81 CUANDO DORMIR ES INCREÍBLE
Estela
El domingo amaneció tranquilo y lo agradecí.
Porque hay noches que terminan tan mal que una espera que el mundo tenga al menos la decencia de detenerse unas horas.
Pero no. El mundo seguía girando. Los vecinos seguían levantándose.
Las cafeterías seguían abriendo. Las lavadoras seguían esperando a que alguien las pusiera.
La vida tenía esa costumbre tan irritante de continuar.
Me levanté temprano porque dormir se había vuelto imposible a partir de las seis de la mañana. Preparé café. Recogí la cocina. Puse una lavadora. Cambié las sábanas. Después volví a quitarlas porque olvidé una funda de almohada. Volví a ponerlas. Recogí el salón. Regué las plantas.
Actividades apasionantes para una mujer que acababa de romperse el corazón.
El móvil estaba sobre la encimera. Lo miré varias veces. No porque esperara un mensaje. Precisamente porque lo esperaba. Y no llegó. Ni uno. Ni una llamada. Ni un "buenos días". Ni un sticker absurdo. Ni una foto de un perro que se parecía a un vecino. Nada.
Armando había cumplido su promesa.
Vale. No te escribiré más.
Nunca imaginé que una persona pudiera hacer tanto daño cumpliendo exactamente lo que había dicho.
Preparé otra taza de café que no necesitaba y me apoyé en la encimera. La cocina estaba en silencio. Mi cabeza no. Porque una parte de mí seguía esperando escuchar el teléfono vibrar. Solo una vez. Solo una. Como si eso fuera a cambiar algo.
No cambió. Y quizá fue mejor así. Porque las decisiones importantes suelen doler precisamente porque son las correctas.
Escuché pasos por el pasillo. Álvaro venía despeinado, arrastrando los pies y el ceño fruncido.
—Buenos días.
—Depende. —Abrió la nevera y miró dentro.
—Mala señal.
—Es temprano.
—¿Y por qué te has levantado?
La cerró y volvió a abrirla.
—No ha aparecido comida nueva.
—Qué sorpresa.
—Pensaba que durante la noche ocurría algo mágico.
—Sí. Se llama supermercado y vas tú.
Aquello le arrancó una sonrisa, a mí no.
—¿Qué ha pasado?
Suspiré.
—Nada.
—Mamá.
—¿Qué?
—Tienes la misma cara que el día que se murió el pez.
—Llevaba tres días muerto cuando me di cuenta.
—Precisamente.
No pude evitar reírme. Y él tampoco. Pero la pregunta seguía allí. Esperando.
Se sentó frente a mí.
—¿Ha sido Armando?
A veces olvidaba que mi hijo tenía dieciséis años. Y otras veces me daba cuenta de que era mucho más adulto que muchos hombres que había conocido.
—Sí.
Esperó unos segundos, sin presionarme, hasta que perdió la paciencia.
—Armando me ha dicho que no sabe si está enamorado de mí.
—Pues será el único que no lo sabe —ironizó.
—Álvaro…
—¿Qué, mamá?
—Puede no saberlo.
—He visto cómo te mira, cómo está contigo…
Le hice un resumen. No le conté la discusión completa, solo lo importante. Que yo quería a Armando. Que Armando me quería. Y que, aun así, las cosas no siempre funcionan.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Lo mismo que hago siempre —sonreí.
—¿Qué?
—Seguir. —Apoyé los brazos sobre la mesa y lo miré, porque había algo que quería decirle. Algo que llevaba años intentando enseñarle— ¿Sabes una cosa?
—Dime.
—Hay personas a las que quieres muchísimo.
Y aun así no puedes quedarte. —Álvaro no respondió.
Solo escuchó—. Porque querer a alguien no puede significar dejar de quererte a ti.
No sirve de nada amar a una persona si cada día te hace sentir más pequeña.
Si cada día tienes que convencerla de que se quede.
Si cada día tienes que esperar algo que nunca termina de llegar.
Álvaro bajó la mirada y reflexionó.
—Pero Armando te hace feliz.
—Sí. Mucho. Más de lo que debería. Y por eso duele tanto. Porque si fuera un idiota, sería facilísimo. Si fuera un capullo. Si me hubiera tratado mal. Si no me quisiera. Pero no es eso. Nunca ha sido eso.
—Entonces quizá deberíais hablar.
Negué despacio.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya hemos hablado. Varias veces… Porque no hay nada más que decir. Porque ahora le toca a él escuchar lo que siente. No lo que siente por mí. Lo que siente por él mismo. —Me levanté y le revolví el pelo. Él sonrió con resignación.
—Mamá.
—¿Qué?
—Deja de hacer eso.
—Jamás.
—Tengo dieciséis años.
—Y seguirás siendo mi niño cuando tengas sesenta.
—Qué horror.
—Lo siento. —Álvaro se levantó y me abrazó; eso me desarmó. Un abrazo. De esos que te sostienen un poco cuando más lo necesitas.
Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos un instante.
Mi hijo. Mi persona favorita. Mi lugar seguro. La única persona imprescindible de mi vida.
Cuando nos separamos, le sonreí.
—Voy a estar bien.
—Ya lo sé. Pero me gusta la versión de ti que Armando ha conseguido rescatar.
—Así no ayudas.
—Solo quiero verte sonreír como lo haces con él.
—Lo haré. —Intenté no llorar.
—Promételo.
Asentí, porque estaba segura de ello. Porque el corazón roto duele, pero también aprende. Y yo ya había sobrevivido a otras tormentas. Aunque en ese momento todavía siguiera lloviendo unos días.