Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 83 DORMIR FATAL Y OTROS PROBLEMAS
77%

83 DORMIR FATAL Y OTROS PROBLEMAS

Estela

Llegué a la oficina antes de las ocho. Lo descubrí porque el sistema de luces todavía estaba apagado y durante unos segundos tuve que preguntarme si era lunes o si había sufrido una crisis nerviosa durante el fin de semana y había decidido mudarme a vivir allí.

Las dos opciones me parecieron igual de probables.

Dejé el bolso sobre la mesa, encendí el ordenador, preparé café, miré el reloj, miré el móvil y volví a mirar el reloj. Ah, sí, y el móvil otra vez.

Seguía vacío. Ni mensajes. Ni llamadas. Ni nada. Armando estaba cumpliendo su palabra. Y yo odiaba que fuera tan bueno cumpliendo promesas justo cuando no quería que lo hiciera.

—¿Desde qué hora estás aquí?

Levanté la cabeza.

Zoa acababa de entrar.

—Desde hace siglos.

—Son las ocho menos diez.

—Exacto. Siglos.

Ella dejó su bolso sobre la silla y me observó unos segundos.

—No has dormido.

—He dormido fatal.

—Ya.

—Y tú tienes cara de embarazada.

—Eso es porque estoy embarazada.

—Buen argumento.

Sonrió y se acercó.

—David me lo ha contado.

—¿Y quién se lo ha contado a él?

—Está claro ¿no? —Se sentó—. Estamos preocupados.

—No quiero hablar de ello.

—Vale.

—En serio.

—Solo voy a decir una cosa. —Alcé una ceja mirándola—. Armando está hecho polvo.

Aparté la vista inmediatamente porque no quería escuchar eso, no quería sentir alivio, no quería sentir nada.

—No quiero saberlo.

—Lo sé.

—Entonces no me lo cuentes.

—Vale.

—Gracias.

—Pero está hecho polvo.

—ZOA.

—Ya me callo. —Levantó las manos.

A las nueve apareció Samuel. Entró en la oficina cargado con una bolsa enorme de churros.

—Buenos días, gente triste.

—Buenos días.

—Traigo azúcar.

—Gracias.

—Y colesterol.

—Gracias.

—Y felicidad.

—Eso sí lo necesito.

Samuel me observó.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada.

—Has llorado.

—Qué observador.

—Mi madre tuvo tres divorcios. Soy experto.

Zoa soltó una carcajada. Yo intenté sonreír.

Samuel dejó los churros sobre la mesa.

—¿Ha sido un hombre?

—Siempre son hombres.

—Buen punto. —Respiré—. He roto con Armando.

Samuel abrió mucho los ojos.

—¿Con el joven que está muy bueno? ¿El vecino de tus padres?

—Con ese.

—Vaya, lo siento.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque es gilipollas —intervino Zoa.

—¡Zoa! —le recriminé.

—¿Qué? Es verdad. Es subnormal. No quería decírtelo, pero lleva meses diciendo que no sois novios, que no tenéis una relación, que lo vuestro no es serio. Y tú eres mi amiga. Me he tenido que morder la lengua en muchas ocasiones para no decirte algo, para no decírselo a él.

—¿De qué hablas? —preguntó Samuel, aunque yo lo pensé.

—De que niega a Estela y lo que siente por ella. Me lo ha contado David, pero yo ya lo había visto. Se acaba de separar… ¿y qué? Yo estoy embarazada de un tío que conocí anteayer y no me escondo.

—¡¿Estás embarazada?! —gritó Samuel.

—Ah, sí. Tú no lo sabías.

—Trabajar con vosotras es como vivir dentro de una novela romántica. Y dramática, eso también.

—Y lo bien que lo pasas.

—Genial. Con esto se puede escribir un libro.

—Si tienes hasta faltas de ortografía. ¿Qué libro vas a escribir tú?

—Tengo hasta el título. Embarazada alocada.

—Jajaja.

—En serio. ¿Te has tomado las pastillas?

—¿Las que me tomo para aguantaros? Me han implantado un chip que suelta hormonas.

—Eso no es lo mismo.

Los escuchaba discutir mientras recordaba todas esas cosas que había dicho Armando: No somos novios, no tenemos una relación, esto no es serio, no sé si estoy enamorado…

Y me enfadé, más si cabía. Y la tristeza desapareció durante un rato porque me dio mucha rabia cómo podía ser así, cómo trataba de negarme y negarse todo lo que sentía.

Yo era de sentir; DE VIVIR. ¿Puede vivirse a medias? Eso es sobrevivir.

La mañana siguió avanzando. Correos. Llamadas. Reuniones. Trabajo. Intenté concentrarme, ser una persona adulta y funcional, y fracasé con dignidad.

A la una, mientras esperaba que se cargara un informe, abrí la galería del móvil. Y apareció él. Armando. Sonriendo. Una foto cualquiera. Una tontería. Me quedé mirándola unos segundos. Los suficientes para que Samuel, que pasaba por detrás, la viera.

—¿Ese es Armando?

Levanté la vista.

—¿Qué?

—El de la foto.

—Sí.

Samuel se inclinó un poco.

—Ah.

Sentí algo extraño en su tono.

—¿Qué?

—Nada.

—Samuel.

—Que creo que lo conozco.

Fruncí el ceño.

—No lo conoces.

—No personalmente.

—Entonces no lo conoces.

—Bueno... —Se rascó la cabeza, incómodo.

Y de repente me puse alerta.

—¿Qué pasa?

—Es que no sé si debería decirlo.

Mi estómago se revolvió.

—Decir el qué.

Samuel miró a Zoa. Zoa lo miró a él, extrañada. Y supe que iba a odiar lo siguiente que saliera de su boca.

—Creo que lo vi hace unas semanas.

—¿Dónde?

—En una cafetería.

No entendí nada.

—¿Y?

Samuel vaciló. Solo un instante.

—Con una mujer.

Mi corazón empezó a latir más deprisa.

—¿Qué mujer?

—Su ex.

El mundo se quedó completamente quieto.

—¿Cómo sabes que era su ex?

—Porque la conozco. Bueno... más o menos. Mi hermana trabaja con una amiga suya. Ahora salen bastante juntas. La he visto varias veces. Sé quién es. No hablamos mucho, pero...

Me quedé inmóvil.

—¿Y qué viste exactamente?

Samuel tragó saliva. Ahora sí parecía arrepentido.

—Nada importante.

—Samuel. ¿Qué viste?

Y llegó la frase, la que lo cambió todo.

—Los vi besarse. Y… se lo comenté a mi hermana. Me contó que quedan de vez en cuando, que quieren volver, están dando pasos, que él…

No escuché nada después. Ni la oficina. Ni a Zoa. Ni a Samuel intentando explicar algo. Ni el ruido del aire acondicionado. Nada. Porque una sola imagen acababa de instalarse dentro de mi cabeza. Armando. Lucía. Una cafetería. Ellos besándose.

Miré la fotografía que seguía abierta en la pantalla de mi móvil. Después busqué su nombre. Mi dedo tembló sobre la pantalla. Y pulsé llamar.