Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 86 CUANDO EL CORAZÓN Y EL ALMA PESAN
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86 CUANDO EL CORAZÓN Y EL ALMA PESAN

Estela

Llegué a casa agotada, porque el corazón me pesaba tanto que quería sacarlo aunque no supiera dónde colocarlo.

Dejé el bolso sobre el sofá y me quedé unos segundos inmóvil en mitad del salón. El silencio normal de un día normal para el resto del mundo. Y eso me enfadó un poco. Porque no entendía cómo el mundo podía seguir exactamente igual cuando el mío acababa de volverse del revés.

Me apoyé contra la encimera de la cocina y cerré los ojos. Durante unos segundos pensé en llamar a mi madre. Después pensé en llamar a Paula y contarle lo que me estaba ocurriendo. Después pensé en apagar el teléfono y desaparecer una semana entera.

—Mamá. —Álvaro acababa de salir de su habitación.

Abrí los ojos y lo miré. Él sí era mi mundo. El único que importaba.

Llevaba unos auriculares alrededor del cuello y una camiseta arrugada. Me miró una vez y supe que había perdido la batalla de fingir que estaba bien.

—Hola.

—¿Qué ha pasado ahora?

—¿Ahora?

—Sí. Porque llevas dos días con cara de protagonista de drama romántico.

—Eres idiota. Como todos los hombres de este planeta. —Me senté en una de las sillas de la cocina. Álvaro se sentó frente a mí y esperó, porque sabía que yo terminaría contándoselo todo.

—Creo que Armando me ha mentido.

—¿Qué ha hecho? —Frunció el ceño.

—Me he enterado de que estuvo con Lucía.

—¿Su ex?

—Los vieron besándose hace aproximadamente un mes.

—No.

—¿No qué?

—Que no me lo creo.

—¿Qué? Esperaba que te enfadaras.

—No me lo creo. Lo conozco poco. Pero no me lo creo.

—Pues yo sí me lo creo.

—¿Y por qué?

—Porque alguien lo vio.

—¿Quién?

—Samuel. Y no solo es eso. Ha estado quedando con ella, dándole esperanzas. Impidiendo que se aleje.

—Sigue sin encajarme.

—Es así.

—Porque te lo han dicho.

—También me han dicho que Armando trata de volver con ella.

—¿Y por qué no vuelven? ¿Ella no quiere?

—Hasta dónde sé, sí.

—No me cuadra.

—Pues encaje o no, te cuadre a ti o no, estoy cansada.

Muy cansada. No quiero pensar más. No quiero hablar más.

No quiero analizar más. No quiero entender más.

Quiero tranquilidad. Quiero paz. Quiero despertarme un día sin sentir este nudo aquí.

—Me llevé una mano al pecho. Porque era exactamente ahí donde dolía.

—¿Y qué ha pasado?

—Lo llamé para preguntarle en persona. Y después me arrepentí. No quiero verlo. No quiero saber nada. No quiero escucharlo ni seguir dando vueltas a esto. Quiero olvidarme de Armando, de su ex, de todo…

—La felicidad cuesta —me interrumpió.

—¿Qué?

—La felicidad. Cuesta. Siempre cuesta.

—Eso ha sonado muy profundo para alguien que suspende filosofía.

—Precisamente por eso. Las dos cosas no están relacionadas. —Nos reímos—. Las cosas importantes cuestan. Las personas importantes cuestan. Las guerras cuestan. Las luchas cuestan. Todo deja heridas. —Se encogió de hombros—. Pero a veces merece la pena.

Me quedé observándolo. Porque ya no era un niño. Y de repente me di cuenta de cuánto había crecido.

—¿Me estás diciendo que luche por Armando?

—Te estoy preguntando si estás segura de que no quieres hacerlo.

Respiré hondo. Y durante unos segundos pensé en Armando. En su sonrisa. En nuestras bromas. En sus abrazos. En la forma en que me miraba. En la forma en que me hacía sentir. Absolutamente todo.

Después cerré los ojos. Y respondí:

—Yo habría luchado hasta el final. Lo habría hecho.

Por él. Por mí. Por nosotros. Por lo que teníamos.

Por lo que sentía. Por lo que seríamos. —Abrí los ojos.

Y esta vez fue mucho más difícil seguir hablando—.

Pero Armando nunca ha luchado por mí. —Me mordí el labio, porque hay verdades que duelen demasiado. Y aquella era una de ellas.

Me levanté y fui hasta la cafetera. Necesitaba hacer algo con las manos.

Álvaro siguió sentado donde estaba y me observaba.

—Yo no estoy tan seguro.

Me giré.

—¿De qué?

—De que no haya luchado.

Lo miré unos segundos. Después aparté la vista.

Porque ya no tenía fuerzas para seguir hablando de Armando.

No aquel día. No después de todo. Y porque había una diferencia enorme entre luchar por alguien...

y luchar contra tus propios miedos. La primera deja cicatrices.

La segunda cambia una vida entera. Y yo ya no sabía si Armando era capaz de ganar esa guerra.