82 EL PROBLEMA DE PENSAR EN ESTELA
Armando
Llevaba toda la mañana intentando no pensar en Estela.
El problema era que pensar en Estela se parecía bastante a intentar no respirar.
Todo me recordaba a ella. El café de por la mañana, la cafetería donde habíamos desayunado un domingo cualquiera, la canción que sonó en la radio mientras conducía.
El mensaje que no llegó. Sobre todo el mensaje que no llegó.
Había cumplido lo que le prometí. No le había escrito. No la había llamado. No había buscado excusas absurdas para verla. Y aquello me estaba sentando como una patada en los cojones.
A las seis de la tarde quedé con David.
Me escribió algo tan suyo como:
Una cerveza. O dos. O tres. Voy a ser padre.
No tenía ni puta ganas de ir, pero lo hice, porque a lo mejor tenía noticias de Estela.
Cuando llegué a la terraza ya estaba sentado. Tenía delante una cerveza. Y una libreta. Mala señal.
—¿Qué es eso?
—Un plan.
—Dios mío.
—Todavía no lo has visto.
—Precisamente por eso.
—Lo tengo todo controlado.
—No puedes controlarlo todo. Te lo digo yo, que soy gilipollas —bufé.
David cerró la libreta.
—Vale. Cuéntame.
Pedimos dos cervezas, cruzó los brazos y esperó. Al final le conté la discusión, lo que había dicho Estela, lo que había dicho yo. La conversación del coche, las llamadas sin contestar, el mensaje. Todo.
David escuchó más de lo que esperaba. Lo cual ya era preocupante. Cuando terminé, se quedó mirándome unos segundos.
Después negó con la cabeza.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo. Eres gilipollas.
Suspiré.
—Gracias.
—De nada. Para eso están los amigos.
—Sabía que esta conversación iba a ser muy enriquecedora.
—No has venido para enriquecerte. Has venido para que te diga la verdad.
—Pues ya está dicha.
—Acabo de empezar. —Me llevé la cerveza a la boca— ¿Tú te escuchas cuando hablas?
—A veces.
—Hazlo más.
—David...
—No. En serio. ¿Tú te escuchas? —Me señaló con el dedo—. Porque llevas cinco meses comportándote como el novio de una mujer. Y al mismo tiempo llevas cinco meses negándote a reconocerlo.
—No es tan sencillo.
—Claro que lo es.
—No.
—¡Sí!
—Me agotas.
—¡Me importa una mierda!
—No entiendes lo que siento.
—El que no entiende lo que sientes eres tú.
Ahí me dio. Porque los amigos de verdad no buscan tener razón. Buscan el sitio donde más duele.
—Yo no estaba preparado para esto.
—Yo tampoco estoy preparado para ser padre.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque tú no has elegido.
David soltó una carcajada.
—¿De verdad acabas de decir eso?
—Sí, lo he dicho.
—Armando, hermano… nadie elige estas cosas.
—Apoyó los antebrazos sobre la mesa—. Yo no elegí enamorarme de Zoa.
No elegí que se quedara embarazada. No elegí tener miedo.
No elegí preocuparme por si voy a ser un buen padre.
No elegí nada de eso. Simplemente pasó. La diferencia es que yo he aceptado que pasó. Tú sigues peleándote con ello.
—No me estoy peleando con nada.
David soltó una risa tan incrédula que me dieron ganas de tirarle la cerveza encima.
—Y yo soy astronauta.
Miré hacia la calle. Necesitaba aire. Distancia. Algo. Porque empezaba a sentirme incómodo. Y no me gustaba. Nada.
—No entiendes lo complicado que es.
—Claro que lo entiendo. Te has separado y de eso no hace ni un año, tiene quince años más, tú tenías otros planes…. Bla, bla, bla. Todo eso ya lo sé. Lo llevas repitiendo cinco meses. Eres muy pesado.. La pregunta es otra.
—¿Cuál?
David me sostuvo la mirada.
—¿Qué piensas hacer? —No respondí. Porque no lo sabía—. Eso pensaba. —Bebió un trago—. Yo entiendo perfectamente a Estela.
—No deberías meterte en esto.
—Me voy a meter, no me jodas. Porque te quiero. Y porque de verdad la entiendo.
—¿Por qué?
—Porque quiere que la tomes en serio.
—La tomo en serio.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Entonces por qué llevas meses diciendo que no es nada serio?
Aquello me hizo apretar la mandíbula.
—No es eso.
—¿Qué no es eso?
—David...
—¿Cuántas veces me has dicho que no era tu novia? —No respondí— ¿Cuántas?
Miré la cerveza.
—No lo sé.
—Yo sí. Muchas. Demasiadas.
La conversación empezó a hacerse incómoda de verdad porque estaba dejando de discutir con David y empezaba a discutir conmigo mismo.
—Eso no significa que no me importe.
—Ya lo sé.
—Entonces.
—Entonces precisamente por eso está mal. —Se inclinó hacia delante más serio de lo habitual—. Hermano. Eso no está bien. Porque una mujer como Estela merece tener su sitio. Y tú no se lo has dado.
—Claro que sí.
—Ni de coña.
—He estado con ella todos los días.
—Eso no es darle su sitio.
—¡¿No?!
—No. Eso es quererla. Y la quieres. Todo el mundo lo sabe.
Yo lo sé. Zoa lo sabe. Tu madre lo sabe ya, que me la he encontrado esta mañana y me ha preguntado por vosotros.
