exploté.
—Sé lo de Lucía.
Vi cómo fruncía el ceño.
—¿Qué pasa con Lucía?
Perdí la poca paciencia que me quedaba.
—No me tomes por imbécil.
—No te estoy tomando por imbécil.
—¿No?
—No.
—Pues alguien os vio.
—¡¿Qué?!
—Alguien os vio. A ti y a Lucía. Besándoos.
La cara de Armando cambió a sorpresa. A auténtica sorpresa. Y aquello volvió a confundirme. Porque yo esperaba otra cosa. Una excusa, una justificación, una mentira.
—Estela...
—No. Ahora me escuchas tú. —Las lágrimas ya estaban cayendo. Y las odié. Porque llevaba semanas prometiéndome que no volvería a llorar por él— ¿Querías volver con ella?
—¡¿Qué?!
—¿Querías volver con ella?
—¡No!
—¿Y por qué ella cree que sí?
—¿De qué hablas?
—¡Lucía cree que has querido volver con ella todo este tiempo! ¡Y si es así, ¿por qué estabas conmigo?! ¡¿Dónde quedo yo en todo eso?! ¡¿Por qué demonios me has tenido a tu lado?! ¿Por qué me has mareado durante meses? ¿Por qué? ¿Por qué has jugado conmigo?
Armando dio un paso hacia mí y alargó el brazo.
—No he jugado contigo.
—No me toques.
Se quedó inmóvil. Porque aquella frase le hizo daño. Pero a mí también. Porque una parte de mí seguía queriendo que me abrazara. Y precisamente por eso necesitaba mantenerlo lejos.
Armando tardó unos segundos en reaccionar. No porque estuviera buscando una mentira. No porque estuviera intentando escapar. Simplemente porque estaba intentando entender qué demonios acababa de ocurrir.
—¿Quién te ha dicho eso?
—¿Eso es lo importante?
—No. Pero quiero saberlo.
—¿Eso cambia algo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiero entender de dónde ha salido esta historia.
Me limpié las lágrimas con rabia.
—Pues alguien os vio. A ti y a Lucía. Besándoos.
—Eso es cierto.
La respuesta me dejó inmóvil y mi corazón, ya roto, volvió a resquebrajarse.
—¿Qué?
—Es cierto. Aquella tarde nos vimos. Y Lucía me besó. —Armando dio un paso hacia mí. Yo lo di hacia atrás—. Pero...
—No quiero saber más —sollocé.
—Déjame terminar.
—¿Para qué?
—Porque no es lo que crees.
—Es verdad. Lo has dicho.
La discusión empezó a subir de temperatura.
—Lucía me besó. Yo me aparté.
—¿Y ya está?
—Sí.
—¿Y pretendes que me lo crea?
—Porque es verdad.
—¿Y por qué no me lo contaste?
Armando abrió la boca y la volvió a cerrar. Sabía perfectamente por qué. Porque habría sido incómodo. Porque habría tenido que dar explicaciones. Porque habría removido demasiadas cosas. Porque no quería discutir. Porque pensó que no tenía importancia. Y precisamente por eso no lo contó.
Vi cómo se daba cuenta al mismo tiempo que yo.
—Joder...
—Exacto.
—Estela...
Yo lloraba, porque ese era el problema. No el beso ni Lucía ni siquiera la mentira, sino que yo ya no sabía qué parte de nuestra historia era verdad y cuál no.
—No quería volver con ella. Ni quiero.
—¿Y cómo voy a saberlo?
—Porque te estoy mirando a los ojos y te lo estoy diciendo.
—Nunca me dijiste que me querías.
—Nunca te dije que no te quería.
—Jamás un “te quiero”.
Su mandíbula se tensó. Y vi aparecer algo en su mirada. Dolor. Uno profundo. Antiguo. De esos que vienen de mucho más lejos.
—Eso no es justo.
—¿No?
—No. Porque sabes perfectamente lo que siento por ti.
Negué. Y las lágrimas volvieron.
—No. Ya no lo sé. Ya no sé nada. Porque una persona que te quiere no pasa meses escondiéndose.
No pasa meses diciéndole al mundo que no eres importante.
No pasa meses explicando por qué no puede.
No pasa meses teniendo miedo. —Gemí—. Yo habría luchado por ti.
—Esta verdad desnuda y sin orgullo nos envolvió en mutismo.
—Lo sé. —Su voz se rompió también.
—Y ni sabiéndolo luchaste nunca por mí.
Armando cerró los ojos un instante. Porque aquella frase encontró exactamente el lugar donde más daño podía hacer. Y porque él también sabía que había parte de verdad en ella.
—No sabes la cantidad de veces que he luchado conmigo mismo.
—Ese es el problema. Que siempre estabas luchando contigo. Nunca por nosotros.
El silencio se hizo enorme, pesado, triste, muy triste. Y durante unos segundos me dio la sensación de que los dos habíamos llegado al mismo lugar por caminos distintos. A un sitio donde ya no quedaban argumentos. Solo heridas.
—Estela —musitó—. Claro que te quiero.
Aquello me hizo cerrar los ojos. Porque llevaba meses esperando escucharlo. Meses. Y llegaba demasiado tarde. Demasiado.
Noté cómo una lágrima resbalaba por mi mejilla. Y sonreí. La sonrisa más triste de mi vida.
—A veces hubiese necesitado escucharlo. —Armando bajó la cabeza y eso me hizo más daño que cualquier discusión.
Porque entendió exactamente lo que quería decir.
No era una declaración ni una victoria, no cambiaba nada.
Llegaba cuando ya no servía—. Hubiese necesitado escucharlo cuando todavía podía creerme todo lo demás.
Todo estaba ya encima de la mesa. El amor. Los miedos. Las dudas. Las mentiras. Las verdades. Y aun así seguíamos estando demasiado lejos.
Respiré hondo. Intentando recomponerme. Intentando no derrumbarme otra vez.
—Por favor —susurré—. Vete.
—Estela… —No se movió.
—Por favor. Ahora sí. Porque si te quedas voy a volver a perdonarte. Y ya no sé si puedo seguir haciéndolo.
La frase lo destrozó, lo vi, porque aparecieron lágrimas en sus ojos.
No llegaron a caer. Pero estaban ahí. Por primera vez desde que lo conocía.
Y eso me rompió el corazón. Porque seguía queriéndolo.
Porque él seguía queriéndome. Y porque a veces el amor no basta para salvar una historia.
A veces llega un momento en el que ya no se trata de cuánto quieres a alguien.
Sino de cuánto daño te estás haciendo intentando quedarte.
Armando asintió una sola vez. Después caminó hacia la puerta. Lento. Como un hombre que sabe exactamente lo que está perdiendo. Y cuando llegó al marco se detuvo. Sin girarse. Sin mirarme. Sin atreverse.
—Lo siento.
Fue lo único que dijo. Y por primera vez en muchos meses yo le creí. Pero no lo llamé. No corrí detrás de él. No le pedí que se quedara. Porque hay amores que terminan cuando desaparecen los sentimientos. Y otros que terminan precisamente porque siguen existiendo.
La puerta se cerró. Y el silencio que quedó detrás fue el más doloroso de todos. Porque ninguno de los dos podía culpar al amor. El amor seguía allí. Lo que había llegado demasiado tarde era todo lo demás.