85 DESEANDO VERLA
Armando
Llegué veinte minutos antes. Lo descubrí cuando miré el reloj por quinta vez y seguían faltando diecisiete minutos para las cinco.
Normal. Absolutamente normal. Sobre todo para un hombre que llevaba dos días durmiendo fatal, pensando demasiado y repasando una conversación una y otra vez hasta aprenderse de memoria cada palabra.
Apoyé los brazos sobre el volante y observé la entrada del edificio de oficinas. Entraban personas. Salían personas. Ninguna era Estela. Todavía.
Me había llamado. Eso era lo importante. Me había llamado. Después de todo, de la discusión y del silencio. Después de aquel mensaje estúpido que le envié porque estaba herido y porque, por una vez, quise protegerme antes de que me hicieran más daño.
Vale. No te escribiré más.
Qué gilipollez.
La frase volvió a mi cabeza y tuve ganas de pegarme a mí mismo. Porque sonaba exactamente igual que lo que era. Una pataleta. Una rendición. Una estupidez.
La había echado de menos desde el mismo instante en que se bajó del coche el sábado por la noche. Y ahora iba a verla. Por fin.
Respiré hondo.
Quizá todavía había solución, podía explicarme mejor, decirle lo que no había sabido decirle aquella noche.
No todo. Todavía no. Pero sí algo. La verdad.
La de verdad. Que estaba muerto de miedo.
Que ella me había cambiado los planes. Pero que la vida con ella era mejor, que sonreía más, que reía más, que dormía mejor.
Bueno. Dormía mejor antes de la discusión.
Que echaba de menos sus mensajes. sus bromas, sus notas en el frigorífico, su manera de abrazarme, de darme besos en el cuello, su forma de convertir cualquier día normal en un día mejor.
Y que, aunque seguía teniendo miedo, empezaba a sospechar que el problema no era Estela.
Nunca había sido Estela. El problema era yo, por gilipollas y subnormal.
Ah, sí, e imbécil. Y eso ya era un avance.
David estaría orgulloso.
Miré el reloj. Las cinco en punto. Me incorporé del asiento y la busqué. Creí verla y me puse más nervioso. Pero no era Estela, sino Zoa. Miraba directamente hacia mí. El corazón me dio un vuelco porque supe que algo iba mal.
Abrí la puerta del coche antes de que ella llegara.
—¿Dónde está Estela?
—No va a venir.
—¡¿Qué?!
—No va a venir.
—¿Por qué?
—Porque no quiere verte.
—Eso no tiene sentido. Me llamó ella. Quedamos. Me dijo...
—Sé lo que te dijo. Estaba delante.
—Entonces ¿qué pasa?
—Me pidió que te dijera algo. —Respiró hondo.
—¿Qué?
—Que se equivocó.
—¿En qué? Es una broma ¿no?
—Que te llamó demasiado deprisa. Que pensó que necesitaba hablar contigo. Pero ya no.
—Esto no puede ser verdad. No tiene sentido.
—Lo siento. O no, no lo siento.
—¿De qué hablas?
—También me pidió que te dijera que no quiere volver a verte.
Aquello me golpeó. Fue como una patada en los cojones.
—¿Qué?
—Que no quiere saber nada más de ti. Que la dejes en paz.
Durante unos segundos fui incapaz de reaccionar. Esperé a que dijera algo más, que me diera una explicación lógica.
—Tengo que hablar con ella.
—No quiere hablar contigo.
—¡Me ha llamado ella! ¡Para hablar conmigo! —Levanté las manos, incrédulo.
—Se ha arrepentido.
—¿De qué demonios hablas? —Puse los brazos en jarra y respiré hondo—. Aparta.
—No.
—Voy a hablar con ella.
—No.
—Zoa, aparta. —Intenté avanzar hacia la entrada. Ella se movió y me cortó el paso.
—Ni se te ocurra.
—Tengo que verla.
—No.
—Es una conversación entre ella y yo.
—Y ella ha decidido que no quiere tenerla.
—No puedes decidir eso por ella.
—No lo estoy decidiendo yo. Lo está decidiendo ella.
Miré hacia las puertas de cristal. Esperando verla aparecer. Esperando cualquier cosa.
—Armando.
—¿Qué ha pasado?
—No me corresponde a mí contártelo.
—Dímelo.
—No.
—Zoa, somos amigos.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros y fue definitivo. Porque de repente entendí que no iba a verla. No aquel día. No de aquella forma. No después de aquello.
Me pasé una mano por la cara, agotado, confundido, cabreado. Y triste. Sobre todo triste.
—Joder.
Zoa no respondió. Me di la vuelta y volví al coche, abrí la puerta y antes de cerrarla escuchó la voz de Zoa por última vez.
—Si es verdad, déjala en paz para siempre.
No entendí nada y me callé, porque si abría la boca iba a decir algo de lo que seguramente me arrepentiría.
Me senté y cerré de un portazo, arranqué y salí de allí más rápido de lo que debería.
La rabia me quemaba dentro, la impotencia, la frustración, el miedo. Todo mezclado.
Conduje varias calles sin rumbo. Sin pensar. Hasta que la radio cambió de canción. Y ocurrió. Los primeros acordes. Una voz. Una melodía demasiado conocida. Superestrella.
Solté una carcajada amarga. De esas que no tienen nada de humor.
—Joder. —Apreté el volante—. Cállate ya.
—Se lo dije a la radio, a la canción, al universo, al maldito destino, a quien estuviera escuchando.
Porque aquella canción era Estela. Las risas en el coche.
Los mensajes. Las bromas. Las noches. El sexo.
Las tardes. Las cervezas. Los paseos. Los abrazos, su pelo, su olor, su piel, sus gemidos, sus suspiros, sus ojos… Todo.
Cada nota, cada palabra. Todo me recordaba a ella.
Podría haber cambiado de emisora, haber apagado la radio.
Podría haberla quitado. Pero no lo hice.
Porque dolía. Y precisamente por eso la dejé sonar.
Porque a pesar de que dolía, me hizo sonreír, porque eso era lo que hacía Estela sobre mí, ella y todo lo que me recordaba a ella me hacía inmensamente feliz.
Y recordé que David tenía razón, que había esperado demasiado, que el miedo no solo estaba complicándome la vida, sino que empezaba a quitármela, porque desde que conocí a Estela, en ese momento, hubo algo más aterrador que enamorarme de ella, la posibilidad real de perderla.