Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 84 DOLORES QUE ARRASAN CON TODO
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84 DOLORES QUE ARRASAN CON TODO

Estela

Hay dolores que arrasan con todo. Lo que Samuel acababa de contarme no se parecía a nada que hubiera sentido antes.

Porque no era tristeza. Ni siquiera celos, sino algo mucho más frío, más difícil.

La sensación de que quizá la persona a la que habías entregado el corazón no era quien creías que era.

Me quedé mirando la fotografía de Armando en la pantalla del móvil.

La misma fotografía que unos minutos antes me había provocado nostalgia.

Ahora me provocaba rabia. No. Rabia no. Desconcierto.

Porque mi cabeza era incapaz de unir las piezas.

No encajaban. No podían encajar. Armando no era un mentiroso ni un manipulador.

Armando no era un hombre capaz de jugar con dos mujeres al mismo tiempo.

¿O sí?

La pregunta apareció y ya no quiso marcharse.

Porque de pronto todo era diferente. Las dudas, los silencios, Lucía, las conversaciones sobre ella, los cafés, los encuentros.

Las veces que yo había pensado que seguían demasiado unidos.

Las veces que había decidido confiar. Las veces que me había repetido que Armando era un hombre bueno.

Y ahora ya no sabía qué pensar. Porque si aquello era verdad...

si realmente había besado a Lucía mientras estaba conmigo…

si no había roto del todo con ella, si la había mantenido ahí dándole esperanzas…

entonces no había entendido absolutamente nada, la discusión del coche dejaba de importar, daba igual si estaba enamorado o no, si aquello era serio o no era serio.

Daba igual el miedo. Daban igual las dudas, las excusas, todo.

Porque habría cruzado una línea mucho más importante.

La de la honestidad. Y una relación puede sobrevivir a los miedos.

A las inseguridades. Incluso a los errores.

Lo que no puede sobrevivir es a la mentira.

Sentí que me faltaba el aire.

Cogí el teléfono, busqué su nombre y pulsé llamar. Ni siquiera me planteé esperar. Ni reflexionar. Ni tranquilizarme. Necesitaba escucharlo, oír su voz, saber si todavía reconocía al hombre que iba a responder al otro lado.

Sonó una vez. Dos. Y contestó. Tan rápido que me hizo daño. Porque sonó exactamente igual que siempre. Como si nada hubiera cambiado. Como si el mundo no acabara de volverse del revés.

—Estela.

Su voz. Dios. Su voz.

Durante un segundo fui incapaz de hablar. Porque todavía lo quería. Y odié seguir queriéndolo.

—Hola.

—¿Estás bien?

La pregunta me atravesó. Porque precisamente esa era la cuestión. Ya no lo sabía— ¿Qué pasa?

Sonó preocupado. Cansado. Esperanzado. Y eso me confundió todavía más.

Cerré los ojos y respiré.

—¿Podemos vernos? —Fui directa.

—Sí. —Directo, sin dudas.

Tragué saliva.

—¿Sí?

—Claro que sí. ¿Dónde estás?

La facilidad con la que aceptó me descolocó. Yo esperaba resistencia. Excusas. Tiempo. Distancia. Algo. Pero no aquello.

—Te llamo luego y te digo dónde.

—Vale. —Su voz bajó un poco—. Estela...

No le dejé continuar. Porque si seguía escuchándolo corría el riesgo de olvidar por qué estaba llamando.

—Luego hablamos.

—Vale.

Y colgué.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos, inmóvil, hasta que noté una mano apoyándose sobre mi hombro.

—¿Vais a veros? —Era la de Zoa.

—Sí.

—¿Estás segura?

Sonreí, pero fue triste, vacía, muy distinta de las que solía dedicarle a Armando.

—Sí.

—¿Para qué?

Bajé la vista hacia el móvil. La fotografía seguía allí. La misma. Y, sin embargo, ya no era la misma. Porque la mujer que la estaba mirando tampoco lo era.

—Porque quiero escuchárselo decir.

Zoa frunció el ceño.

—Estela...

Negué despacio.

—No. Ahora ya no importa si me quería. No importa si estaba enamorado. No importa si esto era serio o no era serio. —Se me rajó la voz—. Porque si es verdad lo que me han contado... entonces Armando ya no es la persona que yo creía conocer.

La oficina siguió funcionando a nuestro alrededor.

Teléfonos. Teclados. Conversaciones. Vida.

Pero yo ya estaba en otro sitio. En una cafetería que no había visto.

En dos personas que quedaban porque querían ser amigos.

En un beso que no había presenciado. En una pregunta que llevaba toda la mañana clavada dentro del pecho.

Y que necesitaba hacerle mirándolo a los ojos. Solo una. Una única pregunta.

¿Cómo has podido mentirme así?