Hasta el camarero de este bar lo sabe. El único que sigue intentando convencerse de lo contrario eres tú.
—Aquello me dejó sin aire durante un segundo.
Bajó la voz—. No la has perdido porque no te quiera.
Ni porque hayáis discutido. Ni porque haya otro hombre.
La estás perdiendo porque se ha cansado de esperar a que tú llegues al mismo lugar donde llevas meses estando con los hechos.
Cuánta verdad llevaban esas palabras, tan honestas que arañaban.
Todo desapareció un momento. Todo. Cerré los ojos y vi los de Estela, y su sonrisa, y sus besos, esos que me daba aunque yo los rehuía de forma cariñosa para evitar lo inevitable: enamorarnos.
Enamorarme. Qué imbécil, qué idiota, qué triste dejar ir a una persona que te hace feliz con solo una sonrisa, un mensaje o un sticker.
La estaba perdiendo. La había perdido.
David terminó la cerveza, la dejó sobre la mesa y suspiró.
—Mira. Yo entiendo tus miedos. De verdad. Pero llega un momento en que el miedo deja de protegerte. Y empieza a decidir por ti. Y entonces ya no es prudencia. Es cobardía.
No respondí. Porque aquella palabra ya la había escuchado menos de veinticuatro horas antes. Y dolía exactamente igual. Quizá porque venía de dos personas distintas. Y las dos tenían razón.
Llega un momento en que el miedo deja de protegerte. Y empieza a decidir por ti.
La cerveza ya no me sabía a nada. Miré la calle. Un coche pasó despacio. Una pareja cruzó de la mano delante de la terraza. Aparté la vista inmediatamente.
—La he cagado, ¿verdad?
David ni siquiera dudó.
—Sí.
—Joder.
—Mucho.
—Eres un amigo increíble.
—Lo sé.
Aquello me arrancó una sonrisa cansada. Muy cansada. Porque, en el fondo, ya conocía la respuesta antes de formular la pregunta. Solo había necesitado escucharla en voz alta.
David apoyó la espalda contra la silla.
—¿Sabes qué pasa?
—Que soy gilipollas.
—A parte.
—Que de nada te ha servido intentar no quererla. Solo has jodido a los dos. Le has hecho daño a ella y te has hecho daño a ti.
—Estoy bien.
—Ya lo veo. Si estás a punto de llorar. ¿Quieres un pañuelo?
—Vete a la mierda. —Empezaba a odiarlo un poco—. ¿Sabes algo de ella?
David me miró. Después sonrió. Una sonrisa lenta. Cabrona.
—No.
—¿No?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿No le ha dicho nada a Zoa?
—Si se lo ha dicho, me ha dejado al margen.
—Venga ya.
—Te lo prometo.
—Tío, somos amigos.
—Por eso. —Bebió—. Armando.
—¿Qué?
—Que no sé nada.
Suspiré. Y durante unos segundos me quedé mirando la mesa. Porque, aunque me alegraba que respetara la privacidad de Estela, una parte egoísta de mí habría agradecido cualquier pista. La más mínima. Cualquier cosa.
David observó mi cara y soltó una carcajada.
—Y ahora viene la parte bonita.
—Ahora sí que tengo miedo.
—Deberías. —Levantó la botella—. Te jodes.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Que te jodes.
—Eres un imbécil.
—Y tú también.
—David.
—No. En serio. Te jodes. Porque llevas meses jugando al equilibrista sentimental. Meses. Y ahora te toca asumir las consecuencias.
—Qué apoyo más bonito me estás dando.
—Es que no quiero apoyarte. Quiero que aprendas. —Me señaló con el cuello del botellín—. Además, si yo fuera Estela no volvería a hablar contigo.
—Muchas gracias.
—A no ser...
—¿Qué?
—Que aparecieras con un anillo.
Lo miré horrorizado.
—¿Estás loco?
David se echó hacia atrás en la silla.
—Un poco.
—Me acabo de separar. Hace nada. ¿Y tu solución es que me case?
—No.
—Menos mal.
—Mi solución es que dejes de actuar como un hombre que tiene miedo de ser feliz. —Aquello me dejó callado. Porque la frase tenía más profundidad de la que parecía. Y David, cuando quería, podía ser sorprendentemente inteligente. Lo malo era que ocurría unas tres veces al año.
—Tú me entiendes.
—Sí. Claro que te entiendo. Y precisamente por eso te estoy diciendo todo esto.
Porque sé lo que es tener miedo. Sé lo que es pensar que la vida que habías imaginado va por un camino y descubrir que va por otro.
Sé lo que es mirar a una persona y darte cuenta de que ya no puedes fingir que no es importante.
—Guardó silencio un instante—. La diferencia es que yo me rendí.
—¿A qué?
—Al amor.
La respuesta me hizo reír.
—Qué cursi. Das asco.
—Y tú pena.
Nos quedamos callados y sentí… ausencia. La ausencia concreta de una persona. La de alguien a quien llevas meses acostumbrándote. La de alguien que forma parte de tus días hasta que deja de hacerlo. Y entonces todo resulta un poco más silencioso.
David debió de verlo en mi cara.
Porque bajó la voz.
—La echas de menos ya.
Lo peor fue que ni siquiera intenté negarlo. Porque aquella vez no tenía fuerzas para mentir. Ni siquiera a mí mismo.